El País
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Crítica: El Dios del relato

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El Nuevo nuevo Testamento

Lo mejor:
No nos hallamos ante el tipo de película que se estrena todos los días

Lo peor:
Jaco Van Dormael no es ni mucho menos tan revulsivo ni tan ingenioso como se cree

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 16/10/2015
  • Director: Jaco Van Dormael
  • Actores: Benoît Poelvoorde (Dios), Pili Groyne (Ea), Catherine Deneuve (Martine), François Damiens (François), Yolande Moreau (La mujer de Dios), Laura Verlinden (Aurélie), Serge Larivière (Marc), Didier De Neck (Jean-Claude), Marco Lorenzini (Victor), Romain Gelin (Willy), Anna Tenta (Xenia, l Allemande), David Murgia (Jesús Cristo), Dominique Abel (Adam), Lola Pauwels (Eva)
  • Nacionalidad y año de producción: Bélgica, Francia, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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¿Tiene cada época el Dios que se merece? ¿Qué problema de fondo se nos plantea si realmente la figura de Dios está creada a imagen y semejanza del ser humano contingente, presa de las claves ideológicas de su tiempo? Son las preguntas que se formula y nos formula en registro de fábula el guionista y director belga Jaco Van Dormael en El nuevo Nuevo Testamento, último jalón de una filmografía breve y accidentada -cuatro largometrajes en más de treinta años, de los que solo los dos primeros, Totó, el héroe (1991) y El octavo día (1998), tuvieron una cierta repercusión- caracterizada por torturados argumentos existenciales, casi metafísicos, puestos en escena con un talante malicioso que atañe a la condición misma de sus narraciones, la fiabilidad de los puntos de vista subjetivos de sus personajes, y el juego con las expectativas vivenciales y culturales del cinéfilo.

 En su nueva película tras el colosal fiasco internacional que supuso Las vidas posibles de Mr. Nobody (2009) y la realización junto a la coreógrafa Michèle Anne de Mey de Kiss & Cry, un experimento multimedia, Van Dormael se deja de disimulos y hace, como habíamos adelantado, de Dios el protagonista inicial de sus imágenes, la personificación de una idea consensuada de lo real cinematográfico, un deus ex machina que poner en jaque. La divinidad que imagina, la que cree más adecuada a nuestro presente, es un tipo de mediana edad ( Benoît Poelvoorde), déspota y malencarado, que, desde un apartamento cualquiera sito en Bruselas, monitoriza a la humanidad y hace infeliz su cotidianidad recurriendo a pequeños atentados miserables, esos detalles diarios que achacamos a la mala suerte o a que alguien está contra nosotros, y que poco a poco van agriando nuestro carácter y haciendo de nosotros personas frustradas, peores.

 Pero Dios no está solo: ha impuesto un régimen patriarcal de terror en su propio domicilio familiar. Hasta que su joven hija Ea (Pili Groyne) decide rebelarse y, tras hackear el ordenador desde el que su padre rige los destinos de nuestro mundo, se adentra en el mismo para reformular sobre el terreno las enseñanzas recogidas en el Nuevo Testamento, con la ayuda de seis nuevos apóstoles a los que trata de reclutar para su causa. De ahí el título del film, que adquiere -en la estela tanto del modelo bíblico como de las costumbres de Van Dormael- una estructura episódica, llena de meandros y extravagancias, deudora del gag y el golpe de efecto; en la que tiene mucha más importancia el transcurso, la sucesión de anécdotas típicas de un gran viaje inmortalizadas por las imágenes correspondientes, que el destino final y la moraleja asociada.

 De hecho, si transmite un mensaje El nuevo Nuevo Testamentoo, es justamente el de que, a falta de valores recios, trascendentes, a los que poder abandonarse en la actualidad con convencimiento, no queda otra que la práctica de la tolerancia y el arte del buen vivir desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Cuando Van Dormael apela a la inventiva visual y el chascarrillo ocurrente, perturbador, políticamente incorrecto, es para obligarnos a abandonar la zona de confort en lo que se refiere a nuestra percepción ideológica de lo que nos rodea -poco más a fecha de hoy que una suma de lugares comunes- a fin de que nos mostremos receptivos a lo que de sorprendente tiene el simple hecho de que amanezca o el cielo tenga el color con que lo vemos.

 Un objetivo muy loable que, todo sea dicho, no siempre tiene adecuada correspondencia en los talentos del cineasta, que se cree mucho más ingenioso de lo que es realmente, y cuyos tics desprenden en muchas ocasiones un incómodo regusto añejo: el del cine excéntrico practicado en los años 90 y primeros compases del siglo XXI por una plétora de realizadores europeos cuyo sentido de lo rompedor ha demostrado ser inofensivo, una excrecencia caprichosa de lo sistémico. Resulta curioso que, como todos ellos, como él mismo antaño y ahora, pretendiendo impartirnos lecciones en torno a cómo mirar el mundo, Van Dormael sea víctima a menudo en El nuevo Nuevo Testamento de aquello de apreciar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. El título más adecuado para la película podría ser, en definitiva, El nuevo Viejo Testamento.

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