El País

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Crítica: El leviatán vengativo

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
En el corazón del mar

Lo mejor:
Una primera hora muy convincente

Lo peor:
Los vaivenes narrativos de ecuador en adelante

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 04/12/2015
  • Director: Ron Howard
  • Actores: Chris Hemsworth (Owen Chase), Cillian Murphy (Matthew Joy), Frank Dillane (Owen Coffin), Tom Holland (joven Thomas Nickerson), Ben Whishaw (Herman Melville), Brendan Gleeson (anciano Thomas Nickerson), Charlotte Riley (Peggy), Benjamin Walker (George Pollard), Michelle Fairley (Mrs. Nickerson), Jordi Mollà (Capitán español)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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La epopeya del Essex es mucho más que la historia que está detrás del mito melvilliano de la gran ballena blanca. Es la cara B de "burbuja" económica, el reverso tenebroso de la historia económica estadounidense, que echó a volar, en buena medida, en el siglo XIX gracias a la industria de la ballena. Es, en el fondo, la inmolación en alta mar de un puñado de avezados marinos que probaron de su propia medicina cuando un monumental cachalote del Pacífico decidió dejar de ser presa para ser cazador, sacando los colores a la industria ballenera, poniendo rostro, de ballena, a un fantasma, que emergía del fondo del mar para cobrar el peaje de la avaricia desmedida del cazador, y para recordar que el hombre es un ser insignificante, que el dinero no todo lo compra, y que la naturaleza es una mala bestia que antes o después pasa factura por los excesos.

Es, por todo ello, mucho más que la anécdota que cuajó en mito literario, es un episodio histórico de envergadura, una odisea de supervivencia, además, en la que funden la pelea del hombre contra la naturaleza, en su eterno empeño por domarla, y la lucha del hombre consigo mismo, en un entorno hostil, desafiando cara a cara al Leviatán, hurgando imprudente en el corazón insondable del océano. Ron Howard ha optado por escarbar en la dimensión literaria de la historia narrando el episodio desde el punto de vista del propio Melville, en su obsesiva búsqueda, como Ahab, de la verdad sobre la ballena blanca. A partir de ahí asume un riesgo quizá mal calculado.

El público leerá la tragedia del Essex como la mera anécdota detrás del mito y, por lo tanto, más como una curiosidad preliteraria que como la historia de gran calado físico, metafísico y económico de una historia fascinante por sí misma. Así, en En el corazón del mar la sombra de Moby Dick es alargada. Con todo Howard hace de Howard reivindicando una manera de ver y hacer películas que ya no se lleva. En muchos sentidos su última película es un anacronismo, un show pasado de moda para nostálgicos del gran relato marinero del viejo Hollywood. Incluso los cromas, la fotografía y las piruetas digitales remiten a la escenografía casi teatral de una supreproducción en technicolor de los 50, lo cual, dicho sea de paso, es parte del encanto de una cinta reñida con los patrones de la narrativa moderna. Habrá quien eche pestes ante el inmovilismo academicista del director de Willow, pero En el corazón del mar se lee de punta a cabo como una película marinera de las de entonces, pero con los medios de ahora.

La tragedia, no obstante, está desequilibrada entre sus dos mitades. En la primera hora gana por goleada las virtudes de un relato anclado en las convenciones del romanticismo fílmico, desde la irrupción en las calles de Nantucket de un Melville en busca del combustible de la gran novela que nunca escribió, pasando por la presentación de los antagónicos caracteres de los dos antagónicos marinos que regirán los destinos del Essex, por la descripción de usos y costumbres de la industria ballenera de Nueva Inglaterra, la vida a bordo y el "¡Por allí resopla!", que nos remite a los minutos de oro de la magistral Moby Dick de John Huston. Pero Howard no resuelve bien el cambio de registro. La segunda mitad del filme es un survival thriller de libro en el que el conflicto ballenero-ballena (o lo que es lo mismo, hombre-naturaleza, o Dios, que dirían algunos) se diluye para narrar la asombrosa epopeya de los náufragos a la deriva sobre el infinito desierto de sal.

Ahí la fluidez de la narración se resiente, Howard mete el acelerador y procede más a un resumen de los hechos que a una dramatización sólida de los mismos. Pesan también en la balanza de los contras esa pacatería tan de Howard de eludir la visualización de los vericuetos más siniestros de la travesía (con actos de canibalismo y todo) y el excesivo protagonismo del relato en off y de los flashforwards hacia la entrevista Melville-Nickerson, que fragmentan en exceso una narración ya resuelta, en el acto final, con demasiadas prisas.

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