El País

Crítica: Terry Gilliam nos hipnotiza con una fábula sobre la necesidad de los mitos, capaz de lo mejor y lo peor en una cinta que acaba descarrilando en una cogorza onírica

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
El Imaginario del Doctor Parnassus

Lo mejor:
El recordatorio sobre la importancia de los mitos

Lo peor:
En la segunda mitad no hay brújula que marque el rumbo

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 23/10/2009
  • Director: Terry Gilliam
  • Actores: Heath Ledger (Tony), Christopher Plummer (Dr. Parnassus), Lily Cole (Valentina), Tom Waits (Mr. Nick), Verne Troyer (Percy), Andrew Gardfield (Anton), Johnny Depp (Tony), Colin Farrell (Tony), Jude Law (Tony)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, Canadá, 2009
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Los caminos de la imaginación y la fantasía son inescrutables, los del cine de Terry Gilliam menos pero también. En esa geografía elegíaca de lo mágico, de lo extraordinario, de los fabulístico en la que todo es posible más allá de los límites de la cordura es donde Gilliam, paradójicamente, se mueve mejor y peor. Nos explicamos: el director de "Brazil" es un genio; es dueño de una imaginación portentosa, un malabarista de la palabra, de la historia, de la narración como umbral de acceso a universos a los que la razón no alcanzan. En ese limbo de abstracción fabulosa Gilliam saca lo mejor de sí, pero también lo peor, porque su más indisimulable defecto ensucia la excelencia episódica que salpica la práctica totalidad de sus películas.

Gilliam es un cineasta con un problema crónico de incontinencia, un artista barroco víctima de una fase aguda de horror vacui. Su imaginación vuela tan alto que frecuentemente se le escapa de las manos, mandando a paseo piruetas inconexas que, en verdad, sólo están al alcance de los genios. Gilliam lo es, para lo bueno y lo malo, y en esa contradicción del artista atrapado en el rodillo de sus excesos es donde su cine adquiere una dimensión legendaria casi épica. "El imaginario del Doctor Parnassus" no es una excepción. La miramos atónitos entre el asombro ante el ilusionismo ejemplar y aquel otro de perra gorda, narcisista y engañabobos. El equilibrio está vedado.

La última cinta de Gilliam encierra algunas atmósferas más logradas de su filmografía reciente. Elogio de la entelequia, denuncia airada acerca de la necesidad del mito, de la palabra narrativa en una sociedad amodorrada que ha perdido el oído y el gusto por la fantasía y el hálito legendario, la cinta levanta enormes expectativas en una primera mitad en la que el circo grotesco de Parnassus, su predicación en el desierto de historias maravillosas que ya nadie escucha ni oye, anuncia uno de los Gilliams más logrados que la memoria alcance a recordar. Y entonces la película se oscurece víctima de un cortocircuito. La muerte de Heath Ledger, actor que comenzaba a proyectar registros de intérprete cuasi perfecto, exige un volantazo de 180 grados que desequilibra mortalmente la película; lo abstracto devora a lo real y el equiliibrio de quiebra.

Gilliam escurre el bulto desatando su imaginación y descarrilando estrepitosamente con una alegoría chillona e histriónica de rumbo incierto. La cinta se desintegra y desestructura y, lógico, es incapaz de sortear el marrón que implica la muerte del actor protagonista en mitad del rodaje. A pesar de todo Gilliam es un encantador de serpientes; y su película depara secuencias de una densidad lírica nada despreciable. Pero una vez más; esta vez con coartada bien es cierto, el delirio mitológico se estrella contra sí mismo; y sale muy mal parado.

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