El País

Crítica: Sincretismo y globalización.

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
El libro de la vida

Lo mejor:
El exuberante diseño de personajes y escenarios, por momentos abrumador

Lo peor:
Que su reivindicación de cierta cultura tradicional mexicana esté subyugada a los dictados de la corrección política imperante

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  • Género: Animación
  • Fecha de estreno: 20/02/2015
  • Director: Jorge R. Gutiérrez
  • Actores: Diego Luna (Manolo), Zoe Saldana (Maria), Channing Tatum (Joaquin), Ron Perlman (Xibalba), Christina Applegate (Mary Beth), Ice Cube (fabricante de velas), Kate del Castillo (La Muerte ), Hector Elizondo (Carlos Sanchez), Danny Trejo (Luis el essqueleto), Carlos Alazraqui (General Posada / Dali / Chuy), Ana de la Reguera (Esqueleto de Carmen)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años y especialmente recomendada para la infancia

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Los primeros minutos de El libro de la vida, ópera prima del animador Jorge R. Gutiérrez, dan cuenta de las nobles intenciones de una comedia musical que, en cierta medida, pretende erigirse en artefacto de resistencia frente a la globalización cultural: una pandilla de niños "gringos" hiperactivos descubre no solo que existe un México más allá del Taco Bell, sino que la nación centroamericana es el mismísimo centro del universo. Simpático arranque para un largometraje que toma como fuente de inspiración narrativa y visual la iconografía asociada al famoso Día de los Muertos -declarado en 2003 patrimonio de la humanidad por la UNESCO-, celebración que fusiona rituales prehispánicos y católicos con el fin de invocar la presencia de los difuntos. El 2 de noviembre, el culto a la muerte cobra, paradójicamente, una dimensión vitalista, jolgoriosa.

 Apadrinada por Guillermo del Toro -que recientemente había producido otros dos proyectos ajenos, Mamá (2013) y Pinocho (2014)-, El libro de la vida plantea una historia con una clara dimensión mítica, una suerte de relectura de Orfeo y Eurídice con trazas de culebrón que ensalza felizmente el carácter sincrético de la cultura tradicional mexicana. El argumento, muy significativo en este sentido, se centra en el triángulo amoroso entre el torero -aspirante a guitarrista- Manolo, el valeroso soldado Joaquín y María, mujer liberada que regresa a su tierra natal tras estudiar en Europa. Los tres crecen juntos en la aldea de San Ángel y, siendo apenas niños, se convierten en parte de la apuesta que mantienen los dos gobernantes del ultramundo: La Muerte, señora del Reino de los Recordados, y Xibalbá, señor del Reino de los Olvidados.

 Desgraciadamente, en El libro de la vida los resultados no están a la altura de las ambiciones. Como relato, no es precisamente una joya del storytelling, atrapado en un esquema dramático agotado que rumia manidas cuestiones en torno a la amistad, el amor y la búsqueda de los propios sueños. A efectos formales, prevalece lo descriptivo, oponiéndose, en buena medida, a la concepción vertiginosa de las aventuras animadas made in Dreamworks. Si su hora y media de duración se hace llevadera es gracias a una animación rica en expresividad, que exprime al máximo la imaginería del Día de los Muertos.

 Pero los mayores problemas a los que se enfrenta no son estos, ni tampoco su narrativa farragosa o un sentido del humor que peca de pueril -salvando dos o tres gags-. Y es que la incapacidad del director para aportar una mirada con perspectiva al universo recreado, otorga a El libro de la vida un espíritu llanamente ilustrativo. No obstante, si algo colisiona con las altas aspiraciones creativas del filme es que caiga de lleno en la trampa ideológica que le ha tendido la globalización: desde el principio, El libro de la vida se amolda a los dictados de la corrección política imperante, limando -e incluso neutralizando- los signos culturales y los valores estéticos que puedan perturbar mínimamente el ánimo del espectador biempensante. A la impostada diatriba antitaurina le sigue un acartonado alegato feminista que no sabe disimular el trasfondo cavernícola del conflicto: dos "machirulos" de tomo y lomo miden fuerzas para hacerse con el corazón de la damisela que, por más que conozca a fondo el arte de la esgrima, no toma una sola decisión autónoma en todo el metraje.

 Pese a que el contrastado talento para el diseño de personajes y escenarios de su máximo responsable repercuta en un exuberante despliegue de colores y formas, las imágenes, despojadas a menudo de su fragor sugestivo, solo fascinan ocasionalmente, incapaces, durante gran parte del tiempo, de conmovernos o inquietarnos. El afán del cineasta por ser siempre inofensivo y conciliador sella la derrota del mestizaje cultural frente a la homogeneización de la cultura a escala mundial. Es el precio que ha pagado Gutiérrez al haberse decantado por firmar una película bonita en lugar de una bella.

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