El País

Crítica: Bruno Ganz se exhibe en la piel de Tiziano Terzani en una película testamento que no acierta a dotar al libro de personalidad cinematográfica

  • Autor:
  • Fecha: 21/07/2011
El fin es mi principio

Lo mejor:
Un espléndido Bruno Ganz

Lo peor:
Que sea tan poco cinematográfica

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 15/07/2011
  • Director: Jo Baier
  • Actores: Bruno Ganz (Tiziano Terzani), Elio Germano (Folco Terzani), Erika Pluhar (Angela Terzani), Andrea Osvárt (Saskia Terzani)
  • Nacionalidad y año de producción: Alemania, Italia, 2010
  • Calificación: Todos los públicos

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El libro póstumo del gran Tiziano Terzani, viajero incansable y descubridor del mundo y de sí mismo, no es sino el retrato de un hombre agarrado a la desesperada al último rescoldo ardiente de su vida que regala a su hijo una confesión de despedida, llena de lucidez, llena de admirable consciencia y, en definitiva, un postrero y sobrecogedor canto a la vida.</p><p>Pero es un canto a la vida desde la muerte, la del hombre que parte antes de tiempo en paz consigo mismo, satisfecho del camino andado pero, con todo, temeroso del último aliento, de la extinción que ha de ser el umbral de un nuevo comienzo. El fin es mi principio es un tratado de sabiduría, un libro de una densidad filosófica, humanista y espiritual extraordinariamente denso y, precisamente por ello, un libro de adaptación imposible, de potencial cinematográfico bajo cero.

 

A pesar de todo <b>Jo Baier</b> se atreve a meterle mano, a intentar una síntesis imposible; tiene dos aliados de excepción, un Bruno Ganz sembrado en la piel del moribundo escritor y un Elio Germano, en el pellejo del hijo, que sigue reivindicándose, con argumentos, como uno de los mejores actores europeos de su generación. El oficio de ambos, de hecho, aclara el horizonte de una película asfixiada en sus desmesuradas pretensiones, inevitablemente discursiva y, a ratos, tediosamente didáctica. Baier sucumbe, como no podía ser de otro modo, a la densidad inabarcable de la obra de Terzani, encapsulando su película en una sucesión de conversaciones, de frases lapidarias, de citas brillantes.

El resultado es un cine de matriz exageradamente teatral, la síntesis de un viaje espiritual inmenso que no cabe en el marco de una película, ni de dos o tres. Baier se queda en el umbral de la puerta frustrado ante la magnitud de la empresa. No hay forma humana de meterle mano al apasionante testamento de Terzani. El fin es mi principio, adornada por alucinantes estampas paisajísticas de la Toscana, quiere pero no puede. Y la culpa no es de nadie, si acaso de Terzani por ser un tipo tan extraordinario y tan difícil de resumir en cuatro líneas

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