El País

Crítica: Entre la expresión y el relato

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El recuerdo de Marnie

Lo mejor:
Es imposible en las circunstancias actuales que en Ghibli se pueda gestar una mala película

Lo peor:
Nos hallamos ante un producto lleno de convenciones dramáticas y sentimentales

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  • Género: Animación
  • Fecha de estreno: 18/03/2016
  • Director: Hiromasa Yonebayashi
  • Actores: Kasumi Arimura (Marnie), Sara Takatsuki (Anna Sasaki), Nanako Matsushima (Yoriko Sasaki ), Susumu Terajima (Kiyomasa Oiwa), Toshie Negishi (Setsu Oiwa), Kazuko Yoshiyuki (Nanny), Ava Acres (Sayaka)
  • Nacionalidad y año de producción: Japón, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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El vigésimo primer largometraje producido por Ghibli -ópera prima a su vez como guionista y realizador en solitario de Hiromasa Yonebayashi, quien ya había dirigido otro largo de la compañía, Arrietty y el mundo de los diminutos (2010)- es relevante por varias cuestiones. Se trata del último gestado por el estudio de animación japonés antes de plantearse un respiro por tiempo indefinido para evaluar cómo proseguir su actividad sin mayores quebrantos económicos: a Ghibli no le cuadraban desde hace un tiempo las cuentas, y la misma El recuerdo de Marnie ha estado lejos de ser un éxito en su país de origen. Lo cual tiene mucho de paradójico, teniendo en cuenta que el máximo responsable de la película recibió la bendición del genio de la empresa, Hayao Miyazaki -retirado desde 2013-, y el productor Toshio Suzuki, después de ver ambos El recuerdo de Marnie. Su conclusión, que Yonebayashi era el hombre ideal para tomar el timón creativo de Ghibli en una nueva época que ha terminado por convertirse, como apuntábamos, en un gran interrogante.

 Lo cierto es que El recuerdo de Marnie manifiesta, en la estela de Arrietty y el mundo de los diminutos, un cambio de rumbo -no tan significativo en última instancia como podría pensarse- respecto a las obras más icónicas de la compañía. Dicho cambio se sustancia especialmente en la elección de materiales literarios procedentes de Occidente -en esta ocasión, una novela juvenil escrita en 1967 por la británica Joan G. Robinson-, y en la invocación de tonalidades formales y argumentales propias de la fantasmagoría melancólica de época. La protagonista es, en la película que nos ocupa, Anna, una niña tímida y asmática a la que sus padres adoptivos envían durante un verano a una localidad costera donde residen parientes cercanos. Allí, Anna trabará amistad estrecha con otra menor, Marnie, habitante de una misteriosa mansión sita en una zona pantanosa. La relación entre Anna y Marnie -que acontece en un estado ambiguo de duermevela, en el que se entrecruzan tiempos y vivencias- le descubrirá a la primera un puñado de secretos que contribuirán a procurarle un mayor entendimiento de sí misma y de un entorno familiar en el que hasta entonces se había sentido infeliz.

 Es difícil especular las razones de fondo por las que las dos películas hasta la fecha de Hiromasa Yonebayashi en el seno de Ghibli se han inspirado en textos tan afables e instructivos como el de Robinson que ha desembocado en El recuerdo de Marnie, y el de Mary Norton que dio lugar a Arrietty y el mundo de los diminutos. Lo único evidente es que, en una y otra cinta, y sobre todo en la más reciente, el precio a pagar es el de una tensión entre conceptos de lo sublime y lo iluminador ligados al valor expresivo de la imagen, y la supuesta necesidad de que el espectador conecte emocionalmente con la ficción a través de las peripecias dramáticas. Una tensión resuelta en cierta medida insatisfactoriamente, y no ya porque los dos aspectos no armonicen juntos, sino porque El recuerdo de Marnie adolece por separado de algunos problemas, tanto en lo referido a su puesta en escena como a la fluidez de lo narrado.

 En efecto, aunque la animación es fantástica en casi todo momento -y no solo en los más vistosos, véanse la brillantez de un cuchillo cortando fruta y verdura, o una mujer que se tapa la boca mientras habla y come-, la realización carece de nervio y de recursos expresivos: sin ir más lejos, las escenas son concluidas por Yonebayashi, como mínimo en tres ocasiones, simulando una elevación de la cámara que nos sitúa en el cielo. Y, por otra parte, la historia que se nos plantea, aunque proclive a lecturas de interés en torno al peso del ayer en el hoy, la alienación individual y la debida a condicionantes sociales, la naturaleza de los afectos, se materializa con modos muy poco precisos; abundan las reiteraciones en forma de sueños, revelaciones, desvanecimientos, hallazgos, y un caudal final de lágrimas sentimentales tan excesivo como para provocar, no tanto empatía, como risa o, quizás, irritación.

 Puede que la señal más clara de que El recuerdo de Marnie es un ejercicio de aplicación algo impostada, un trabajo de alumno disciplinado pero carente de genio, es la continua referencia al hecho de que Anna dibuja, interpreta compulsivamente el mundo con sus útiles; y que no sea posible extraer de ello interpretaciones enriquecedoras. No cuesta mucho hermanar a Yonebayashi con esa Anna que, en los planos iniciales de la película, intenta con desesperación aprehender la realidad exterior a sí misma lápiz y papel en mano, y que acaba imbricada sin fricciones en ella con un cuaderno plagado, eso sí, de ilustraciones que se limitan a honrar jovialmente convenciones creativas y existenciales.

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