Crítica: Reinvención formal

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Inferno (2016)

Lo mejor:
Gracias a la textura de la imagen, en los primeros minutos vemos menos a Robert Langdon, que a Tom Hanks interpretándolo en bata y chancletas.

Lo peor:
Como sus predecesoras, es fast food cinematográfico que ni siquiera procura satisfacción mientras se consume.

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  • Género: Suspense
  • Fecha de estreno: 14/10/2016
  • Director: Ron Howard
  • Actores: Tom Hanks (Robert Langdom), Felicity Jones (Dr. Sienna Brooks), Ben Foster (Bertrand Zobrist), Omar Sy (Christoph Bruder), Sidse Babett Knudsen (Dr. Elizabeth Sinskey), Irfan Khan (Harry Sims ´The Provost´), Ana Ularu (Vayentha)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Japón, Turquia, Hungría, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Como sabrán de antemano muchos lectores, Inferno es la tercera de las adaptaciones que dirige Ron Howard y protagoniza Tom Hanks a partir de las novelas de Dan Brown centradas en las peripecias del profesor de iconología y simbología Robert Langdon. Las anteriores, y taquilleras, El código Da Vinci (2006) y Ángeles & Demonios (2009), habían delatado ya un grado cero de lo artístico, un penoso automatismo creativo, que tan solo enfatizaba la escasa calidad de los best-sellers en que ambas se inspiraban; ello daba lugar incluso a momentos próximos a lo paródico, especialmente en el caso de Ángeles & Demonios. Para ninguno de los implicados en ellas -Howard, Hanks, el productor Brian Grazer, el director de fotografía Salvatore Totino-, estas películas han sido otra cosa que apuestas seguras para acometer proyectos más ambiciosos, apuntalar carreras en momentos inciertos, o pagar los jets privados y las pensiones de divorcio. Algo que no es nuevo ni raro en Hollywood, pero que no siempre desemboca en imágenes tan de usar y tirar como ocurre en esta franquicia.

Inferno no va a lograr que mejore nuestra percepción de la misma. Basada en la novela homónima de Brown publicada en 2013, narra -desechando las radicales conclusiones fantacientíficas del texto original- cómo un Langdon que ha perdido la memoria reciente debido a un misterioso altercado, trata de impedir junto a la médico Sienna Brooks (Felicity Jones) el holocausto vírico mundial que ha planeado un millonario fanático de lo medioambiental, Bertrand Zobrist (Ben Foster), consistente en la eliminación de la mitad de la especie humana. Dada la histeria ideológica creciente que se respira en la esfera pública occidental al respecto de ciertos temas, su argumento de fondo es uno de los ingredientes más sugestivos de Inferno. Por lo demás, y como ya les sucedía a El código Da Vinci y Ángeles & Demonios, la historia está lejos de constituirse, como se pretende, en aventura llena de excitantes enigmas intelectuales y peligros físicos barnizados con el brillo de lo cultural y lo cosmopolita. Nos hallamos más bien ante una guía de viajes impersonal y soporífera, plagada de elucubraciones necias y datos wikipédicos que enuncian sin ningún convencimiento, mientras tropiezan en pasadizos o ruedan por escalinatas, rostros conocidos de todas las nacionalidades imaginables, por aquello de llamar la atención en carteleras de los cuatro puntos cardinales. Para que pueda apreciarse hasta qué extremo Inferno carece de inspiración, baste con decir que propicia una interpretación flojísima de Tom Hanks, lindante en algún plano con la vergüenza ajena.

Ahora bien, hay un aspecto fascinante en Inferno, al menos para el crítico y el aficionado interesados en el cine de veras, y son sus hechuras formales. Han pasado al fin y al cabo siete años desde la producción de Ángeles & Demonios -cinta, por otra parte, sustancialmente menos rentable que la previa El código Da Vinci-, periodo durante el cual los grandes estudios han tenido que someterse a numerosos reajustes debido a la crisis económica, la piratería, la pérdida de influencia popular del cine, los desequilibrios entre mercados, y el auge de las plataformas online de pago por visión. La consecuencia es que el gran espectáculo que vende la Meca del Cine hoy por hoy no lo es en muchas ocasiones, a pesar de que ciertas apariencias, y nuestro condicionamiento como público, nos hagan pensar que lo que vemos sigue ostentando las mismas calidades que hace un tiempo. E Inferno ejemplifica tal fenómeno de camuflaje, supervivencia y adaptación al medio a la perfección: su presupuesto se cifra en la mitad de lo que costó, ¡hace una década!, El código Da Vinci, y el píxel ha sustituido por completo al celuloide en todo su proceso de realización, desde la filmación hasta la exhibición; el resultado en pantalla son imágenes digitales de calidad muy discutible, en trémulo 1.85:1 frente al encopetado formato panorámico ostentado por sus predecesoras, que abrazan sin complejos, con la excusa de los problemas de memoria y las alucinaciones de Langdon y los tintes apocalípticos del relato, todo tipo de efectos especiales, lumínicos y de color.

Inferno reinventa así el universo fílmico en torno a Robert Langdon, brindando unas texturas que oscilan continuamente entre un hiperrealismo urgente en el que se confunden la ficción y su rodaje, el fantástico de serie Z que suelen programar de madrugada los canales televisivos generalistas, y el reportaje turístico. En algunas secuencias, los frutos de ello son curiosos, véase el clímax en las profundidades de Santa Sofía (Estambul). En otras, tan chapuceros como para sorprender que no vayan a despertar la indignación del público. Sea como sea, la estrategia de Ron Howard y sus colaboradores -ya practicada en cierto sentido, aunque con mucha mayor ambición estética, en su anterior película, En el corazón del mar (2015)-, no tiene un impacto expresivo significativo que salve Inferno de ser lo que hemos apuntado desde las primeras líneas: un producto, en el sentido menos estimulante de la palabra.

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