El País
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Crítica: Paisajes inéditos

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El libro de la selva

Lo mejor:
La película sumerge al espectador en un universo, no de ficción, sino de imágenes, que en breve se constituirá en nuestra realidad cotidiana

Lo peor:
En tanto película paisaje, los personajes concretos y sus peripecias no tienen mucho interés

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 15/04/2016
  • Director: Jon Favreau
  • Actores: Neel Sethi (Mowgli), Ben Kingsley (Bagheera), Ralph Ineslon (Rama), Scarlett Johansson (Kaa), Idris Elba (Shere Khan), Lupita Nyong´o (Raksha ), Bill Murray (Baloo ), Christopher Walken (Rey Loui), Giancarlo Esposito (Akela )
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: Todos los públicos y especialmente recomendada para la infancia

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En la estela de Alicia en el país de las maravillas (2010) o Cenicienta (2015), El libro de la selva aspira a erigirse menos en nueva adaptación de una obra literaria célebre para los más jóvenes -en este caso, el conjunto de narraciones publicado por Rudyard Kipling en 1894-, que en actualización de uno de los clásicos de su productora: El libro de la selva (1967), animación tradicional de Wolfgang Reitherman para Disney que, a fecha de hoy, en buena medida gracias a canciones como Busca lo más vital y Quiero ser como tú, continúa siendo una de las películas más populares de la compañía.

 El empeño de Disney por volver la mirada sobre su propia filmoteca, tiene que ver, tanto con el recurso fácil a valores de marca consolidados, como, implícitamente, con la especulación acerca de la pervivencia de los argumentos y las técnicas que dieron forma antaño a las películas del estudio. El saldo de la actualización que se está llevando a cabo bajo la égida del ejecutivo Sean Bailey es, por ahora, exitoso en lo económico, pero discutible en lo creativo; aunque la apelación insistente al píxel se haya bastado para testimoniar las mutaciones inexorables en la gestación y apreciación de este tipo de películas.

 Nos tememos que El libro de la selva no va a despejar las dudas sobre el valor artístico de la estrategia Disney comentada. Pese a que, su ambición visual, y las inferencias deducibles de su apuesta creativa, hagan de ella un título mucho más interesante que los citados al comienzo o Maléfica (2014). Con la sempiterna habilidad, no exenta de cierta atonía, que caracteriza las puestas en escena de Jon Favreau - Iron Man (2008), Cowboys & Aliens (2011)-, la película replica en líneas generales lo que contaba la versión de 1967: Mowgli, un niño abandonado en la jungla al nacer, ha sido criado por una manada de lobos y una pantera, Bagheera. Cuando Mowgli se asoma a la adolescencia, el tigre Shere Khan estima que su condición humana acabará por traerles problemas a los animales, por lo que el chaval marcha a reunirse con su especie, en un viaje azaroso para el que contará como escoltas con Bagheera y, posteriormente, el oso Baloo. Y, a los muchos peligros que esconde la selva, hay que añadir la inquina de Shere Khan, a quien no basta con que el niño desaparezca de su vista.

 Es interesante que, respetando en lo esencial los personajes y las peripecias reflejadas en el film previo y en los cuentos de Kipling, el mensaje de esta nueva El libro de la selva, como subraya su desenlace, no deje en muy buen lugar la primacía de la especie humana. Hasta el punto de que la película podría adscribirse al fenómeno creciente de lo animalista. Tal discurso a favor de lo ajeno al hombre concuerda con que El libro de la selva abogue por un hiperrealismo de cariz virtual. Lo único tangible son el niño protagonista, Neel Sethi, y, en ocasiones, el terreno bajo sus pies. Una simulación casi perfecta -aunque, en ese casi, se cifre la ya perceptible y trágica caducidad de sus imágenes-, que hace de la naturaleza un universo de inquietante poder inmersivo, y que borra cualquier presencia implicada en la confección de las imágenes.

 Así pues, la cinta de 1967 era, en tanto ficción y en tanto producto visiblemente artesanal, una oda a nuestra especie. Esta de 2016, en cambio, con animales que hablan y hasta cantan como lo hacían sus predecesores pero con un efecto perturbador dada su estampa fotorrealista; con un niño que prefiere no crecer y, por tanto, se abstrae de una condición plenamente humana, certifica un cambio de paradigma que nos aparta del centro del universo, nos incita a una mayor modestia. Ahora bien, ¿en favor del medio ambiente? Como La vida de Pi (2012), El libro de la selva pretende rendir homenaje a la fauna, a las texturas del agua y el cielo, en una época que, por mucho que de boquilla se adhiera a la defensa de la naturaleza, se halla cada vez más distanciada de ella a nivel puramente perceptivo.

 Nuestra relación con nuestro entorno está mediada como nunca por lo cultural, lo iconográfico, la estilización y reinterpretación digital, de enorme poder transformador para la mirada, la identidad, nuestro lugar en el mundo. De forma que, como resalta en numerosos momentos de su metraje la paleta fotográfica de Bill Pope -Matrix (1999), The Spirit (2008)-, El libro de la selva está lejos de poder ser remitida a imaginarios naturalistas. Todo en ella, como en Avatar (2009) o Prometheus (2012), es expresión de universos de imágenes en plena gestación, ominosos y a la vez preñados de expectativas, tal y como los aprehenden los ojos del cachorro humano Mowgli; los ojos de un niño cualquiera en periodo de adaptación obligada a paisajes inéditos, los propios de la realidad virtual.

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