El País

Crítica: Política del heroísmo

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
El francotirador

Lo mejor:
Un puñado de secuencias bélicas antológicas.

Lo peor:
La falta de profundidad del drama propiamente dicho.

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 20/02/2015
  • Director: Clint Eastwood
  • Actores: Bradley Cooper (Chris Kyle), Sienna Miller (Taya Renae Kyle), Luke Grimes (Marc Lee), Jake McDorman (Ryan Job), Brian Hallisay (Capitán Gillespie), Kyle Gallner (Winston), Keir O´Donnell (Jeff Kyle), Max Charles (Colton Kyle), Sam Jaeger (Capitán Martens), Marnette Patterson (Sarah)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Clint Eastwood bien puede ser el cineasta menos político sobre la faz de la Tierra, si nos remitimos a la noción tradicional de cine político. Es decir, el actor-director estadounidense rehúye siempre y sistemáticamente la polémica en su cine, no quiere que le lean la cartilla por tomar partido, por expresar opiniones o por posicionarse, es ambiguo por definición y convicción, e incluso su discurso sobre la violencia siempre se ha desenvuelto entre los claroscuros de una calculada ambivalencia. Pero en el fondo esa equidistancia, perfectamente calculada, es mucho más política de lo que pueda parecer a primera vista. El francotirador es un ejemplo perfecto de película que no quiere ser política, pero acaba siéndolo por omisión, y de qué manera.

Hoy en día es imposible hacer una película bélica que no se antibelicista. Enseñar la guerra es ya, de por sí, un ejercicio de concienciación y denuncia, tanto como si es intencionado como si no. Lo último de Eastwood es antibelicismo de ese pelaje, colateral y de refilón. Pocos directores se atreverían, con la que está cayendo en Oriente Medio, a loar el coraje castrense de un tipo responsable de 250 muertes desde el anonimato de una azotea. Eastwood, que nunca ha sido demasiado sensible a la corrección política, lo hace, brindando su particular tributo a la figura del tirador de élite más letal de la historia de Estados Unidos, un tipo "ejemplar", un soldado modelo que luchaba en Iraq por la libertad, la paz y la democracia, que no atendía a más lealtades que las debidas a Dios, a la patria y a la familia. Un tipo así por estos lares sería catalogado de facha para arriba, como poco, pero en Estados Unidos son de otra pasta, y el discurso patriótico-mesiánico es apenas moderadamente conservador.

El problema de El francotirador no es, ni mucho menos, el elogio del héroe con pies de barro. El problema es que no cuestione el concepto de heroísmo, vinculado al estricto cumplimiento del deber, por execrable y discutible que este sea. Eastwood no toma partido, y para no tomarlo se carga literalmente el contexto político de un relato demasiado plano y unidimensional para las arenas que pisa. Así las cosas, y más allá del muy legítimo homenaje al soldado desconocido, a esos hombres y mujeres que se dejan la piel, la cordura y la vida en lejanos desiertos haciendo el trabajo sucio del que los civiles no queremos ni pretendemos saber, la ambigüedad resta crédito.

Esa monumental hipocresía social bien merece una película como esta. Es lamentable que el oficio de las armas goce de semejante estigma social, que las pancartas en contra de tal o cual guerra aplasten también el dramático sacrificio del peón de guerra, "justa" o injusta, que se asfixia en el infierno del síndrome traumático y postraumático haciendo lo que le toca, exponiendo su cráneo a la primera línea de fuego a miles de kilómetros de su casa, defendiendo los intereses patrios (harina de otro costal es si esos intereses patrios son motivo de orgullo o de vergüenza). El francotirador quiere ejercer de elogio de esos miles de militares olvidados, y eso está muy bien, pero Eastwood sortea los porqués del conflicto, y olvida pasar revista a los bastardos intereses ocultos detrás de esa postiza fachada de defensa de valores perpetuos del mundo civilizado.

Que Chris Kyle cumplió con su deber, apretando el gatillo que otros no quieren apretar, y no por ello merece estigmatización alguna, es incontestable; ahora bien, Eastwood se esmera en convertirlo en un héroe contemporáneo, sin cuestionar siquiera, como decíamos, las pautas que en la sociedad estadounidense rigen ese farragoso concepto de lo heroico. En efecto, su película es monolítica, y es por eso que su discurso (político) resulta tan cuestionable. Pero no es solo un problema de ética sino de estética. La equidistancia resta visceralidad y profundidad al discurso. El francotirador muestra dos caras: por un lado están las magníficas secuencias bélicas y el duelo en los tejados entre dos virtuosos del fusil, y por otro la cuestión del retorno, de la vida familiar, de la reinserción social, el sustrato de un drama abiertamente estereotípico y superficial, lastrado por un estéril empeño en la beatificación del "héroe", en una ficción demasiado sentimental y patriótica, con muchos blancos y negros y escasísimos grises.

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