El País

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Crítica: Michael Mann bucea en los orígenes históricos del gran cine negro con una película enorme en contenido y continente a la altura de sus mejores títulos

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Enemigos públicos

Lo mejor:
La fastuosa puesta en escena.

Lo peor:
Quizá sea un poco fría.

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 14/08/2009
  • Director: Michael Mann
  • Actores: Johnny Depp (John Dillinger), Christian Bale (Melvin Purvis), Marion Cotillard (Billie), Billy Crudup (J. Edgar Hoover), Stephen Dorff (Homer Van Meter), Stephen Lang (Charles), Giovanni Ribisi (Alvin Karpis), Rory Cochrane (Carter), David Wenham (Pete), Stephen Graham (Baby Face Nelson), John Ortiz (Phil), Leelee Sobieski (Polly Hamilton)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2009
  • Calificación: No recomendada menores de 13 años

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En Michael Mann se dan cita dos personalidades cinematográficas: por un lado palpita el corazón de un director comprometido hasta el tuétano con los flujos clásicos del cine de género, el thriller fundamentalmente, pero sin despreciar presencias más esporádicas en el cine de aventuras o en el biopic, y por otro el de un sibarita de las nuevas tecnologías, un artista enchufado a la modernidad, que mira el género desde un objetivo alternativo, desde la nitidez granulosa de la alta definición digital, atento a la dimensión existencialista de héroes y antihéroes. Sus criminales son engendros poscontemporáneos, sociópatas del nuevo siglo y sus agentes de la ley inadaptados, individuos amorales que ejercen la violencia legítima con mala conciencia. En "Enemigos públicos" late esta apasionante dualidad con fuerza arrolladora.

Lejos de manipular la imagen para estudiarla en contexto anacrónico del cine de hace medio siglo, Mann busca la textura contemporánea en las raíces temáticas del cine antiguo. En su última película hay un conflicto entre la compostura tradicional del relato arcaico de gángsters, entre el cine negro de Walsh y Hawks y el contraste brutal con el contenido y el continente del neo-noir, en un escenario de violencia desatada, en el que la acción en bruto, el silbar de las balas y el estruendo de la metralla comen espacio a la filigrana del diálogo fino. Es un cine mucho más físico y musculoso, menos sutil, pero igualmente explícito en las bambalinas turbias de la psicología torturada y sociopática de polis y criminales. En "Enemigos públicos" colisionan ambos frontalmente; se citan Walsh y Mann y se van a tomar café mientras elucubran acerca del pasado y el presente del gran thriller americano.

En ese sentido y en otros muchos "Enemigos públicos" es una película muy cinéfila. Pero la cinefilia aquí no es de museo. Mann devuelve clamorosamente a la vida inyectando oxígeno en vena la flema clásica del cine negro, de las películas de gángsteres y asaltadores de bancos sin guante blanco. Desde la diáfana claridad de los contornos que proporciona el rodaje con cámaras alta definición, Mann desmonta los tópicos del cine retro con la clarividencia de los genios. "Enemigos públicos" es al cine de gángsteres lo que fue el "María Antonieta" de Sofia Coppola al cine histórico, una subversión radical de las reglas y de las leyes universales de dos géneros anquilosados en tradiciones atávicas, inmóviles frente al paso del tiempo.

Hay mucho más debajo de ese fascinante juego de espejos en el que se confrontan dos maneras de hacer y mirar cine. Mann explora el auge y caída de un bandido del pueblo, un Robin Hood de la Gran Depresión que no fue sino el tumor social de un tiempo de desazón y desestructuración social. Dillinger era un monstruo, un animal de probeta, retrato en movimiento de un tiempo sólo apto y habitable para las víboras. Mann extrapola sin demagogia la crisis moral de una sociedad enferma que acusa exactamente los mismos males que la nuestra: una crisis financiera global irrespirable, una desconfianza irrecuperable en las instituciones y un odio visceral a la banca como responsable irresponsable del fatídico crack del 29.

"Enemigos públicos" es en todos los sentidos, en contenido y continente, una película conjugada en pasado que habla del presente, la desmitificación en primerísimo plano del mito, la crónica de la crucifixión pública de ese Jesse James de los años 30 que fue John Dillinger (no por casualidad la cinta de Mann se relaciona con el noir de igual modo que "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford" lo hace con el western), inmortalizado aquí por un Johnny Depp de Oscar, espina dorsal de uno de los revival genéricos más contundentes y perspicazmente atemporales del cine americano reciente.

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