El País

Crítica: Aplaudirse a uno mismo

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Hablar

Lo mejor:
Las interpretaciones de Marta Etura y Sergio Peris Mencheta

Lo peor:
Es una película para amigos y compañeros de viaje

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 12/06/2015
  • Director: Joaquín Oristrell
  • Actores: Sergio Peris-Mencheta (El Profeta), Estefanía de los Santos (La Borraca), María Botto (La Madre), Raúl Arévalo (El Cordero), Marta Etura (La Supercualificada), Juan Diego Botto (El Explotador), Astrid Jones (La Explotada), Dafnis Balduz (El Periodista), Mercedes Sampietro (La Corrupta), Nur Al Levi (La Obsesiva), Miguel Angel Muñoz (El Adicto al Porno), Carmen Balagué (La Comadrona), Goya Toledo (La Chica Anuncio)
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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"Esta película ha sido rodada en un solo plano en continuidad". Con tal rótulo, que busca cosechar por anticipado el aplauso del espectador -y no se parará hasta conseguirlo-, arranca esta realización de emergencia o guerrilla a cargo del guionista y director Joaquín Oristrell. La carrera de Oristrell, que se inicia a principios de los años 70 del pasado siglo, es tan larga y prolífica como poco destacable a nivel estrictamente artístico. Su obra tiene interés, sobre todo, en tanto sintomática de un talante izquierdoso, catalanista, subvencionado, que ha hecho su agosto en el ambiente sociocultural español de los últimos cuarenta años, pero que amenaza con no dejar huella una vez la crisis en todos los aspectos por la que atravesamos haya dejado de hacer estragos.

 No parece casual, de hecho, que, desde Dieta mediterránea (2009), Oristrell se haya atrincherado en el ámbito televisivo; ni que Hablar fuese en origen un proyecto teatral, lo que por otra parte se percibe a menudo en sus imágenes. Pero, finalmente, con un presupuesto de solo trescientos mil euros y la colaboración desinteresada de un reparto de nombres conocidos que han fiado sus remuneraciones al posible impacto de la iniciativa en taquilla, ha podido concretarse la misma como largometraje. Un largometraje que pretende retratar la España peripatética de hoy a través de varias historias entrecruzadas que acontecen en una popular zona de Madrid una noche de agosto.

 La estrategia formal, como se adelantaba, reside en el recurso a un único plano, que abarca hora y cuarto y unos cuantos cientos de metros en la geografía urbana y humana de la capital de nuestro país: hombres y mujeres que parecen hablar, debatir los problemas sentimentales y laborales que los aquejan, pero que en la práctica están empleando el lenguaje como arma arrojadiza, cortina de humo, herramienta justificativa y a la vez coercitiva de los comportamientos propios y sus efectos en el otro. Hablar aspira a una toma de conciencia progresiva y colectiva al respecto; reivindica una forma de comunicación que sea capaz nuevamente de significar y permitir que nos relacionemos verdaderamente los unos con los otros, más allá de la manipulación y lo agresivo.

 Sin embargo, las buenas intenciones de la película se dan de bruces, en primer lugar, con la pericia irregular que se manifiesta a la hora de recorrer el espacio con la cámara, de ligar las apariciones y desapariciones de los intérpretes y sus coreografías. Y, en segundo lugar, con la falta de altura intelectual con que se han planteado los conflictos, en los que hay buenos y malos, opresores y oprimidos, víctimas y verdugos, de acuerdo con una agenda ideológica alicorta, que da al traste con el presupuesto argumental de la película: resulta, como mínimo, contradictorio, abogar por un ennoblecimiento del lenguaje hablado, por un nuevo paradigma de la comunicación, recurriendo como cineasta al lugar común, el estereotipo, la maledicencia.

 Así las cosas, cuando en los minutos postreros Oristrell hace pasar la cámara de la calle al escenario; cuando su representación salta del aire libre al proscenio donde habría de adquirir sentido pleno lo que antes había sido sucesivamente cacofonía, litigio, conversación, lo único que se logra conjurar en pantalla es un espíritu de autocomplacencia y partidismo. Algo que subraya ese último plano espejo en el que el reparto en pleno aplaude la producción en la que ha participado y al público. Habrá quien lo considere una apuesta de Oristrell por el optimismo. Para nosotros, certifica que Hablar no es tanto una película sobre la España de hoy, sus problemas y posibles salidas, como una película que demuestra por qué nos hallamos en la situación en que nos hallamos. Una película sobre una España encantada de haberse conocido, que sonríe al verse tan bella en el espejo, para la que la culpa siempre la tiene otro; una España sin solución.

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