El País

Crítica: Laberinto de pasiones

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El rey de La Habana

Lo mejor:
La fotografía y la dirección artística

Lo peor:
La sensación final de banalidad, de producto poco creativo, que transmite la película

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 16/10/2015
  • Director: Agustí Villaronga
  • Actores: Maikol David (El Rey), Celines Toribio (camarera), Lia Chapman (Daysi), Jazz Vilá (Raulito), Yordanka Ariosa (Magda), Hector Medina (Yunisleidi), Chanel Ferrero (Yamilé), Ileana Wilson (Fredesbinda)
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 18 años

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En su ensayo monográfico sobre el director de El rey de La Habana, el mallorquín Agustí Villaronga (1953), Pilar Pedraza supo apreciar que su filmografía ostenta "un carácter extraterritorial (...) un cosmopolitismo exótico al que atraen los mundos fruto de su propia fantasía o de origen literario, lo que no existe y exige ser creado; también, lo real lejano, la selva y el desierto". Vaya esto por delante para avisar de que la nueva realización de Villaronga, del que no se tenían noticias recientes a pesar del éxito crítico y académico que cosechó con Pan negro (2010), está lejos de ser una película preocupada por la coyuntura socioeconómica de Cuba, por recrear aquella La Habana de los años 90 del pasado siglo -el llamado Período Especial- cuya miseria material y moral inspiró a toda una generación de escritores locales que cifraron la disidencia frente al dogmatismo comunista en una apuesta por lo marginal: Carlos Montenegro, Mario Bellatin, o Pedro Juan Gutiérrez, en cuya primera novela se basa precisamente El rey de La Habana.

 Villaronga ha manifestado que sí, que le han interesado las desventuras existenciales y eróticas del protagonista de la novela de Gutiérrez y su propia película -ese superdotado Reinaldo que, tras una infancia menesterosa y una adolescencia en el correccional, se aboca en la edad adulta a los brazos según el capricho de una jinetera y vendedora de maní, Magda (Yordanka Ariosa), y el artista transexual Yunisleidy (Héctor Medina Valdés)- en tanto están "marcadas por un estado de subsistencia en el que caen los valores, la ética, la inocencia; hablamos de personas tan primarias, sin acceso a la cultura ni a los sentimientos familiares o de amistad, que han de estructurar los pensamientos de forma diferente, queriéndose entre ellos, teniendo sexo y sobreviviendo". Sin embargo, a poco de comenzada su película, nos queda claro, como advertía Pedraza, que se nos ha encerrado otra vez con las obsesiones intransferibles de su realizador; atrapado, como ya pusieron de manifiesto Tras el cristal (1986) -el nazismo como excusa- o El mar (2000) -una película, como Pan negro, aparentemente sobre la Guerra Civil española y sus secuelas-, en el laberinto de sus propias pasiones, en las que confluyen lo mórbido y el sentimiento abisal del Allá Lejos al que dio forma Joris Karl Huysmans.

 Si, para Patricia Valladares-Ruiz, El rey de La Habana novela era un ajuste de cuentas rabioso y no exento de ironía para con "la construcción identitaria de la nación cubana revolucionaria, la maquinaria de control hegemónico", El rey de La Habana película es el enésimo ajuste de cuentas de Villaronga con unos constructos ideológicos, historicistas, globales que, hoy como ayer, articulan de manera doctrinaria los sentidos del mundo y el mismo cine, dejando poco espacio para la expresión personal. Aunque el cineasta no termine de comprender que esa expresión personal también es fruto más o menos lícito de aquellos constructos y que, por tanto, es asimismo susceptible de crítica, a través de la cual se podría dejar en evidencia lo más perverso del régimen de lo ordinario, el permitirnos creer que existe la posibilidad de una isla íntima en la que, al cabo, nos descubrimos náufragos.

 Y eso es exactamente Villaronga en El rey de La Habana: un náufrago de sí mismo, encantado de alienarse en las hazañas sexuales de Reinaldo ora con Magda ora con Yunisleidy, en apenas un par de escenarios asfixiantes y durante dos insoportables horas de metraje, con un talante muy poco artístico pese a la indudable pericia de su cámara y los oficios del director de fotografía Josep M. Civit y el director artístico Alain Ortiz (el rodaje tuvo lugar en la República Dominicana, no en Cuba). Villaronga vuelve a hacer del universo su universo, pero después no consigue que ese microcosmos sea lo bastante atractivo para que nos perdamos en el mismo o para que arroje una luz insospechada sobre el nuestro. No es la primera vez que le sucede, es el peligro de ser fiel hasta el grado de la intransigencia con la imagen complaciente que cada cual tiene de sí mismo. Pero sí puede ser una de las más dolorosas, por cuanto la propuesta era ambiciosa. Otra vez será.

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