El País

Crítica: Un nuevo génesis

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Ex Machina

Lo mejor:
Que sabe sacar brillo a una fórmula ya muy sobada

Lo peor:
El despliegue, inevitable, de ciertos lugares comunes de género

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  • Género: Ciencia-ficción
  • Fecha de estreno: 27/02/2015
  • Director: Alex Garland
  • Actores: Domhnall Gleeson (Caleb), Alicia Vikander (Ava), Oscar Isaac (Nathan), Chelsea Li (chica de oficina), Corey Johnson (piloto de helicóptero), Sonoya Mizuno (Kyoko), Evie Wray (secretaria), Symara A. Templeman (Katya)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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No porque las disyuntivas, ético-fiosóficas, alrededor de las implicaciones múltiples en términos de progreso y/o retroceso de civilización, de la inteligencia artificial y sus mil y un desafíos no hayan sido tratados antes una y mil veces por el celuloide. Más bien porque en torno a esa premisa existencialista de fondo, un filón en manos de cualquier director avispado y con oficio, Ex Machina busca y encuentra su espacio propio, su nicho genuino, en un proyecto de ciencia-ficción de interiores, de futurismo de salón (literalmente), de una fantasía pre apocalíptica de presupuesto apañado. Alex Garland propone un escenario de encuentros entre un cerebro orgánico, humano y tradicional y otro inorgánico, robótico y artificial, en medio un perverso juego de persuasiones enfrentadas.

Un duelo entre el hombre de hoy y el del mañana, que no es sino una mera réplica de laboratorio que ha terminado por suplantar a su creador, emancipándose del Dios que le dio vida. Un ingenio tecnológico, la inteligencia artificial, que es a la vez misterio e instinto de autodestrucción, que sirve a Garland para desplegar un astuto juego de seducción y dominación entre un hombre y una máquina con rasgos y sensibilidad femenina, una Eva en rebeldía contra su hacedor.

El combate entre el cerebro de carne y hueso (el del iluso científico que se cree examinador cuando es, en realidad, examinado) y su inquietante proyección en el espejo, en forma de androide con inaudita autonomía emocional, deviene, además en un habilísimo escenario de tensión sexual no resuelta, de rentabilización del sexo como estrategia de dominación-sumisión. Es decir, una sugerente vuelta de tuerca al mito de Prometeo, que, detrás del perverso triángulo científico-emocional, entre creador, creado e intermediario, esboza los conflictos tradicionales del subgénero: la capacidad de la máquina de expresar sentimientos, la inmoralidad inherente a la figura del demiurgo paralelo, del hombre jugando a ser Dios sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus experimentos.

Pero la ecuación funciona porque funciona el desafío a tres bandas, porque los personajes están muy bien escritos y sus conflictos cuajan generando tensión desasosiego muy bien administrado. Jugando hábilmente con los contrastes entre ese claustrofóbico búnker ultratecnológico y subterráneo donde se reinventa al ser humano y ese paradisiaco vergel de ecos bíblicos (al fin y al cabo la fábula viene a ser una reinterpretación moderna del mito de la rebelión de Eva contra las normas del Edén) ubicado en medio de la nada, Garland se descuelga con una de las óperas primas más lúcidas y sugerentes del curso, apoyado en las impagables prestaciones de Oscar Isaac, un Dr. Frankenstein turbio y seductor, y una Alicia Vikander, que clava las tribulaciones existenciales de una máquina que vive sin vivir en sí.

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