Crítica: Cine servil

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Goodbye Berlin

Lo mejor:
La primera mitad del metraje hace parecer novedoso lo visto mil veces

Lo peor:
La película acaba por deleitarse en claves trasnochadas del cine comercial

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 19/05/2017
  • Director: Fatih Akin
  • Actores: Tristan Göbel (Maik Klingenberg), Aniya Wendel (Tatjana Cosic), Justina Humpf (Natalie), Paul Busche (Kevin), Jerome Hirthammer (Lukas), Max Kluge (Hans), Udo Samel (Sr. Wagenbach)
  • Nacionalidad y año de producción: Alemania, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Aunque Goodbye Berlin vaya a exhibirse mayormente en nuestro país en el circuito de la versión original subtitulada, y suscite por ello críticas con un sesgo interpretativo muy determinado, lo cierto es que se trata de una realización del todo comercial, basada en un best-seller literario para adolescentes obra del escritor Wolfgang Herrndorf, versión alemana de Albert Espinosa que se quitó la vida en 2013. Con Goodbye Berlin, el director Fatih Akin se toma un respiro en una carrera que hizo de él una suerte de niño prodigio con su segunda película, Contra la pared (2004), trató de consolidarse con títulos como Al otro lado (2007) y Soul Kitchen (2009) -premiada en Venecia-, y llegó a un punto inestable con El padre (2014), superproducción histórica y épica para tiempos descreídos en los idearios de lo histórico y lo épico, que estuvo lejos de cosechar los frutos esperados.

 Lo interesante, claro, es cómo, a través de un artefacto de encargo no muy diferente en sus objetivos taquilleros y hechuras estéticas -montaje vivaz, canciones pop cada pocas escenas, relato llevado en volandas por anécdotas- a cualquier artefacto de un gran estudio norteamericano, Akin parece dispuesto de nuevo a oficiar con Goodbye Berlin otra ceremonia del desarraigo existencial. El cineasta de origen turco ha fijado siempre su atención en desheredados espirituales del estado del bienestar que, pese a todo, sigue reinando en Occidente; en rebeldes sin causa (aparente), sabedores de manera intuitiva de que el paso a lo adulto que les está pidiendo el cuerpo social como algo natural, equivale a una trampa.

 En el caso de Goodbye Berlin, hablamos de Maik (Tristan Göbel), un chico de catorce años que afronta el fin de curso bajo de ánimo: aunque sus padres le brindan todo lo necesario a nivel material, están a punto de separarse; y una compañera de clase de la que está perdidamente enamorado, no le presta la menor atención. El verano de Maik se presenta depresivo, pero entra en escena un nuevo y peculiar estudiante de su instituto, un chico ruso llamado Tschick (Anand Batbileg), que embarca a nuestro protagonista en un viaje sin rumbo a bordo de un coche robado. Sus peripecias junto a Tschick a lo largo de varios días disfrutados sin normas de ningún tipo, propiciarán que Maik pueda leer con otros ojos lo que había sido hasta entonces su cotidianidad. Las similitudes con Toni Erdmann (2016) son apreciables.

 Como la novela de Wolfgang Herrndorf en que se basa, Goodbye Berlin no oculta en ningún momento su pretensión de erigirse en road movie estereotípica sobre jóvenes que despiertan a la madurez afectiva y sexual a través de acontecimientos imprevistos para ellos pero de significados aleccionadores para el público. En este tipo de propuestas, ya lo hemos señalado más de una vez, el atractivo reside en saber cómo se las van a apañar sus artífices para que quien mira comparta la sensación de descubrimiento que embarga a los personajes. Fatih Akin sabe hacer durante la primera mitad del metraje que lo trillado semeje hasta cierto punto novedoso, o, al menos, en sintonía con nuestra época, y no con los reflujos de tiempos pasados. Sus estrategias para ello, el desparpajo, una velocidad endiablada de la narración, dos protagonistas muy bien conjuntados, y la sensibilidad que desprenden momentos de calma como las conversaciones nocturnas entre Maik y Tschick.

 Sin embargo, a partir de cierto punto, la fábula se abandona a la plasmación de situaciones hoy por hoy discutibles -la conveniente aparición y desaparición de Isa (Nicole Mercedes Müller)- y, sobre todo, a una ruta circular que, en su conclusión, sitúa a Maik en la casilla de salida, afianzando en él lo peor que prometía a la vista del alienante entorno ideológico en que se había criado hasta entonces. El propio Tschick pasa a ser una mera herramienta argumental para que Maik aprenda a sentirse mejor consigo mismo y triunfe en un mundo que Akin nos había dejado claro en los minutos iniciales que no valía la pena en absoluto conquistar. Es de suponer, dados sus condicionantes de producción, que Goodbye Berlin no pudiese desembocar en otra cosa. Pero, aun así, resulta chocante que Akin se muestre, por primera vez en su carrera, tan enemigo de las criaturas que pueblan su universo de ficción, tan cómplice de ese sistema al que sus películas siempre habían opuesto cierta resistencia. Cine comercial no siempre equivale a cine servil, pero, curiosamente, en el caso de un director de carácter tan diferente como el de Akin, sí ha sido así.

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