El País

Crítica: Laberinto identitario

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
El hijo del otro

Lo mejor:
El esfuerzo colectivo del reparto

Lo peor:
Las buenas intenciones no bastan

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 06/06/2014
  • Director: Lorraine Levy
  • Actores: Emmanuelle Devos (Orith Silberg), Pascal Elbé (Alon Silberg), Mehdi Dehbi (Yacine Al Bezaaz), Areen Omari (Leïla Al Bezaaz), Khalifa Natour (Saïd Al Bezaaz), Mahmud Shalaby (Bilal Al Bezaaz ), Diana Zriek (Amina), Bruno Podalydès (David), Ezra Dagan (el rabino)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2012
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Inevitable la comparación con la reciente, y virtuosa, De tal padre, tal hijo de Koreeda: dos chavales intercambiados accidentalmente al nacer que se enfrentan, una vez descubierto el pastel, a una crisis emocional identitaria de caballo, la de los padres en la película del director japonés, la de los propios afectados en la de Lorraine Levy. Lo peculiar en la propuesta de la directora francesa es la ubicación de este juego de confusión en el ajo del conflicto árabe-israelí, bordeando incontables líneas rojas, abordando frontalmente cuestiones de por sí delicadas, y muy dadas al énfasis pedagógico y al atajo melodramático, sin romperse la crisma en el intento.

Tiene mérito, porque, por lo intenso de las temáticas planteadas, El hijo del otro era candidata a película más pretenciosa de 2014, y sin embargo Levy sabe contener el drama, matizar la tragedia y eludir la demagogia de un discurso conciliador buenista de perogrullo. Pero caminar continuamente por el filo del abismo tiene efectos secundarios. Es tal el esfuerzo de la directora por sujetar las riendas del dramón, por evitar que el asunto se le vaya de las manos, que El hijo del otro acaba transcurriendo sin demasiada pena y con menos gloria. Todo en ella es académicamente correcto, pero falta pegada, nervio y una tesis menos equidistante. Tanto huye Levy del panfleto intercultural que su película pierde fuelle a marchas forzadas.

Se vislumbra talento en la cuidada planificación (pelín manierista, todo hay que decirlo) y en la habilidad para templar evitando el sentimentalismo ramplón, pero a la larga pesan más las buenas intenciones, incontestables, que el discreto balance de resultados.

El hijo del otro no acaba de tocar fibra; todo en ella está meticulosamente calculado, demasiado. Te queda la sensación de que no arrastra grandes defectos, de que hay oficio en casi todos los frentes (mención especial para el sensacional reparto) pero, a pesar de ello, la película nunca termina de coger altura. Su discurso en pos del acercamiento entre los dos bandos, sus tímidas reflexiones acerca de la religión y la identidad territorial están a medio cocer. En fin, que Levy quiere pero no acaba de poder.

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