Crítica: Imágenes fracaso

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El nacimiento de una nación

Lo mejor:
La ambición y apuesta por el riesgo que pone de manifiesto Nate Parker

Lo peor:
La película no trasciende la condición de evento de temporada

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  • Género: Histórica
  • Fecha de estreno: 17/02/2017
  • Director: Nate Parker
  • Actores: Nate Parker (Nat Turner), Armie Hammer (Samuel Turner), Penelope Ann Miller (Elizabeth Turner), Jackie Earle Haley (Raymond Cobb), Gabrielle Union (Esther), Mark Boone Jr. (Reverendo Zalthall), Colman Domingo (Hark)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Tras su cálida acogida en el Festival de Sundance -donde obtuvo dos premios-, las polémicas en torno a sórdidos hechos protagonizados hace años por sus artífices, una repercusión escasa en la taquilla norteamericana, y su total ausencia entre las candidatas a los Oscar, llega a los cines de nuestro país esta ambiciosa ópera prima del actor, productor, guionista y director afroamericano Nate Parker.

 Una película que no aspira solo, como tantas otras recientes acerca de la experiencia de lo afroamericano, a depositar una mirada reivindicativa sobre el papel jugado por aquella minoría en la concreción de lo estadounidense, sobre el menoscabo o caricatura con que ha sido tratada a la hora de forjar todo un imaginario histórico.  El nacimiento de una nación intenta además, desde su mismo título, erigirse en enmienda crítica al clásico El nacimiento de una nación (1915), ejercicio magistral de fabulación épica e histórica a cargo de D.W. Griffith -socavado, sin embargo, por un racismo hoy indigerible-, y, por extensión, a la ficción facturada durante décadas en Hollywood, que ha contribuido a estereotipar, cuando no ningunear, a la gente de color.

 Para lograr sus objetivos, Parker recrea la vida de Nat Turner (1800-1831), esclavo de educación superior a la media y profundas convicciones religiosas, que lideró en el estado de Virginia una rebelión tan sangrienta como fallida contra las autoridades y los terratenientes blancos. La aventura de Turner se saldó con su ejecución, y su conversión en un mito para generaciones sucesivas de afroamericanos. Conviene señalar en este punto que, aunque su empresa había sido objeto de una popular novela escrita por William Styron en 1967, jamás había sido reflejada previamente en la pequeña o la gran pantalla, pese a tratarse de un episodio histórico destacable por varias razones. Algo que, de por sí, viene a dar la razón a Parker en cuanto a la pertinencia sobre el papel de  El nacimiento de una nación.

 Su estrategia como realizador pasa por transmutar los hechos reales en ingredientes de una fábula de tintes casi arquetípicos, capaz de propiciar en el espectador la extrañeza ante la inversión de ciertos tópicos representativos, y su conciencia inédita de una posible emancipación respecto de un estado alienante de las cosas. En este sentido, la plasmación del vínculo que une desde la infancia a Turner (interpretado por el propio Parker) y su amo Samuel (  Armie Hammer), su evolución y desenlace, puede que sea lo más revulsivo del metraje. El resto, sin embargo, está lastrado por tres defectos que amenazan por hacer de la película un evento de temporada, sin mayor trascendencia futura que la mención a pie de página.

 El primero atañe precisamente a su apelación continua a clichés del cine heroico contra el que en buena lógica habría de revolverse; ese cine de trazas maniqueas, unívocas, que han ejemplificado antes Braveheart (1995) o Gladiator (2000), valedores de ideologías dominantes ligadas a la fantasía de la individualidad, la afasia de los colectivos, o una violencia catártica, que la cinta de Parker apuntala en cambio sin reflexión alguna. Pero es que, además, su aporte a ese registro cinematográfico lo malbarata en gran medida una vulgaridad formal, y una falta evidente de medios para lo que pretende, desencadenantes de imágenes próximas en muchas escenas a lo amateur.

 El nacimiento de una nación está, simple y llanamente, muy mal realizada. Y de ahí se deduce su tercer y más insalvable problema, que permite hablar de ella en términos de considerable fracaso creativo: una impotencia absoluta para hablar de tú a tú, para establecer con el filme dirigido por D.W. Griffith en 1915, una dialéctica relevante en torno al hecho cinematográfico y los condicionantes y resonancias sociopolíticas de su materialización. En la película que nos ocupa, brillan por su ausencia las innovaciones formales, un talante y un talento con el poder de otorgar alas expresivas a sus discursos y traducirlos en imágenes susceptibles de dinamitar, o siquiera remover, las imperantes. Sobre la película de Griffith, aunque solo sea para señalar la perversidad moral latente en sus fotogramas -indisociable de su pionero, entusiasta aparato visual-, se sigue debatiendo pasados cien años. Dudamos mucho que ocurra lo mismo con la de Nate Parker.

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