El País
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Crítica: Descendimiento y Ascensión

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Hasta el último hombre

Lo mejor:
Es una película que ennoblece la mirada del espectador

Lo peor:
Ciertos excesos retóricos durante el desenlace de la batalla

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  • Género: Bélica
  • Fecha de estreno: 07/12/2016
  • Director: Mel Gibson
  • Actores: Andrew Garfield (Desmond Doss), Hugo Weaving (Tom Doss), Rachel Griffiths (Bertha Doss), Teresa Palmer (Dorothy Schutte), Luke Bracey (Smitty Ryker), Vince Vaughn (Sargento Howell), Sam Worthington (Capitán Glover)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Australia, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Entre los diálogos más significativos de esta quinta realización de Mel Gibson -la más inspirada de una filmografía que incluye otras tan apasionantes como Braveheart (1995) y Apocalypto (2006)-, está el que sostienen al conocerse un joven Desmond Doss (Andrew Garfield) y quien será su esposa durante medio siglo, Dorothy Schutte (Teresa Palmer). Desmond, enamorado a primera vista de la profesión médica y de Dorothy, enfermera, piropea a la chica. Ella tilda su cumplido de cursi. Desmond, avergonzado, farfulla: "¿No te ha gustado?". Y Dorothy responde sonriente: "No he dicho eso".

Es fácil detectar en ese momento un guiño acerca del carácter trasnochado de Hasta el último hombre, que subrayan la planificación y la complicidad entre los actores; carácter, por tanto, asumido con orgullo, como desafío tocante a la pervivencia en 2016 de claves fílmicas añejas. Hablamos de una cinta que, pese a estar basada en una existencia real, la de Doss (1919-2006) -objetor de conciencia cuyas creencias religiosas le causaron problemas al alistarse para luchar en la Segunda Guerra Mundial, e hicieron de él un héroe al salvar las vidas de numerosos soldados estadounidenses durante una campaña militar en Japón-, se constituye con premeditación y alevosía en relato de hazañas bélicas engalanado por mensajes humanistas; en americanada -producida, eso sí, en Australia- que sigue la estela de El sargento York (1941) y otros títulos venerables.

Esta conciencia de sus artífices en lo referente a los signos fílmicos gestionados, no ha impedido que una crítica de índole progresista se cebe con Hasta el último hombre al valorarla, con redundancia, kitsch y conservadora; sintomática, incluso, del advenimiento de una sombría era sociocultural impulsada por la victoria electoral de Donald Trump. Tales juicios delatan ignorancia: una de las tendencias más sugestivas del Hollywood presente -véanse Zootrópolis, Sully, Marea negra, Aliados- se caracteriza por un neoclasicismo digital que apunta, como ha escrito el ensayista Sean Burns, "hacia el futuro del cine popular con sus innovaciones técnicas, aunque el disfrute de las mismas nos devuelva al pasado del medio". Modernidad y clasicismo se conjugan con especial fortuna en Hasta el último hombre; una historia de admirable fluidez narrativa, absorbente y de emociones a flor de piel, recorrida al mismo tiempo por una beligerancia expresiva -no solo cuando plasma batallas- que somete la mirada del espectador actual, no a una contemplación alienada, sino a una inmersión plena en las imágenes plagada de incertidumbres a varios niveles. Sobre todo, el ético.

En este sentido, es ridículo pensar que Mel Gibson precisa de una era Trump para que brinde un marco propicio a su talante reaccionario. Si algo ha singularizado su cine, ha sido una desconfianza artística e ideológica hacia lo sofisticado, lo relativista, en línea con la cavilación de Arthur Koestler acerca de que la creatividad auténtica empieza allí donde termina el lenguaje. Recuérdese aquella escena de su ópera prima, El hombre sin rostro (1993), en la que Chuck (Nick Stahl) pide aclaración explícita a su profesor, Justin (el propio Gibson), sobre ciertas acusaciones que pesan sobre él, y este le replica que su comportamiento ejemplar como docente le exime de responder preguntas envenenadas por los chismes. Las películas de Gibson son primarias, inmaduras, viscerales; como se define William Wallace (Gibson) en Braveheart, salvajes, pero no mentirosas… Lo que no implica que sean simples: el carácter torturado de su artífice, que le ha acarreado en años recientes un viacrucis personal, ha sido palpable en todas sus películas, y Hasta el último hombre no es ninguna excepción. Pese a que sea tentador, y hasta conveniente para algunos, leerla en términos benignos, contritos, de apólogo moral lindante con lo piadoso, centrado en la superación de los prejuicios, y en la prédica de la paz incluso cuando las taras del mundo y la propia personalidad incitan a la violencia.

En 2010, el crítico Roberto Alcover Oti trazaba un perfil preclaro del temperamento de Gibson: "un sanguinario campo de batalla en el que bregan psicopatologías, pulsión de muerte, brechas emocionales e imaginarios patéticos, que engendran una poética del dolor, una fenomenología del sufrimiento". En Hasta el último hombre, dicho campo de batalla se hace literal y no deja de ser metafórico. Conviene atender a cómo Desmond se empeña en competir o presumir frente a su hermano, su novia, u otros reclutas, de sus facultades para culminar un risco en su pueblo natal o un obstáculo durante su entrenamiento militar. La película comienza siendo el retrato de un hombre cuyas convicciones son el pedestal sobre el que erige cierta arrogancia, una rebeldía que tiene mucho de oposición histriónica a lo representado por figuras de autoridad discutibles.

Hasta que, abocado a un cruento escenario de la Batalla de Okinawa, Desmond, tras vacilar en su fe, comprenda -volvemos a Alcover Oti- que es "un elemento más del cosmos, no el núcleo alrededor del cual este se configura". Es sintomático que su hazaña consista en bajar a pulso a sus compañeros heridos desde un promontorio donde se combate, y que, una vez lastimado él mismo, también se le descienda en camilla, instante en que la cámara formula su Ascensión verdadera, hacia lo más noble de sí mismo y del espíritu humano, en clara emulación de lo sucedido con el protagonista de La pasión de Cristo (2004). Hasta el último hombre no versa sobre un individuo perfecto, sino sobre un individuo que aprende a comprometerse con sus creencias en la coyuntura meritoria: cuando suponen vencerse a uno mismo, y arrostrar con bondad el sufrimiento propio y ajeno. Argumento que no puede serle ajeno a Mel Gibson, ni a ninguno de nosotros.

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