El País

Crítica: DiCaprio y Eastwood bordan los claroscuros del perfil político de Hoover en una película, sin embargo, huérfana de emoción y sentimentalmente tibia

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
J. Edgar

Lo mejor:
Un DiCaprio inmenso

Lo peor:
La timidez en la definición de la identidad homosexual del personaje

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  • Género: Biográfica
  • Fecha de estreno: 27/01/2012
  • Director: Clint Eastwood
  • Actores: Leonardo DiCaprio (J. Edgar Hoover), Naomi Watts (Helen Gandy), Armie Hammer (Clyde Tolson), Josh Lucas (Charles Lindbergh), Ed Westwick (Agente Smith), Judi Dench (Anna Marie Hoover), Josh Hamilton (Robert Irwin), Geoff Pierson (Mitchell Palmer), Jeffrey Donovan (Robert Kennedy)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2011
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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J. Edgar Hoover es personaje de incalculable potencial cinematográfico; su legado es un perpetuo transitar en la frontera entre el servicio al ciudadano y el abuso de poder, entre la vigilancia y la paranoia, entre la vanguardia tecnológica y la lectura más arcaica de las leyes. Clint Eastwood sitúa inteligentemente el foco en esa tierra de nadie, en ese estrecho paréntesis entre el bosquejo del héroe y el del villano. Su Hoover es un pionero de la investigación policial científica, un aguerrido servidor de la seguridad colectiva, un hombre de principios, pero también es un autócrata en la sombra, un tipo amargado que se arroga el papel de última línea de defensa contra un enemigo fantasma, un histérico cazador de comunistas y un tipejo ambicioso que ansía toda la gloria del triunfo para sí, de los suyos y de los de los otros.

Eastwood borda la inestabilidad psicológica del icono, despojándolo del aura mítica que lo rodea pero sin despachar su degradación personal y profesional a la ligera. J. Edgar es un drama biográfico lóbrego y de claroscuros. El retrato es complejo porque se acomoda en la equidistancia. En suma, el Hoover de Eastwood es un tipo humano, de carne y hueso, es decir, nada parecido a los perfiles que suelen delinear los biopics al uso con vocación enciclopédica.

Hay en J. Edgar una reflexión latente sobre la inestabilidad de esa sutil frontera que separa en las altas esferas la acción enérgica de poder y la arbitrariedad y el despotismo puro y simple. Hoover es en manos de Eastwood un icono de la gran tragedia política contemporánea, un ilustre valedor y campeón de la omnipotencia del estado y su prevalencia frente a la ley y los derechos civiles; un entusiasta del "todo vale".

En una era en que la intervención estatal en la rutina del ciudadano medio, con la excusa de la lucha antiterrorista o antipiratería, el perfil de Hoover que propone el director de Los puentes de Madison se revela extraordinariamente pertinente y contemporáneo. Eastwood elude el blanco y el negro, el aplauso y la condena. Hoover no es tanto causa como consecuencia de una manera de ver y ejecutar el poder, que es la nuestra y la de ahora.

Pero detrás de la extraordinaria riqueza de los matices subyacen en J. Edgar dos problemas fundamentales. El primero, el más grave, deriva de una ambigüedad demasiado estudiada en la exposición de las pasiones homosexuales del personaje. Eastwood tira la piedra y esconde la mano; el resultado es una semblanza íntima a medio cocer. El guion sugiere pero no se moja; se trata de no levantar ampollas y de no escandalizar a los más sensibles. La identidad afectivo-sexual de Hoover, trascendental en la economía del relato, es un marrón con el que Eastwood no sabe o no quiere lidiar.

La consecuencia directa es un déficit de intensidad emocional en una película enormemente compleja en el boceto político, en la estampa de una piedad materno-filial absolutamente descompensada, pero tibia e imprecisa en las distancias más cortas. DiCaprio borda la soledad irrespirable resultante de la adicción a las alturas, pero las prótesis de látex son un lastre muy serio en la credibilidad del relato.

Eastwood desprecia la opción de reclutar a dos actores para cubrir el vasto intervalo cronológico que aborda su biografía; su solución es la peor posible, la caracterización ortopédica de sala de maquillaje. Son demasiados minutos, por trivial que pueda parecer la cosa, bajo la máscara para que el plástico no acabe sacándote a la fuerza de la historia.

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