Crítica: Gángsters del S.XXI

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
El lobo de Wall Street

Lo mejor:
Nace con vocación de película icónica de los 2000

Lo peor:
Un tijeretazo de treinta minutos no le habría venido nada mal

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  • Género: Comedia negra
  • Fecha de estreno: 17/01/2014
  • Director: Martin Scorsese
  • Actores: Leonardo DiCaprio (Jordan Belfort), Margot Robbie (Naomi Lapaglia), Matthew McConaughey (Mark Hanna), Jonah Hil (Donnie Azoff), Jon Bernthal (Brad), Cristin Milioti (Teresa Petrillo), Jon Favreau (Manny Riskin), Ethan Suplee (Toby Welch), Shea Whigham (Capitán Ted Beecham), Spike Jonze (Dwayne), Madison McKinley (Heidi)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2013
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Lo último de Martin Scorsese bien pudiera ser el tercer retablo de un tríptico que abrió Uno de los nuestros y que siguió coleando con Casino; la rúbrica a una trilogía sobre la cara B del capitalismo estadounidense. Primero fue el barrio y la familia, en un fresco monumental del gangsterismo italoamericano de posguerra, en torno a un código de honor ancestral derivado de una interpretación tribal del robo, el asesinato y la extorsión; después el crimen organizado como industria, en torno al gran filón gangsteril de los 70 que fue Las Vegas y aledaños, en un modelo delictivo empresarial en el que la familia comenzaba a ocupar un lugar residual; y por último, ahora, Scorsese escarba en los entresijos del hampa posmoderna, que comenzó a gestarse en los 80, y que giraba en torno a la compra-venta especulativa de acciones en Wall Street. Los gángsters de entonces, y los de ahora, operan, hasta que la avaricia los ciega, en el amparo de una legalidad demencial, que legitima el saqueo de los bolsillos de la clase media a golpe de telefonazo o a tiro de un click de ratón.

Los yonquis del dinero fácil de El lobo de Wall Street en realidad son los mismos perros que los de Uno de los nuestros y Casino, pero con distintos collares, y sin códigos de honor que regulen su infumable falta de escrúpulos. Scorsese cierra así el círculo con una revisión de la épica gansteril de entonces readaptada a la filosofía hedonista, ostentosa y sociopática de buitre de las altas finanzas, riéndose por no llorar de uno de esos desalmados que vendió su alma al diablo para hacer oficio y religión del saqueo, con la connivencia de un sistema que vendía la desregulación como conquista y virtud, frente al intervencionismo del capitalismo blando.

La antesala, los vientos que trajeron estos lodos, la raíz de la que emerge el tumor, la génesis de esa economía de casino, de ese capitalismo del desastre que nos ha empujado a todos al borde del precipicio como purga colectiva para expiar los pecados de los chicos listos, del lobo y de su deleznable manada. Con el ritmo eléctrico de las epopeyas criminales de los 90, Scorsese escarba, en clave de comedia grotesca, en los usos y costumbres de esos pájaros de cuenta que derribaron la sostenibilidad del sistema especulando, esnifando coca y yéndose de putas por encima de sus posibilidades, y de las nuestras.

El lobo de Wall Street es una demoledora instantánea de la América de hoy, de las consecuencias fatales del culto al dinero, de la muerte de los escrúpulos en los pasillos de las grandes instituciones financieras, de una metástasis social y económica, una euforia especulativa que ningún gobierno se atreve a frenar o amortiguar. Con el fino sentido del humor de costumbre, deslumbrantes recursos de puesta en escena, un montaje diabólico y un acompañamiento musical irresistible, Scorsese filma la gran película gangsteril (porque gángsters camuflados son sus odiosos protagonistas) de los 2000, reflexionando sobre una deriva moral en el mundo de las finanzas que está muy lejos de tocar fondo.

Son tres horas que vuelan como un suspiro, y eso a pesar de que no sería difícil justificar una poda de media hora o más en las obscenas aventuras de un lobo al que inmortaliza un soberbio DiCaprio, que se supera una vez más con uno de los personajes más incómodos, comprometidos y antipáticos de su carrera.

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