El País
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Crítica: El paraíso es el infierno

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
El renacido

Lo mejor:
Una apabullante puesta en escena y la secuencia del ataque del oso

Lo peor:
La mecánica, un tanto previsible, del lío argumental.

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 05/02/2016
  • Director: Alejandro González Iñárritu
  • Actores: Leonardo DiCaprio (Hugh Glass), Tom Hardy (John Fitzgerald), Domhnall Gleeson (Andrew Henry), Will Poulter (Jim Bridger), Paul Anderson (Anderson), Lukas Haas, Brendan Fletcher (Fryman)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Enterrado bajo el halo blanco de un inhóspito paraíso fronterizo, que se rige por las leyes implacables de la naturaleza más salvaje, se incrusta el recurrente paisaje emocional, muy cómodo en estas latitudes, del cine de Iñárritu. El renacido discurre en un quinto pino aparentemente indomable, una tierra de oportunidades a la que hay que pelearle cada metro, cada fruto y beneficio, sin tregua y a brazo partido. En un edén hostil hecho a medida de los sufridos supervivientes del cine del director mexicano. Estamos ante el enésimo vía crucis de un desgraciado que desciende a los infiernos en una orgía de sufrimiento para emerger desde sus cenizas en un atajo a la redención que es, en sí mismo, otro viaje a las tinieblas. En la redención, de hecho, está la penitencia y su consumación es, en sí misma, otra tragedia.

Es pues el Iñárritu de siempre, camuflado en las convenciones de un survival thriller extremo, de una odisea alimentada por el imperativo moral de la venganza. La coartada es una ficción que nada entre las aguas del western blanco de frontera y un cine de aventuras de dimensiones homéricas, articulado como una oda a los instintos más primitivos en esa eterna quimera humana de domar lo indomable, de someter y gobernar la naturaleza salvaje. El intringulis argumental es, en ese sentido, clásico y hasta previsible, pero como casi siempre en el cine del director mexicano lo que realmente cuenta es la naturaleza traumática del viaje, no, en ningún caso, la llegada a destino.

Pero como casi siempre Iñárritu se pasa de frenada recreándose en el sufrimiento del superviviente imposible, en un retrato de muerte-resurrección descarnado (un poco demasiado) que saca, otra vez, lo mejor de DiCaprio. Enfrascado en un duelo a muerte contra el medio y contra sí mismo, apelando a sus instintos más primitivos para eludir una muerte cierta entre escorzos, gestos desencajados y borbotones de sangre, el renacido encarna la dimensión física del desgarro existencial-emocional, a corazón abierto, del Sean Penn de 21 gramos, el Brad Pitt de Babel o el Bardem de Biutiful. Pero entre virtuosos planos secuencia, apoyado en la soberbia fotografía de Emmanuel Lubezki, Iñárritu sienta cátedra con una puesta en escena apabullante, regalando además una de las secuencias (el ataque del oso) más escalofriantes vistas en una sala en mucho tiempo.  El renacido apabulla, con la tragedia en muy buenas manos; las de DiCaprio, claro, pero también y sobre todo en las de un odioso Tom Hardy, actor robaplanos de primerísima línea.

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