El País

Crítica: El cine está loco, loco, loco

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El juez

Lo mejor:
El personaje de Dale (Jeremy Strong), boceto de lo único que le falta a la película, un asesino en serie

Lo peor:
Habrá quien se la tome en serio

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 24/10/2014
  • Director: David Dobkin
  • Actores: Robert Downey Jr. (Hank Palmer), Leighton Meester (Carla), Vera Farmiga (Samantha), Billy Bob Thornton (Dwight Dickham), Vincent DOnofrio (Glen Palmer), Robert Duvall (Juez Joseph Palmer), Sarah Lancaster (Lisa), David Krumholtz (Mike Kattan), Ian Nelson (Eric), Balthazar Getty (sustituto Hanson), Grace Zabriskie (Mrs. Blackwell), Emma Tremblay (Lauren Palmer), Ken Howard (Juez Warren)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Cuando uno contempla al yerno perfecto, Hugh Jackman -héroe intenso en Australia (2008), Los miserables (2012) o Prisioneros (2013)-, con unos testículos colgándole del cuello en el primer sketch de Movie 43 (2013); a la musa de Lars von Trier y Sofia Coppola, Kirsten Dunst, como maniaca con el vocabulario de un carretero en Despedida de soltera (2012); o al aseado intérprete del Capitán Kirk en las nuevas Star Trek, Chris Pine, en taparrabos y hasta arriba de cocaína en Stretch (2014), comprende que en el Hollywood de los últimos años se han roto cualesquiera barreras imaginables entre lo que la Meca del Cine y sus adeptos estimaban respetable, grave, enaltecedor, y lo que hasta hace poco era reducto del friki, el nerd, el loser: la basura pop y los regüeldos ideológicos que trae aparejada.

El problema de este panorama poroso, bastardo, mutante, es que ha minado la credibilidad de las películas de prestigio. Obligadas, no solo a batirse el cobre en una cartelera plagada de fantasías para púberes, producciones animadas enloquecidas, comedias inmaduras para inmaduros; sino infectadas en sí mismas por el virus de la incorrección política, industrial y pedagógica. Lo que, si no atemperan cuidadosamente sus rasgos o no saben adaptarlos con talento a un escenario sociocultural febril, hace de ellas abortos decadentes, propuestas insospechadamente más grotescas que el mayor delirio ideado por Seth Rogen o los ejecutivos de Millennium Films.

Fueron los casos de El solista (2009), Tan fuerte, tan cerca (2011), El lado bueno de las cosas (2012), o las recientes La buena mentira (2014) y Ojalá estuviera aquí (2014), aunque a esta última cabía reconocerle el mérito de plantear como ficción los dilemas creativos apuntados. Y es también el caso de El juez: sobre el papel, una tragicomedia familiar susceptible de provocar sonrisas y lágrimas incesantes, candidata obvia a los Oscar; en la práctica, uno de los mayores desaguisados que el espectador podrá echarse a los ojos a lo largo de 2014.

Puede pensarse que Warner Bros. era consciente de los riesgos que asumía, al dar luz verde a una propuesta de este tipo con David Dobkin como co-guionista y director. Hasta la fecha, Dobkin había estado ligado en grado diverso de culpabilidad a cosas como Los rebeldes de Shangai (2003), Fred Claus (2007) o R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal (2013), lo que hacía difícil imaginarle como un nuevo William Wyler. Pero, aun suponiendo que la estrategia del estudio pasara porque El juez conciliase el entusiasmo del gran público y el de los críticos y académicos, Dobkin no parecía el hombre adecuado para la misión.

Y es que su mirada sobre las peripecias de Hank ( Robert Downey Jr.), un abogado sin escrúpulos afincado en Chicago, que, cuando fallece su madre, se ve obligado a volver a su Indiana natal y lidiar con un pasado que tiene como principal referente a su padre, Joseph ( Robert Duvall), un juez severo hasta lo intransigente pero más falible de lo que querría reconocer, adolece de ser absolutamente informe. A Dobkin no le bastan un par de sucesos sobre los que articular la evolución de los personajes y permear las emociones y reflexiones del público; arroja a la pantalla sin orden ni concierto un evento sorpresivo tras otro, como si nos hallásemos en la atracción estrella de un parque temático con el Drama Oscarizable como argumento.

Dichos eventos ni siquiera se conjugan además en registros armónicos. Por lo que no solo hay que sortear infinidad de situaciones a cada cual más incongruente y absurda; según el momento, no sabemos si estamos viendo un thriller judicial de los años noventa inspirado en una novela de John Grisham, una tragedia familiar de estirpe rural, una comedia sobre cuarentones de bragueta al rojo vivo, Amour de Michael Haneke, o una película de catástrofes (sic). Si a todo ello le sumamos un metraje descontrolado; una fotografía llena de extrañas discordancias; y el protagonismo de un Robert Downey Jr. pagado de sí mismo, que, en la estela de lo señalado al comienzo, interpreta menos el rol asignado que al Tony Stark de la saga Iron Man en excedencia por familiar a cargo, el resultado es una película que, pasados los fastos promocionales y mediáticos que han acompañado su estreno, cuando no sea más que otro título programado por un canal ignoto para llenar la madrugada de un jueves, devendrá carne de culto para el amante del trash y el kitsch ...involuntarios.

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