El País

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Crítica: La posibilidad de una isla

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El secuestro de Michel Houellebecq

Lo mejor:
La indescriptible atmósfera de acabamiento que transmiten la cotidianidad del escritor y su encierro, idónea para concretar otra poética, una visión renovada del mundo

Lo peor:
Esa atmósfera no es en ocasiones más que ambientación, voluntad de estilo o de ser graciosos

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 29/08/2014
  • Director: Guillaume Nicloux
  • Actores: Michel Houellebecq (Michel Houellebecq), Mathieu Nicourt (Mathieu), Maxime Lefrançois (Max), Françoise Lebrun (Françoise), Luc Schwarz (Luc), Veran Mauberret, Ginette Suchotzky (Ginette), André Suchotzky (Dédé)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Como puede apreciarse desde su mismo título, El secuestro de Michel Houellebecq es una de las películas más peculiares que podrán verse esta temporada en nuestro país a través del circuito de salas de exhibición comercial. Por mucho que no termine de apurar las posibilidades que brinda el formato híbrido, entre lo documental y lo fabulado, que nos plantea.

 Su protagonista es uno de los mejores y más idiosincrásicos escritores contemporáneos, Michel Houellebecq , autor entre otras novelas de Las partículas elementales (1998) y La posibilidad de una isla (2005), amén de ensayista y poeta. El autor galo, moralista y sentimental bajo la máscara de un escepticismo feroz, ha apostado en su obra por un post-humanismo que intenta trascender el callejón sin salida en que han derivado los constructos socioculturales con los que Occidente trata de seguir justificando hipócritamente un sistema de vida y creencias que, de unas décadas a esta parte, solo funciona por inercia.

 Como apunta él mismo de viva voz en un momento de la cinta que nos ocupa, las estrategias creativas de Houellebecq para romper con los constructos citados, con modos representativos autoparódicos al haberse abusado tanto de ellos, pasan por escribir con una sequedad clínica, sumido en un estado del espíritu caracterizado por "no hacer nada, aburrirse un poco, hasta que al final se te ocurre algo; en ese vacío, las palabras te llegan". Y tal estado -teñido a menudo de melancolía y sarcasmo ante lo contradictorio, fútil del esfuerzo- es precisamente el que con ánimo cómplice recrea en pantalla el guionista y director Guillaume Nicloux, de quien solo se había estrenado antes en España El elegido (2006), una de las varias intrigas convencionales que ha realizado hasta la fecha.

 No es convencional, sin embargo, El secuestro de Michel Houellebecq; que, inspirándose en una desaparición inexplicada del escritor en 2011, hace que este se encarne a sí mismo como si en aquella época hubiese sido víctima de un secuestro ambiguo por parte de tres infelices que parecen sacados de Dolor y dinero (Michael Bay, 2013). En la modesta casa de uno de ellos, Houellebecq fuma, bebe, habla y, claro, se aburre, a medias prisionero y a medias invitado de sus captores. Hasta que la extraña situación, una isla misteriosa en otro espacio y con otro tempo, le ayuda a desarrollar habilidades que podrían permitirle escapar a la apatía en que se ha sumido su existencia; que, como se vislumbra en los primeros compases de película, ha terminado participando con los años del marasmo colectivo que él gusta de denunciar en sus libros. En este sentido, conviene recordar que en su novela más reciente, El mapa y el territorio (2010), Houellebecq ya se había incluido como personaje, como celebridad literaria, muy consciente de que en nuestro presente el único relato digno de contarse es el que atañe a la cultura y sus agentes, su incierto lugar en una sociedad cosificada: "Lo que define ante todo al ser humano occidental es el puesto que ocupa en el proceso de producción".

 Como el lector habrá deducido, El secuestro de Michel Houellebecq está llena de matices atractivos, aparte de funcionar con éxito en tanto comedia al otro lado del espejo, hilarante en lo desnortado del universo plasmado en sus imágenes, en las que Houellebecq acaba ejerciendo como un Woody Allen o un Larry David en lengua francesa. Lo que no quita para que la película se resienta de cierta nimiedad; una aridez expresiva, que, como se ha señalado, es premeditada, pero que amenaza con llevarse por delante en varios momentos la atención del espectador.

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