El País
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Crítica: Súbditos de la imagen.

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
En el ojo de la tormenta

Lo mejor:
Como otros ejemplos de cine en directo recientes (The Conspiracy, Chronicle o The Bay), la película que nos ocupa tiene interés a nivel de mera imagen.

Lo peor:
El formato no logra ocultar la escasa calidad de guión e interpretaciones.

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  • Género: Catástrofes
  • Fecha de estreno: 29/08/2014
  • Director: Steven Quale
  • Actores: Richard Armitage (Gary Morris), Sarah Wayne Callies (Allison Stone), Jeremy Sumpter (Jacob), Nathan Kress (Trey), Matt Walsh (Pete), London Elise Moore (animadora), Kyle Davis (Donk), Scott Lawrence (Director), Arlen Escarpeta (Daryl), Stephanie Koenig (Marcia), Alycia Debnam Carey (Kaitlyn), Jon Reep (Reevis), Max Deacon (Donnie)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Como ponen de manifiesto un guiño en forma de vaca de madera arrastrada por un viento huracanado, y que ambas películas estén auspiciadas por el mismo gran estudio, Warner Bros., En el ojo de la tormenta es un remake más o menos declarado de Twister (1996), una de las primeras películas en hacer un uso ostentoso de los efectos digitales, en su caso para narrar la historia de un grupo de meteorólogos que seguían tornados en el Medio Oeste norteamericano para estudiar su formación y predecir sus lugares de impacto.

Y, si hay un caso de nueva versión justificada, es En el ojo de la tormenta. Aunque a Twister no le faltasen planos inmersivos, en los que el público se sentía no reflejado en la historia sino protagonista de la misma, en su mayor parte la película de Jan de Bont era un espectáculo vergonzante: trataba de excusar su condición de destruction porn -de superproducción veraniega en la que disfrutar de la muerte de seres humanos y la demolición de la propiedad- recurriendo a actores de cierto peso, unas hechuras formales escrupulosas y, sobre todo, un psicologismo dramático de vía estrecha con catarsis emocional incluida, que nos permitía engañarnos pensando que, pese a salir del cine con las retinas dilatadas por el placer morboso, continuábamos siendo personas de bien.

Veinte años después, en un mundo en el que la imagen se ha enseñoreado de todo, en el que podemos desayunarnos con la grabación de cómo se decapita a un congénere precedida por publicidad de un parque temático, las estrategias de un film como Twister no pueden sino parecernos viejunas, hipócritas. Muy conscientes de ello, los productores de En el ojo de la tormenta han apostado por recrear la misma anécdota -tornados de comportamiento arbitrario y cada vez más vigoroso que se llevan por delante granjas, institutos y zonas residenciales ante la mirada aterrada y a la vez impertinente de científicos y curiosos- con malos actores en la piel de personajes indignos de considerarse tales o despreciables en sus actitudes; un presupuesto modesto, consagrado casi en exclusiva a los efectos visuales, que propicie recuperar la inversión en el fin de semana en que se estrena la película y que, como efecto secundario, hace de la misma en su conjunto poco más que una producción televisiva para la sobremesa del sábado; y, en relación con lo anterior, unas maneras audiovisuales que deben menos al cine de ficción que a los reality shows -el año pasado fallecía uno de los protagonistas del programa de Discovery Channel Cazadores de Tormentas, Tim Samaras, atrapado en una de ellas- y la fijación presente por registrarlo todo con nuestras cámaras o móviles para petarlo en YouTube y las redes sociales.

No puede decirse que En el ojo de la tormenta sea un ejemplo riguroso de película en formato metraje encontrado o cine en directo. Pero, desde luego, las grabaciones tomadas por el equipo que lidera Pete (Matt Walsh) y por jóvenes de la localidad donde acontece el grueso de la acción, son fundamentales para establecer su tono y para dar cuenta cómplice de la pulsión presente por apropiarse de los acontecimientos, por experimentarlos y que otros los sientan en primera persona. Con resultados suicidas en muchas ocasiones, como prueba ese matrimonio polaco que se despeñaba este verano por un acantilado portugués mientras intentaba hacerse un selfie, o las bruscas y violentas muertes de incautos cineastas amateur que plasma con delectación En el ojo de la tormenta, y que remiten a la única ficción previa del director Steven Quale, Destino Final 5 (2011).Lo esquinado de dichas muertes, como un prólogo digno de una película sobre asesinos en serie y no fenómenos naturales, la inquietante apariencia de zarza ardiente que adquiere un tornado, el momento en que los aviones de un aeropuerto son devorados perezosamente por un huracán, o la contemplación arrobada del ojo en calma de un tornado monstruoso por parte del ambicioso Pete -que malas lenguas aseguran es un retrato de James Cameron, cineasta para el que trabajó Steven Quale en Aliens of the Deep (2005) y Avatar (2009)-, no solo resultan los instantes más inspirados de la película. Suscitan de manera más o menos premeditada la reflexión del espectador sobre el ansia colectiva por poner el mundo a nuestra altura mediante las imágenes, y la alianza siniestra de estas con lo inefable; con ese universo ajeno a nosotros, el de la realidad en sí, susceptible únicamente de una aproximación metafórica, y que antes o después acabará revolviéndose contra nosotros adjudicándonos nuestro verdadero papel. No el de demiurgos de la representación, sino el de súbditos.

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