El País

Crítica: No hay inocentes

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
High-Rise

Lo mejor:
La musicalidad de las imágenes, hasta que se delata cobardía

Lo peor:
Es una gran ocasión perdida

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 13/05/2016
  • Director: Ben Wheatley
  • Actores: Tom Hiddleston (Dr. Robert Laing), Jeremy Irons (Anthony Royal), Sienna Miller (Charlotte Melville), Luke Evans (Richard Wilder), Elisabeth Moss (Helen Wilder), Keeley Hawes (Ann Royal), Sienna Guillory (Jane Sheridan)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Han tenido que pasar más de tres décadas para que el productor Jeremy Thomas –ya implicado en otra adaptación al cine de un texto del mismo autor, Crash (1996)–, lograse concretar esta versión para la gran pantalla de la novela homónima escrita en 1975 por el novelista J.G. Ballard, fabulador excelso en su momento de la crisis de la modernidad: sus personajes, auténticos Mr. Hyde de los Dr. Jekyll formulados en las revistas de tendencias de su época, se descubrían traicionados por unos ideales de razón, progreso y civilización que apenas habían llegado nunca a asimilar y que, a mediados de los años setenta, habían delatado por completo su perversión, un carácter farisaico. Es imposible comprender las novelas de Ballard sin atender a fenómenos coetáneos a su escritura como la contracultura, los desequilibrios urbanísticos, los debates en torno a la superpoblación, el pánico nuclear, la crisis energética, el consumo de masas. Sus protagonistas, impotentes para aprehender el talante auténtico del mundo en que les había tocado vivir, se vengaban apropiándose lo tecnológico en términos de regresión primitiva y sadomasoquista con tintes performativos. El sueño de la razón instrumental moderna generó las exhibiciones de atrocidades decodificadas literariamente en estado de trance por Ballard, puestas en escena por individuos que, como ha escrito T.B.W. Bailey, eran "actores de su propio deterioro psicológico y social".

Después de barajarse durante años para llevar al cine Rascacielos nombres arty en el ámbito de lo mayoritario como los de Nicolas Roeg, el inevitable David Cronenberg –director precisamente de Crash–, o Vincenzo Natali, Jeremy Thomas ha acabado por confiar la reinterpretación en imágenes de la caída en la barbarie de los residentes en un rascacielos que imaginase Ballard, a otro enfant terrible coyuntural, Ben Wheatley, artífice con la complicidad de la guionista Amy Jump de las estupendas Kill List (2011) y Turistas (2012). Sin embargo, esa confianza ciega y un tanto ilusa de Thomas en que, para leer a un escritor idiosincrásico, raruno, no hay otra vía que la de escoger a un realizador asimismo especial, a fin de validar el proceso adaptativo a la pantalla por la sobreimpresión de una mirada artística a otra, cristaliza en decepción: Ballard y Wheatley se revelan falsos amigos, sensibilidades muy diferentes por temperamento y época. La alienación psicótica que impregna el cine de Wheatley tiene un cariz hipermoderno, voluble, intrascendente. Wheatley es, de hecho, un personaje de Ballard, que hubiese hecho las paces con un mundo traicionero imponiendo una presencia cultural en el mismo articulada por el infantilismo político y la hiperestesia emocional.

Por ello, desde el primer plano, se aprecia que High-Rise es una representación de trazas casi musicales; una opereta jovial que no cala en los argumentos de Ballard, no sabe o no está interesada en actualizarlos para un mundo presente tanto o más convulso que el de 1975, y que tampoco tiene el valor de hacerlos suyos o violentarlos recurriendo a la inteligencia. Nos hallamos ante un happening sensitivo tan primario y frustrante como el llevado a cabo por los personajes de la novela original, un paseo por los signos de Ballard que sacrifica sus sentidos, y que termina por dejar una impresión tan soporífera y fatigosa como esas representaciones en Broadway del musical inspirado en El fantasma de la ópera, cuyo clímax es la caída en pleno escenario de una gigantesca araña de candelabros para subrayar… la nada. Y el comparar con una producción como la de Andrew Lloyd Webber no es arbitrario, puesto que la artificiosa estilización retro presentista de que hace gala High-Rise en lo tocante a vestuario, diseño de producción y requiebros fotográficos, supone toda una declaración de intenciones. Para Jeremy Thomas y Ben Wheatley, ha sido mucho más importante llamar la atención de los prescriptores culturales y de tendencias contemporáneos mediante una sofisticación en el fondo muy poco expresiva, que dejarlos en evidencia apelando a otros registros que nos permitiesen contrastar cavilaciones de Ballard como la siguiente: "No es cierto que vayamos todos hacia un estado de primitivismo feliz. Aquí el modelo no es tanto el yo salvaje como el yo postfreudiano sin inocencia, dañado por una excesiva indulgencia en el entrenamiento de las funciones del cuerpo, un destete tardío, y padres afectuosos… Sin duda una mezcla más peligrosa que aquellas que nuestros antepasados victorianos tuvieron que soportar".

En definitiva, lo que en las páginas de Ballard era alegoría sobre la nueva condición humana larvada bajo la égida del capitalismo tardío, en imágenes se revela ejemplo inmejorable de hasta qué punto fue visionario.

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