El País
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Crítica: La salvaje cotidianeidad

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
En un patio de París

Lo mejor:
Una bonita conclusión que redefine lo que habíamos visto anteriormente

Lo peor:
Es una tragicomedia leve y, por momentos, de líneas difusas

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 22/08/2014
  • Director: Pierre Salvadori
  • Actores: Catherine Deneuve (Mathilde), Gustave de Kervern (Antoine Le Garrec), Féodor Atkine (Serge), Pio Marmaï (Stéphane), Michèle Moretti (Colette), Nicolas Bouchaud (Laurent Maillard), Oleg Kupchik (Lev), Garance Clavel (la ex de Antoine), Carole Franck (la consejera de la agencia de trabajo temporal), Olivier Charasson (El especialista), Bruno Netter (Sr. Vigo)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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"Lo cotidiano en sí mismo ya es maravilloso". Esta afirmación -toda una declaración de principios artísticos- del escritor Franz Kafka encuentra ecos insospechados en la última película del cineasta Pierre Salvadori, cuyo arranque bien podría remitirnos a las primeras páginas de El castillo (1926), donde Antoine ( Gustave Kervern), como sucedía con el enigmático Agrimensor K, entra en escena buscando trabajo sin que apenas sepamos nada de él, aparte de que es músico y de que huye de las sombras de una vida pasada que lo atormenta, refugiándose finalmente en la rutina de su nuevo oficio como portero de un viejo edificio parisino.

 Sin embargo, la realidad que lo aguarda dista mucho del oasis apacible con el que Antoine esperaba encontrarse. Tanto es así que pasará a convertirse en el ángel guardián de una comunidad de propietarios tan variopinta como excéntrica, trabando amistad con Mathilde ( Catherine Deneuve), una jubilada hiperactiva amenazada por el fantasma de la locura. Volviendo a la cita de Kafka, hablamos de una cinta fraguada en una asombrada fascinación por los cuerpos extraños que anidan en el corazón de la cotidianeidad.

  En un patio de París es el reverso amargo de la irritante Amelie; un canto a la amistad y al altrusimo, sí, pero que nos recuerda continuamente nuestras limitaciones a la hora de suturar heridas ajenas. Teniendo en cuenta que Salvadori nos había acostumbrado, a lo largo de los años, a comedias de enredos ligeras y con un punto frívolo -como Una dulce mentira (2010)-, no deja de sorprendernos este viraje radical en su carrera. En un patio de París dista mucho de ser una gran película, pero como tragicomedia tierna nunca cae presa de bajos instintos ni recurre a trucos baratos, respetando permanentemente la inteligencia del espectador.

 Su mayor problema es que, durante el grueso del metraje, sufre las nefastas consecuencias de una narrativa flácida que la incapacita para alzar el vuelo. La sensación preponderante es que la película está tan confundida y desorientada como el pobre Antoine. Con todo, sería injusto no apreciar el esfuerzo de Salvadori por reinventarse urdiendo la crónica de un sacrificio anunciado que no toma forma hasta los últimos minutos, momento en el cual En un patio de París da un giro que aporta un sentido inesperado y plenamente coherente al conjunto.

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