El País

Crítica: Al otro lado del espejo

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Elle

Lo mejor:
Como toda película de un director apasionante, abunda en aspectos sugestivos

Lo peor:
Funciona más en virtud del eco y los reflejos, que en sí misma

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 30/09/2016
  • Director: Paul Verhoeven
  • Actores: Isabelle Huppert (Michèle Leblanc), Laurent Lafitte (Patrick), Anne Consigny (Anna), Charles Berling (Richard Leblanc), Virginie Efira (Rebecca), Judith Magre (Irène Leblanc), Christian Berkel (Robert)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, Alemania, Bélgica, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 18 años

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Pasados casi diez años desde el estreno en nuestro país de una de sus últimas películas, El libro negro (2006); cuarto de siglo desde que Desafío total (1990) e Instinto básico (1992) hicieran de él uno de los directores más populares y controvertidos de aquel entonces; y una eternidad desde que Delicias turcas (1973) y El cuarto hombre (1983) sentasen las bases de su universo creativo, llega a la cartelera española la nueva propuesta del holandés Paul Verhoeven; un cineasta fascinado por el sexo y la violencia, y por la contraposición de ambos aspectos a las máscaras sociales en tanto instintos humanos primarios y expresiones ingobernables de la voluntad de poder.

 Vaya por delante que Elle, a pesar del entusiasmo que está suscitando en virtud mayormente del predicamento crítico de que disfruta su autor, lindante con la mitomanía, no es ni mucho menos el filme mejor o más significativo de Paul Verhoeven. Como adaptación fiel en hechos y espíritu de Oh… (2012) -novela de un escritor, Philippe Djian, cuyo temperamento ácrata, amoral, ya habían traducido al cine otras películas basadas en su obra como Betty Blue (1986) y El amor es un crimen perfecto (2013)-, Elle es una cinta estimable en líneas generales, y puntualmente inspirada; pero con problemas de cadencia y metraje, cuya incorrección política roza en ocasiones lo pueril, y con focos de atención inestables, cuando no incapaces de iluminar con todas las consecuencias los argumentos agazapados en sus imágenes.

 Los lances cada vez más turbios a que se ve arrastrada Michèle ( Isabelle Huppert), una agente literaria reconvertida en diseñadora de videojuegos; una mujer de mediana edad que no se resigna a sucumbir a las pruebas a que la someten el pasado y el presente, que ha aprendido a hacer de ellas una vía de autorrealización, dan lugar a una mixtura de intriga y sátira social con ecos de Luis Buñuel y Claude Chabrol, cuya vaguedad es achacable en gran medida a la puesta en escena algo indolente de Verhoeven, y a una paleta fotográfica digital de Stéphane Fontaine por debajo de las texturas que pretende concretar. En este sentido, Elle puede imaginarse gestada en los años noventa y filmada, ora por Claude Sautet, ora por Roman Polanski.

 Lo más sugerente para nosotros de una película que el lector no debe entender en ningún caso carente de atractivos, es su carácter de reflejo sabio, tragicómico -esbozado ya por otras realizaciones previas de Paul Verhoeven como Showgirls (1995) o El libro negro-, de títulos tan idiosincrásicos en su filmografía como El cuarto hombre (1983) e Instinto básico (1992), marcados por obsesiones masculinas absolutamente codificadas como tales; por una violencia convulsa y próxima a lo ritual, y una mirada sobre la mujer en términos de objeto de deseo abisal. Las protagonistas del cine de Verhoeven siempre se habían rebelado contra esa cosificación o la habían aprovechado a su conveniencia, pero con la prevención de que, en un sistema erigido por y para otros, eso las convertía en anomalías, hijas de Lilith.

 Elle, en cambio, producida al fin y al cabo en una época que parece estar viendo surgir por fin de manera orgánica y con perspectivas de largo alcance una conciencia feminista global, hace de Michèle, no ya una superviviente a la acritud de tres generaciones de hombres -ejemplificados por su progenitor, un vecino, los jóvenes programadores que trabajan para ella-; sino la especie superior de ese nuevo mundo que se está alzando a nuestro alrededor, y que está condenando al ostracismo actitudes dominantes patriarcales. Resulta interesante constatar que el acto criminal por el que el padre de Michèle cumple pena de prisión, representa la violencia explícita tan cara a Verhoeven durante gran parte de su carrera, sin cabida ya en el imaginario de la película que nos ocupa, abonada a una expresión de lo agresivo sorda, entre visillos.

 En este aspecto, cabe pensar que el director holandés esté jugando algo perversamente -como ya hiciese en El cuarto hombre- con las constantes del cine de prestigio, a fin de camelar a ensayistas y académicos. Pero lo más fructífero es interpretar Elle como la inmersión de un Verhoeven de casi ochenta años en el otro lado del espejo. Desde allí, con talante lúcido, se ha atrevido a escudriñar su condición como hombre, y como artífice de un tipo de películas que, sospechamos, poca gente -ni siquiera él mismo- volverá a realizar.

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