El País
Imprimir

Crítica: Simulacro y verdad

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El puente de los espías

Lo mejor:
Es una de las películas que más valdrá ver este año en pantalla grande

Lo peor:
Es una película para disfrutar con un ánimo sosegado, atento

Valoración GDO


Valoración usuarios
  • Actualmente 3.5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
3.5
175 votos

Gracias por tu valoración!

Ya has valorado esta página, sólo la puedes valorar una vez!

Tu valoración ha cambiado, gracias por contribuir!

  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 04/12/2015
  • Director: Steven Spielberg
  • Actores: Tom Hanks (James Donovan), Alan Alda (Thomas Watters), Amy Ryan (Mary Donovan), Eve Hewson (Jan Donovan), Austin Stowell (Francis Gary Powers), Billy Magnussen (Doug Forrester), Domenick Lombardozzi (Agente Blasco), Mark Rylance (Rudolf Abel), Michael Gaston (Williams), Peter McRobbie (Allen Dulles), Sebastian Koch (Wolfgang Vogel)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

+ info

Año 1957. Momentos álgidos de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Al abogado neoyorquino James B. Donovan ( Tom Hanks) se le invita a defender a un espía soviético detenido por espionaje, Rudolf Abel (Mark Rylance), sobre el que pesa una posible condena a muerte. Donovan acepta el caso, lo que le aboca a cierta impopularidad. Paradójicamente, su imagen pública se redime tres años después, cuando se le encarga la misión de negociar en Berlín Oriental la liberación de otro espía, en esta ocasión norteamericano, derribado en suelo soviético mientras tomaba fotografías aéreas a bordo de un U-2.

 Hace cuatro años, se celebraba en Londres una gran exposición sobre los muchos rostros de lo posmoderno, con la que se daba por muerta y enterrada la tendencia sociocultural de las últimas décadas a la relectura compulsiva, el hedonismo, el retruécano formal, lo relativista. Curiosa pero significativamente, el crítico británico de arte Jonathan Jones aprovechaba la ocasión para señalar que, a su juicio, uno de los largometrajes tempranos de Steven Spielberg para la gran pantalla, Encuentros en la Tercera Fase (1977), bien podría ser considerado la primera obra de arte posmoderna, en virtud del formato de instalación en que se concretaba la obsesión de su protagonista, Roy Neary ( Richard Dreyfuss), con los extraterrestres, y el carácter irracional, de fábula, con que era tratada la ciencia ficción.

 De esa cualidad posmoderna, esencial, en el cine de Steven Spielberg, se ha escrito poco en el ámbito de la crítica en castellano. Hasta el punto de que, cuarenta años después, ante el estreno de sus dos últimas realizaciones, Lincoln (2012) y la que ahora nos ocupa, El puente de los espías, han abundado los textos informativos y analíticos que insisten en que el director estadounidense reincide y profundiza en el clasicismo de sus mayores. Cuando Spielberg, como Clint Eastwood -salvando los abismos de talento que separan al primero del segundo-, jamás ha sido clasicista sino manierista; ha tendido a ejercer con las mejores intenciones, ora premeditadamente, ora forzado por sus inseguridades y las expectativas ajenas, una suerte de cine simulacro en relación con el pasado. Un cine que, como es lógico, de lo que ha dado cuenta con brillantez en numerosas ocasiones, es, tanto del propio talante simulador del presente en que se ha forjado, como de las imposturas de este en su búsqueda de un reflejo en el ayer.

 Sin importar si verdaderamente hemos dejado atrás la posmodernidad o no; sin importar la etiqueta que queramos colgarle a Spielberg hoy, lo cierto es que, tras muchos bandazos creativos y la orgía referencial kitsch que supuso Caballo de batalla (2011), el cineasta estadounidense ha atemperado su retórica y adoptado un perfil artístico más bajo en sus dos últimas realizaciones. Algo que, lejos de redundar en ninguna autenticidad, es el papel que le apetece adoptar en estos momentos: ante su pérdida de visibilidad e influencia en la industria de su país, Spielberg está jugando a ser un maestro de la vieja Meca del Cine que él mismo ayudó a desmantelar como parte del Nuevo Hollywood; un maestro que se hubiese refugiado en la práctica de un cine histórico y/o de género modesto.

 Sin embargo, una mirada mínimamente atenta a las imágenes de El puente de los espías, que hacen gala en cualquier caso de unas calidades técnicas y expresivas brillantísimas, basta para apreciar que, lejos de encontrarnos ante una ficción que recrea hechos verídicos, estamos de nuevo -como precisaba articular ya Roy Neary en Encuentros en la Tercera Fase- ante una instalación audiovisual minuciosa hasta lo enfermizo con cada detalle de la ambientación, los diálogos y los gestos; ante una reapropiación de las imágenes y las ficciones gestadas en aquella época y, asimismo, ante una fábula de tintes historicistas y políticos acerca de la paradojas del ser norteamericano, que sumar a las varias similares que jalonan la filmografía de Spielberg.

 Si a ello le sumamos -a través del personaje que oculta su condición de espía bajo la de pintor o, mejor dicho, que conjuga ambas facetas- una reflexión sobre las servidumbres del observador y el artista que adquiere un cariz de autorretrato de Spielberg desde el primer plano, solo cabe concluir que, bajo sus apariencias clásicas, sencillas, El puente de los espías es una propuesta de gran complejidad, con varias capas de lectura. Una rareza ahora mismo junto a Lincoln en la trayectoria de su autor, aunque para quien esto firma Spielberg debería persistir en ella: como variante del simulacro, es la que más cerca está de haberle y habernos proporcionado argumentos de valor.

Ir a la película >





Servicios


Recibe semanalmente los mejores
planes y premios del Club. ¡Suscríbete!




Blogs