El País

Crítica: El infierno en el cielo

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Everest (2015)

Lo mejor:
Un relato absorbente desde el primer minuto

Lo peor:
Demasiados personajes a medio cocer

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 18/09/2015
  • Director: Baltasar Kormákur
  • Actores: Josh Brolin (Beck Weathers), Sam Worthington (Guy Cotter), Jason Clark (Rob Hall), Jake Gyllenhaal (Scott Fischer), Robin Wright (Peach Weathers), Keira Knightley (Jan Hall), Clive Standen (Ed Viesturs), Tom Goodman-Hill (Neal Beidleman), Michael Kelly (Jon Krakauer), John Hawkes (Doug Hansen), Elizabeth Debicki (Dr. Caroline Mackenzie), Vanessa Kirby (Sandy Hill Pittman)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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En la mejor tradición del blockbuster coral de catástrofe/tragedia (terremotos, incendios, accidentes aéreos…), taquillazo de esos que loan el triunfo del instinto de supervivencia, propia y ajena, ante la adversidad y la furia de los elementos, Everest, que es al alpinismo lo que Viven o La tormenta perfecta fueron en su día para para el cine de ´robinsones´ y marinos respectivamente, no se limita a cantar la gesta de los heroicos supervivientes. Komárkur incide en casi todos los defectos inherentes al género (la falta de espesor en los personajes, víctimas del afán por abarcar todos los ángulos de la tragedia), pero se descuelga, para compensar, con una interesante reflexión acerca de la temeraria comercialización de la aventura, en un tiempo en el que el alpinismo turístico de máximo riesgo ha terminado por convertir los alrededores del Everest en una suerte de resort para adictos a la adrenalina y las emociones fuertes, en una atracción turística que es, a la vez, una trampa mortal a la que muchos se arrojan sin saber calzarse las botas de montaña.

Es la industrialización de la adrenalina de las cumbres vertiginosas, la muerte, en definitiva, del espíritu atávico del montañismo genuino del pionero, el sugerente decorado de una película que indaga (superficialmente, claro) en las dos caras de la tragedia. No es una película de hazañas intachables. Es imposible empatizar del todo con el intruso que profana, Coca-cola en mano, la sagrada y hostil soledad de la cumbre, y es que detrás de la tragedia está el negocio y la muerte del alpinismo romántico.

Everest no es pues una película de héroes contra los elementos, es una película de víctimas, de la montaña, sí, pero también de la turistización de la conquista del cielo. Komárkur dramatiza la tragedia y rinde homenaje a las víctimas, pero esboza de refilón ese lado oscuro del relato que es, a la larga, lo que da relieve y consistencia a la historia. Realización intachable, atmósfera envolvente y efectos visuales apabullantes.

Técnicamente Everest es uno de los grandes espectáculos cinematográficos del año, y el director islandés dosifica con olfato el suspense y el volumen de una tragedia que no abusa demasiado (sí puntualmente, claro) del melodrama de saldo. El libreto es de recorrido corto, pero es cine de ese que te atrapa desde el minuto uno y ya no te suelta, y aunque te preguntes qué hace Sam Worthington y algún otro en semejante fregado, con personaje tan ínfimo y episódico, el desempeño de los Clarke, Gyllenhaal, Hawkes, Brolin y compañía es, en sí mismo, un enorme aliciente.

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