Crítica: La Eva pretérita

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Ghost in the Shell: El alma de la máquina

Lo mejor:
Alberga imágenes muy brillantes, en ocasiones hasta expresivas

Lo peor:
Como revisión de obras previas, no solo es tosca, sino que supone un retroceso en aspectos esenciales

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 31/03/2017
  • Director: Rupert Sanders
  • Actores: Scarlett Johansson (Major), Pilou Asbæk (Batou), Takeshi Kitano (Aramaki), Juliette Binoche (Dra. Ouelet), Michael Pitt (Kuze), Chin Han (Han), Danusia Samal (Ladriya)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2017
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Después de los roles que había adoptado en Under the Skin (2013), Her (2013) y Lucy (2014), cabía depositar esperanzas en que esta reinterpretación estadounidense del anime dirigido en 1995 por Mamoru Oshii a partir del manga homónimo de Masamune Shirow, supusiese un nuevo aporte significativo de la actriz Scarlett Johansson a las cavilaciones del cine mainstream contemporáneo en torno a la posibilidad de una Eva futura: un prototipo de mujer ajeno a las asignaciones de género todavía predominantes, capaz de otorgarse a sí misma formas novedosas de conciencia. Posibilidad en la que está jugando papel fundamental nuestra condición creciente de meros soportes físicos para la expresión de nuestro yo en un universo de lo digital abierto, en principio, a la reconfiguración absoluta de lo dictado tradicionalmente por los constructos sociales para nuestra identidad.

Aspectos abordados con talante visionario por la película de Oshii, que, en la estela de la ensayística de Arthur Koestler, se servía de un escenario futurista -el año 2029- y las inquietudes existenciales de Motoko Kusanagi -una cyborg al servicio de la ley- para trazar una panorámica muy lúcida sobre la sensibilidad globalizada, milenarista, heredera de lo ciberpunk y abocada a la hiperconectividad, imperante durante los años noventa. La escena más elocuente de Ghost in the Shell, no era ninguna de las correspondientes a los enfrentamientos de Motoko con un hacker cuya conciencia acababa por fusionarse con la suya. Sino aquella en la que la animación se deleitaba en el atardecer y el anochecer lluviosos de una cosmópolis; en el espíritu, melancólico y a la vez expectante, de una época que, en definitiva, no se conjugaba en futuro: representaba el momento en que la película había sido realizada, con formas híbridas cuya sinergia con los discursos de Shirow y Oshii era ejemplar: a medias manuales y a medias infográficas, a veces fílmicas y veces deudoras de los imaginarios procurados por el incipiente panóptico digital.

Dicho fragmento contemplativo de Ghost in the Shell, que fiaba buena parte de su impacto a la banda sonora de Kenji Kawai, concluía por otro lado en el escaparate de un comercio que poblaban únicamente maniquíes desnudos, de identidad/apariencia aún por definir. Una metáfora elocuente -planteada asimismo, con menor o mayor explicitud, en otros títulos de entonces como Terminator 2: El juicio final (1991), Shopping (1994) y Matrix (1999)- que tenía tanto de esperanzador como de aviso a navegantes: la utopía digital en marcha corría el riesgo de precipitar -bajo sus oropeles, monerías y compromisos aparentes- en la alienación; en simple reflejo ad hoc de las estructuras de poder y sumisión del pensamiento que caracterizan el mundo tangible. Y la reinterpretación de Ghost in the Shell que ahora se estrena constata, de modo como mínimo paradójico, que la alarma estaba justificada. La semana pasada, escribíamos a propósito de La cura del bienestar (2016) que una película puede resultar brillante y, al mismo tiempo, hacer que sus imágenes se constituyan en requisitoria contra el régimen sociohistórico en que han surgido. Ghost in the Shell: El alma de la máquina, por el contrario, es una apología de la imagen espectáculo más inexpresiva, más dócil a su entorno, lo que va de la mano con una regresividad en su mensaje susceptible de despertar todo tipo de aprensiones sobre nuestro presente sociocultural.

La protagonista vuelve a ser Motoko (Johansson), cuyo cuerpo sufre traumatismos críticos tras un atentado. Su cerebro es trasplantado a un organismo artificial de grandes poderes y habilidades por una empresa de tecnología punta, Hanka Robotic, que emplea a la chica como agente contraterrorista: un pirata informático está manipulando la red a que se hallan conectados los cerebros de la mayoría de los seres humanos, con el objetivo último de perjudicar los intereses de Hanka. La caza del hacker tomará sin embargo un rumbo insospechado, que hará preguntarse a nuestra protagonista por el trasfondo de su conversión en cyborg… La película funciona en ocasiones como thriller fantacientífico con algún apunte esquinado; y su director, Rupert Sanders, sabe impregnar el relato -como ya sucedía en su ópera prima, Blancanieves y la leyenda del cazador (2012)- de una atmósfera tétrica. Pero, en líneas generales, la materialización de un universo idiosincrásico es fallida: los ecos del filme de 1995, y de innumerables superproducciones norteamericanas de ciencia ficción, son continuos.

Con todo, lo más descorazonador, como avanzábamos, es que las osadas reflexiones de alcance colectivo presentes en las obras japonesas, dan paso a una epifanía de resonancia tan solo personal, tópica hasta decir basta, y reafirmante de lo sistémico. Tal y como le ha tocado en suerte a Johansson, la Eva futura de Oshii y Shirow se ha transformado, menos en cyborg, que en simple robot. En un superhéroe digno de franquicia. En una Eva pretérita, obsoleta, cuya emancipación equivale al enclaustramiento en una jaula dorada tras haberse vislumbrado la libertad. Y lo mismo es aplicable a las imágenes, un ejercicio de hipertrofiada animación fotorrealista que se diría superpuesta, con ánimo casi rotoscópico, a la sincrética animación previa. La emulación y los homenajes sin orden ni concierto, el vertido sobre los dinámicos trazos originarios de colores saturados y texturas abigarradas, semejan la aplicación de maquillaje mortuorio a un rostro vivo. Resulta perturbador constatar que el visionado de Ghost in the Shell, de cuya producción han pasado veinte años, sigue suscitando extrañeza en el mejor de los sentidos, mientras que, de nuestra contemporánea Ghost in the Shell: El alma de la máquina, emana una sensación de agotamiento lindante con lo terminal.

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