El País

Crítica: Alexander Sokurov hace suyo al Fausto de Goethe con una adaptación muy espesa solo apta para iniciados

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Fausto (2011)

Lo mejor:
Una puesta en escena que se procesa, casi, con los cinco sentidos

Lo peor:
Es un ladrillo

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 02/03/2012
  • Director: Alexandr Sokurov
  • Actores: Johannes Zeiler (Heinrich Faust), Anton Adasinsky (Moneylender), Isolda Dychauk (Margarete), Georg Friedrich (Wagner), Florian Brückner (Valentin), Prodromos Antoniadis (Notarius)
  • Nacionalidad y año de producción: Rusia, 2011
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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El poder es un lugar solo habitable para los desalmados; Fausto sublima ese pacto con el diablo que ha de convertirle en un tipo sediento de dominio y ya no temeroso de dios. Un pacto implícito en los tres retablos precedentes de la tetralogía de Alexander Sokurov sobre la naturaleza (oscura) del poder que entonces asumían nombres y apellidos: Hitler, Lenin e Hirohito. Fausto es un compendio de todos ellos que enfila el periplo opuesto; aquellos asumían a regañadientes su humanidad resignados al espejismo de una divinidad que no era sino una manifestación degenerativa de sus soberbia, y éste firma un pacto con el diablo para liberarse de su dimensión mortal y trascender a una suerte de estadio de poder absoluto sancionado y modelado por lo divino (o, mejor dicho, por su opuesto).

Sokurov procede a un ejercicio de abstracción goethiana para cerrar el círculo y poner la rúbrica a un políptico que abraza aquella máxima del genial escritor alemán que advertía que la infelicidad crea monstruos. El Fausto de Sokurov rumia su frustración existencial renegando de lo terrenal con ayuda de un Mefistófeles insólito.

El director ruso no quiere una versión propia del Fausto (2011) de Goethe, sino un Fausto (2011) todo suyo, con señas de identidad propias. Lo más notable de su propuesta es la agresiva fisicidad de la puesta en escena; el universo decadente que escudriñan Fausto y Mefistófeles es un paisaje grotesco, hediondo y de tersura ingrata. El Mefistófeles de Sokurov es un anciano decrépito, un ser deforme con problemas de digestión que se arrastra por el mundo dando grima.

Nada que ver con los patrones tradicionales de la fábula; hay mucho de Goethe en este subjetivo Fausto, pero también del Bergman de "El séptimo sello". En ese sentido se trata de una revisión del mito absolutamente cinematográfica; pero hasta aquí las virtudes. Sokurov es cineasta de filmotecas y cine estudios; la inercia de sus películas es plomiza, un reto para el espectador más paciente; Fausto (2011) no es una excepción a la regla.

Errática a ratos, críptica y cocinada para exegetas goethianos e intelectuales con pedigrí, su película abraza una desbordante densidad filosófica codificada en imágenes y diálogos, hablemos en plata, rebuscadamente sesudos. Hay que tener un máster en literatura alemana decimonónica, ser muy faústico y muy Sokuroviano para resistir intacto a la impenetrable espesura y no sucumbir a esta gymkana de cultismos tediosa e inaccesible para espectadores profanos en el universo Goethe. En resumidas cuentas, que Fausto (2011) no es precisamente un vehículo de distracción de sábado por la tarde entre amigos.

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