Crítica: El fontanero de la existencia

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El hombre de las mil caras

Lo mejor:
Dado el panorama del cine español, Alberto Rodríguez es una de sus presencias más ambiciosas, experimentales y al margen

Lo peor:
Sus imágenes corren el riesgo de saturar ahora, y de quedar desfasadas en unos años

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 23/09/2016
  • Director: Alberto Rodríguez
  • Actores: Marta Etura (Nieves Fernández Puerto), Jose Coronado (Jesús Camoes), Luis Callejo, Eduard Fernández (Francisco Paesa), Carlos Santos (Luis Roldán), Emilio Gutiérrez Caba, Pedro Casablanc
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Era complejo el reto creativo al que se había abocado Alberto Rodríguez con este su séptimo largometraje. El hombre de las mil caras confirma y redobla objetivos que marcan en apariencia de manera definitiva un antes y un después entre la primera parte de su filmografía -la que abarca de El factor Pilgrim (2000) a After (2009), equiparable a lo que puede esperarse habitualmente de las películas producidas en nuestro país-, y una segunda que, compuesta por Grupo 7 (2012), en especial La isla mínima (2014), y, ahora, El hombre de las mil caras, le aboca, para su suerte y su desgracia, a una condición única, de potenciales y, en buena medida, ya realidades, espectaculares: un guionista de argumentos muy poco frecuentados por el cine español -caracterizado desde hace décadas por su afasia sociopolítica-, y un director aplicado con rigor al ensayo con las formas de las películas comerciales; algo asimismo extraño a lo que suele practicarse por nuestras latitudes, que le equipara a los grandes de un cine similar producido en otros contextos. Dadas las constantes a las que está suscrito el panorama fílmico patrio, no exageramos al afirmar que Rodríguez es una de sus presencias más ambiciosas, experimentales y al margen.

 Pero, como apuntábamos, el desafío planteado por El hombre de las mil caras era aún mayor que en Grupo 7 y La isla mínima. Porque no nos hallamos ante una fábula con ecos más o menos alegóricos ligados a la realidad documentada de la España contemporánea; sino ante una recreación sin miedo al ridículo de dicha realidad, o, para ser más exactos, de una de las épocas más calamitosas de la misma: la agonía de la España de la modernidad que postularon entre 1982 y 1996 los gobiernos socialistas de Felipe González, normalizadores en la práctica de una cultura posmoderna de la corrupción a la que, por desgracia, salvo explosiones puntuales de indignación, el pueblo español ha reaccionado siempre con la boca pequeña y a la que ha terminado por acostumbrarse con chanzas, quizás por verse íntimamente reconocida en ella. Al fin y al cabo, como se lamenta en pantalla el director de la Guardia Civil por entonces, Luis Roldán (Carlos Santos), "No he hecho nada que no hubiese hecho todo el mundo". A través de una figura fantasmal, Jesús Camoes ( José Coronado), trasunto del expiloto de Iberia Jesús Guimerá, El hombre de las mil caras se adentra precisamente en la fuga de España y posterior captura del corrupto Roldán, y en el papel que jugó en ello el misterioso Fernando Paesa ( Eduard Fernández), agente secreto al servicio del Estado… y sus propios intereses.

 La elección de Camoes como voz expositiva tiene el propósito claro de guiar al espectador por una trama densa y extensa de eventos, lugares y nombres propios; pero, además, sirve para apostar decididamente por la ficción, con materiales que sobre el papel podría bastar con haber articulado como simple reportaje dramatizado, o como producción seudo-histórica en la estela de las que han proliferado en los últimos años en las cadenas televisivas privadas. Tendencias que reverberan peligrosamente en las imágenes -también lo hace, como nos señalaba nuestro camarada de página, Ignacio Pablo Rico, el eco de la parodia chanante-, pero de las que la película sale bien librada en último extremo gracias a las aspiraciones y el talento de Rodríguez. Si La isla mínima confiaba mayormente sus efectos a la puesta en escena, El hombre de las mil caras prima ante todo un montaje percutante, que puede pecar de monótono, pero que otorga a las imágenes una vibración narrativa y, también, discursiva: la lectura de la película va más allá de su aproximación esquinada a determinadas anécdotas reales -tan válidas para unos partidos como para otros-, y adquiere un sesgo de reflexión sobre unas maneras identitarias colectivas de corte casi jungiano: Paesa no es el hombre de las mil caras porque haya adoptado -no solo durante el caso Roldán, a lo largo de toda una vida llena de avatares- infinidad de máscaras, sino porque su presencia y sus actividades soterradas han sustentado de continuo la falsa cara de quienes le han rodeado, y tratado de venderse y vender de continuo lo que no son, para disfrazar lo que son de facto; la estrategia de la pose y la hipocresía, típicamente española. Atención al momento Brahms/Haendel, modélico.

 En este aspecto, y es algo que nos remite por sorpresa al Alberto Rodríguez de todo su cine, el de antes y el de ahora -recuérdese El traje (2002)-, Paesa no resulta ser tanto un fontanero del Estado español, como el encargado de arreglar y cargar con las culpas de los desaguisados que causa toda una concepción impostora de la existencia asumida por unos y otros. Su destino, por tanto, es la invisibilidad, el enigma, la indefinición, porque representa nuestra sombra coral, todo aquello que negamos ser aunque lo tengamos día y noche frente al espejo. La política más interesante de El hombre de las mil caras no atañe a unas siglas o al mecanismo de un Estado, se refiere más bien a un estado de las cosas que, somos pesimistas, nunca cambiará y seguirá justificando el cine de Rodríguez: un francotirador que se atreve a serlo desde el centro mismo del escenario, sin silenciador ni balas de fogueo.

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