El País

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Crítica: Un Dios salvaje.

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Exodus: Dioses y reyes

Lo mejor:
Un espectáculo fílmico de muchísimos quilates.

Lo peor:
El primer acto no está al nivel del segundo y del tercero.

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 05/12/2014
  • Director: Ridley Scott
  • Actores: Christian Bale (Moisés), Joel Edgerton (Rhamses), Aaron Paul (Josué), Sigourney Weaver (Tuya), Ben Kingsley (Nun), Indira Varma (Miriam), María Valverde (Séfora), John Turturro (Seti), Golshifteh Farahani (Nefertari), Hiam Abass (Bithiah), Andrew Tarbet (Aaron)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., España, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Si le aconsejan que no se la juegue con una de romanos en un tiempo en el que el péplum está muerto y enterrado, Ridley Scott monta el peplum más caro y ambicioso de la historia del cine. Si en la era de la corrección política está terminantemente prohibido mezclar cine y religión, si a Aronofsky le cayeron palos por todas partes por hurgar en la Biblia, poniendo de uñas a todo el mundo, Ridley Scott se descuelga con una revisión del éxodo y sobre las visiones divinas de Moisés y se queda más ancho que largo. El director de Blade Runner siempre fue a su bola, contra la corriente. Es dueño de su dinero y lo invierte como buenamente le parece. Por eso, solo por eso, por atreverse a proponer una revisión de la gran superproducción bíblica del Hollywood clásico en pleno siglo XXI, presumiendo de anacrónico, levantando mil ampollas entre minorías y mayorías suspicaces y susceptibles, Scott se merece un hurra, como poco.

En efecto, Exodus: Dioses y reyes es, en espíritu, una película de hace setenta años, pero está muy lejos de plegarse al discurso conciliador y proselitista del De Mille de Los diez mandamientos (magnífica película, a pesar de todo), aunque Scott quiera ser De Mille a su manera. Alguien podrá acusarlo de megalómano, de exhibicionista incluso, por cultivar y recuperar ese cine grandioso de gran formato, ese "apolillado gigantismo" faraónico (nunca mejor dicho) de los kolossal (que dirían los alemanes) de entonces. En resumen: lo último de Scott tiene todos los números en regla para no ser cine de este tiempo, pero no es el caso, porque los géneros son atemporales, y es que siempre hay edad de plata y de bronce para temáticas que creíamos irrecuperables.

Su Exodus: Dioses y reyes es, en absoluto, una película religiosa (aunque muchos dirán que sí), es más bien la escenificación a todo trapo de uno de los grandes mitos fundacionales del judaísmo/cristianismo, pero sin medias tintas ni maquillajes. Scott rinde tributo a uno de los personajes "novelescos" más fascinantes de la historia de la literatura religiosa: el Dios del Antiguo Testamento. Un Dios que busca en Moisés un general para sus ejércitos, la espada que caiga implacable sobre Egipto, para imponer la ley divina a sangre y fuego. Es un Dios colérico, vengativo y capaz de perpetrar atrocidades sin pestañear, un Dios primitivo y extraordinariamente visceral. Scott resucita a ese Dios (que habla por boca de un crío, en un contraste brutal entre la contundencia de un discurso belicista sin contemplaciones con la candidez de una voz infantil), y lo reivindica como gran personaje, irresistible en su apabullante complejidad. Y es en torno a esa conflictiva y mal avenida asociación forzosa entre el elegido y su amo, que Exodus: Dioses y reyes adquiere un espesor trágico nada desdeñable.

Estamos ante una superproducción deslumbrante en lo visual, con un armazón narrativo muy sólido, en torno a personajes perfilados en tres o cuatro pinceladas, pero pinceladas con mano firme. Scott aprovecha el soberbio potencial dramático de una de las historias más grandes jamás contadas centrando el foco en la rivalidad Moisés-Ramsés, desdibujando un tanto las subtramas colaterales para que el conflicto central gane en peso y espesor.

Y alrededor, naturalmente, un espectáculo grandioso, con un derroche de medios apabullante, que es la réplica de la era digital a esa épica hollywodiense, decíamos, de gran formato y chapada a la antigua. Grabadas a fuego, por el uso contextualizado y como soporte dramático de la tecnología, quedan secuencias como la batalla de Qadesh, la propagación de las siete plagas (veinte minutos de cine fabuloso) o la persecución de los carros del faraón a los judíos de Moisés en su huida a la tierra prometida. Una película excesiva, para lo bueno y para lo malo, que recupera al Ridley Scott más en forma, desafiando modas y olímpicamente ajeno al qué dirán. Bravo.

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