Crítica: Incertidumbre, curiosidad

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Esperando al rey

Lo mejor:
La mano tenue con que Tom Tykwer aborda el relato, y la interpretación de Tom Hanks (aunque el papel no termine de pegarle)

Lo peor:
Un tercio último que a punto está de sofocar la película

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 01/07/2016
  • Director: Tom Tykwer
  • Actores: Tom Hanks (Alan), Alexander Black (Yousef), Sarita Choudhury (Zahra), Sidse Babett Knudsen (Hanne), Tracey Fairaway (Kit), Jane Perry (Ruby), Tom Skerritt (Ron)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Francia, Reino Unido, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Adaptación de la novela de Dave Eggers Un holograma para el rey (2012), esta nueva realización del director alemán Tom Tykwer prorroga las inquietudes que ya había plasmado en películas suyas previas como Corre Lola, corre (1998), Heaven (2002) y The International: Dinero en la sombra (2009). En todo el cine de Tykwer, y Esperando al rey no es una excepción, existe una clara conciencia de que la estabilidad del mundo se ha esfumado, y de que la traumática adaptación al orden nuevo del desorden ostenta perfiles agridulces: la liberación de las costumbres, el relativismo moral, por el que aboga en sus imágenes Tykwer con talante progresista, está indisociablemente ligado a los valores de un capitalismo predatorio que alienta lo global y lo especulativo, lo precario y lo desustanciado.

  Esperando al rey da una vuelta más de tuerca a esos argumentos a partir de su retrato de las peripecias de Alan Clay ( Tom Hanks), un empresario de mediana edad sumido en aprietos sentimentales, de salud y económicos, que viaja hasta Arabia Saudí para ofertar a la monarquía de aquel país un sistema de teleconferencias mediante hologramas tridimensionales de los participantes. Como era previsible dado el planteamiento de la película, su condición de forastero en tierra extraña obligará a Alan a reevaluar su vida hasta el momento. Pero la novedad estriba en que, lejos de hallar una respuesta concluyente a sus dilemas existenciales y su búsqueda tan inconsciente como desesperada de un futuro más pleno, el comercial norteamericano habrá de conformarse con amoldar su espíritu -su apellido, Clay, significa arcilla en castellano- al de una época caracterizada por lo líquido y lo hiperreal, por la negación de cualquier asidero fiable, de cualquier territorialidad emocional.

 En una extraña concordancia con lo que nos narra, Esperando al rey es varias películas en una. Algo frustrante en alguna ocasión -sobre todo, por lo que respecta a un último tramo muy poco fluido, que parece una concesión al gran público norteamericano- pero, en líneas generales, meritorio: la dialéctica de Tykwer en torno a los temas que aborda, es coherente con unas formas que se niegan a plegarse durante demasiado tiempo a un registro determinado, que se abonan a la curiosidad y la incertidumbre. Aunque predomine a lo largo de todo el metraje un gusto impecable por la composición de los planos y su fluidez, que debe mucho a la labor conjunta del montador Alexander Berner y un colaborador habitual de Tykwer, el director de fotografía Frank Griebe.

 Así las cosas, Esperando al rey se asemeja en ciertos momentos -como, por cierto, la novela de Eggers- a un manual de coaching para ejecutivos hecho ficción, que alerta acerca de las carencias de la economía tradicional y da pistas sobre cómo internarse en la del futuro, amén de advertir sobre el papel paternalista, cada vez más discutible, que a Occidente le gusta desempeñar en su trato con otras culturas. En otras escenas, el trasfondo existencial melancólico de la aventura de Alan, y su traslación a estampas desoladas, remite a hitos sobre la crisis de la modernidad como El reportero (1975). No faltan tampoco motivos para pensar que nos hallamos ante un melodrama romántico y exótico subrepticio, en la línea de La pesca del salmón en Yemen (2011). Y, por último, hay incluso en Esperando al rey una veta nostálgica de clasicismo, una suerte de contemplación estilizada, que la asemeja a trabajos maduros de un Billy Wilder como Sabrina (1954) o Ariane (1957). Como puede apreciarse, Esperando al rey tiene interés de sobra. Conviene no dejarse engañar por su apariencia liviana, pues alberga una comprensión honda del presente.

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