Crítica: El declive del viejo Hollywood

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
Focus

Lo mejor:
La faceta cómica de una desaprovechada -al menos en cuanto a su talento interpretativo- Margot Robbie

Lo peor:
Que constata la decadencia irremediable de un cine amparado en el tirón popular de la estrella de turno

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 27/03/2015
  • Director: Glenn Ficarra, John Requa
  • Actores: Will Smith (Nicky), Margot Robbie (Jess Barrett), Gerald McRaney (Ownes), BD Wong (Liyuan), Robert Taylor (McEwen), Adrian Martinez (Farhad), Stephanie Honoré (Janice), Laura Flannery (animadora), Griff Furst (Gareth), Dominic Fumusa (Jared), Brennan Brown (Horst)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Cada vez quedan menos estrellas a la antigua usanza en la constelación hollywoodiense. Durante las últimas décadas, hemos asistido a la progresiva desaparición del llamado star-system, en el cual era la estrella quien otorgaba reputación e incluso identidad, de cara a la audiencia, al producto. Lo habitual era que la celebridad de turno -cuya cotidianeidad y excentricidades colmaban revistas enteras- se pusiera en la piel de "un personaje que se convertirá en el personaje de la estrella" (David Bordwell, El cine clásico de Hollywood); no obstante, la concepción del actor como encarnación de una serie de valores, estéticos y morales, materializados en su mitológica efigie, ha ido apagándose en unos tiempos definidos por la descategorización.

 Un ejemplo gráfico entre muchos: el sex-symbol de nueva hornada Ryan Reynolds, que puede protagonizar la romcom bobalicona La proposición (Anne Fletcher, 2009), la pueril cinta de superhéroes Linterna Verde (Martin Campbell, 2011) o una comedia sórdida e incómoda como The Voices (Marjane Satrapi, 2014). Tampoco deja de ser significativa la conversión de viejos iconos como Sigourney Weaver, Robert DeNiro o Harrison Ford en figuras que lo mismo valen para un roto que para un descosido, meras sombras en el cine del siglo XXI, que se han reciclado a sí mismos como buenamente han podido. Aunque haya pocos casos más paradigmáticos que los de los estrellados Nicole Kidman y Nicolas Cage, ayer dioses, hoy carne de detritus fílmico, víctimas de pésimas decisiones quirúrgicas o económicas. Antes o después, tenía que ocurrir: Hollywood ha entrado en crisis -por complejos motivos que merecen un análisis aparte- y ha desvelado su reverso patético, grotesco.

 En el panorama actual, con cultos que duran un par de días de fervor tuitero, las old stars con afán de comerse la taquilla apenas pueden aspirar a que sus rostros sean hieráticamente esculpidos a la medida de la adaptación de turno, o bien transfigurados por los espectáculos de luz y color que propicia el cine digital. Existe una tercera vía: desenvainar el oxidado mandoble para reivindicarse como viejas glorias en el aluvión de reboots, secuelas y precuelas de sagas con un aura popular legendaria, como Indiana Jones, Alien y, en breve, Star Wars, Terminator e Independence Day.

 Con todo, si el lector hace la prueba de googlear "estrella cinematográfica", comprobará inmediatamente que las primeras imágenes que aparecen corresponden a un sonriente, pletórico Will Smith, uno de los escasos actores que conservan tal estatus. Antaño un vende-entradas masivo, Smith ha encadenado batacazos después del estreno de Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007). En dicho contexto, Focus emerge como tabla de salvación en un océano de incertidumbre, tratándose, en primer lugar, de un vehículo indisimulado para el lucimiento del afroamericano; y, en segundo lugar, de una película adscrita a la vertiente pretendidamente más elegante de la comedia screwball ( http://es.wikipedia.org/wiki/Comedia_screwball), subgénero con una larguísima tradición en la historia del cine americano.

 Nicky (Smith), un veterano ladrón más sentimental de lo que él quisiera reconocer, se enamora de su mejor pupila, Jess ( Margot Robbie). La intromisión de los sentimientos y del deseo en sus labores profesionales dará pie a múltiples complicaciones y enredos, como era de esperar, llevándonos de Nueva Orleans a Buenos Aires. Los twists imposibles del guión -tan habituales en el thriller de truhanes y estafas- se fusionan, sin convicción, con los tira y afloja amorosos y un par de encuentros sexuales despojados de cualquier valor expresivo. Carente de pulso y perezosa,  Focus explota archisabidos trucos de guión que no sorprenderían ni a un crío de primaria, pero no deja de venderse -y ese es su mayor problema- como un filme hábil e ingenioso plano a plano. A años luz de tentativas recientes e interesantes de renovar los modos de la screwball como Crueldad intolerable (Joel y Ethan Coen, 2003) o Extrañas coincidencias (David O. Russell, 2004), Focus es carca en su retrato de las dinámicas de seducción, no tiene chispa y su definición psicológica de los personajes, pese a puntuales esfuerzos, resulta fantasmal.

 En realidad, nada de eso parece importar al tándem de cineastas y guionistas conformado por Glenn Ficarra y John Recqua, que en sus trabajos previos, Phillip Morris ¡Te quiero! (2009) y Crazy, Stupid, Love (2011), perseguían a la desesperada encajar en un Hollywood middle class que se mueve entre la estricta corrección política y una subversión falaz de tradiciones genéricas, representacionales e ideológicas. Focus se empeña, casi exclusivamente, en crear una ambientación suntuosa, a la medida del carisma de Smith, donde incluso Margot Robbie -que exhibe unas desaprovechadas dotes para la comedia- cumple una función ornamental entre escenarios opulentos que no le hacen ascos, claro, al product placement. Su fracaso en el box office de Estados Unidos es el síntoma más visible del ocaso de una manera de entender el audiovisual. Quien suscribe estas líneas no piensa que haya demasiado que lamentar.

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