El País

Crítica: Siete apellidos vascos

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Gernika

Lo mejor:
El mensaje conciliador de la película, aunque sea merecedor de un debate

Lo peor:
El sonrojo que llega a provocar en los momentos más inoportunos

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  • Género: Bélica
  • Fecha de estreno: 09/09/2016
  • Director: Koldo Serra
  • Actores: María Valverde (Teresa), James D´Arcy (Henry), Ingrid García Jonsson (Marta), Burn Gorman (Consul), Álex García (Marco), Irene Escolar (Prima Isabel), Bárbara Goenaga (Carmen)
  • Nacionalidad y año de producción: España, EE.UU., Francia, Reino Unido, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Aunque ello no excuse de ninguna manera los juicios sumarísimos que, por razones ideológicas, gustan de practicar sectores reaccionarios de Internet contra las películas españolas en su conjunto -sin ir más lejos, Tarde para la ira o El hombre de las mil caras apuntan méritos sobrados para el optimismo-, lo cierto es que la rentrée en la temporada que ahora iniciamos del cine producido en nuestro país ha ofertado, entre sus títulos estrella, dos susceptibles de causar en el público fiebres hemorrágicas con pronóstico terminal.

 Uno de ellos, Lejos del mar, disparate abyecto de Imanol Uribe en torno a ETA y sus víctimas, cuyo estreno se había pospuesto una y otra vez por razones muy comprensibles, hasta que naufragó por fin frente a la cartelera la semana pasada. El otro, digámoslo ya, Gernika, segundo largometraje de Koldo Serra. Un director que despertó en su momento ilusiones dado el talante renovador de constantes genéricas que manifestó en su ópera prima, Bosque de sombras (2003); pero que, desde entonces, no ha hecho otra cosa que sobrevivir realizando publicidad y episodios de series y programas televisivos.

 Sobre el papel, Gernika constituye un regreso ambicioso a la gran pantalla. Un encargo, pero afrontado por Serra con entusiasmo, dada su condición de vasco, y que el argumento de la cinta suponía saldar una de las muchas deudas que el cine popular patrio tiene con su pasado más o menos reciente. De hecho, entre los discursos principales de Gernika, está el que atañe al papel de la ficción como contrapeso a esa versión sofisticada de lo propagandístico que es en demasiadas ocasiones la historia, así como su potencial para brindar sentidos de cierta nobleza a los calvarios a que se ve abocado el ser humano debido a las catástrofes de inspiración ideológica que él mismo tiende a provocar.

 Como esboza su título, la película de Serra se centra en el bombardeo que descargaron el 26 de abril de 1937 sobre la localidad de Gernika las aviaciones italiana y alemana, cómplices de la sublevación militar contra la Segunda República Española que había precipitado unos meses antes el comienzo de la Guerra Civil. El ataque aéreo constituye el arriesgado clímax de un relato que trata de interpretar la tragedia y sus muchas ramificaciones e implicaciones apelando a la anécdota amorosa que viven con todo en contra Henry ( James D´Arcy), un corresponsal de guerra desencantado, y Teresa ( María Valverde), entusiasta censora de prensa al servicio de la República.

 De por sí, acogerse a registros como el del melodrama romántico y el espectáculo de época -ambos plagados para colmo en este caso de resabios clásicos-, con el fin de arrojar luz cinematográfica sobre un evento real tan significativo como el que nos ocupa, no tiene nada de malo; puede llegar incluso a concretar imágenes subversivas. Pero si, como ocurre en Gernika, los medios materiales son escasos -atención a esa primera escaramuza bélica en el bosque- y su puesta en escena peca de insípida; si la reformulación de ciertos modelos fílmicos deriva en un kitsch trasnochado; si la narrativa delata tantas dudas e imprecisiones en cuanto a sus focos de atención y sus moralejas que acaba cayendo en lo caótico; y si los actores y los caracteres a que dan vida parecen habitar películas diferentes, no existe ninguna organicidad entre unos y otros, todos los esfuerzos, por bienintencionados que sean, se revelan estériles.

 Lo más peliagudo, sin embargo, es que, el caos a que hemos aludido, tiene mucho que ver también con el intento agónico de Serra y compañía por cumplir con un suceso verídico de trascendencia simbólica sesgada, unos determinados imperativos de producción, el marco político-cultural en que se ha gestado la película. Y tales condicionantes abocan a Gernika a hacer equilibrios sobre el abismo del ridículo, donde se precipita más de una vez. Véase la intensidad emocional extemporánea de algunos momentos cumbre. O los retratos grotescos de ese militar alemán obsesionado con una disciplina presupuestaria a lo Merkel y de algún otro personaje. O el galimatías idiomático de inglés, castellano y vasco que echa a perder en nombre de las cuotas lingüísticas la fluidez de varias secuencias. O la desdichada ocurrencia final de transfigurar imágenes diversas de la película en el célebre lienzo de Pablo Picasso sobre el bombardeo. O, en especial, esos recorridos turísticos por el País Vasco que se permite el metraje para estupor del espectador; momentos estos últimos que contribuyen a traer a la memoria la popular comedia Ocho apellidos vascos (2014), de la que, en virtud de ciertas resonancias involuntarias, la película de Serra bien podría considerarse precuela espiritual. Como puede apreciarse, Gernika es, sobre todo, una enorme oportunidad perdida.

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