El País
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Crítica: Derivas de lo realista

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Jack

Lo mejor:
El niño protagonista, Ivo Pietzcker, sometido durante todo el metraje al escrutinio de la cámara.

Lo peor:
Es una película más que correcta, pero nada susceptible de perdurar en la memoria

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 02/10/2015
  • Director: Edward Berger
  • Actores: Ivo Pietzcker (Jack), Georg Arms (Manuel), Johann Fohl (Policía), Luise Heyer (Sanna), Odine Johne (Kati), Johannes Hendrik Langer (Herr Beck), Jacob Matschenz (Philipp)
  • Nacionalidad y año de producción: Alemania, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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El plano inicial de este drama del director Edward Berger -ganador del premio Lola de Plata del cine alemán a la mejor película y programado en la edición 2014 del Festival de Berlín-, se emparenta con el último de Bellísima (Luchino Visconti, 1952). En una y otra imagen, se permite a los niños protagonistas el disfrutar de un descanso momentáneo que les abstrae de las miserias a que los han abocado sus mayores.

 En el caso de Jack, se nos muestra plácidamente dormidos al amanecer al chaval que da título al film de Berger (interpretado por Ivo Pietzcker), y a su hermano pequeño, Manuel (Georg Arms). Pero ese reposo, que la fotografía etérea de Jens Harant ya nos hace sospechar es ilusorio, da de hecho paso inmediato al frenesí que conlleva para Jack el despertar, preparar el desayuno para él y Manuel, ordenar su mochila, y partir al colegio.

 En ningún momento hemos percibido la presencia de unos padres, y este es precisamente el argumento de Jack, escrita por el propio Berger codo a codo con su mujer, la escritora y actriz Nele Mueller-Stöfen: el realizador afirma haberse sentido inspirado por el encontronazo en su barrio de clase media con un niño de apenas diez años, que recorría las calles con una confianza extraordinaria en sí mismo, pero en absoluta soledad.

 Una soledad que, en Jack, no tiene nada que ver con un sustrato social desfavorecido ni un escenario de maltratos, sino con la ausencia física del padre y la psicológica de la madre, interesada sobre todo en hallar un nuevo amor de su vida, "esta vez el de verdad". Las peripecias frenéticas y angustiosas de Jack y Manuel, abocados progresivamente por la negligencia de quien debería cuidar de ellos a una casa de acogida y el vagabundeo por las calles de Berlín, son producto de una crisis del estado de bienestar que no se cifra en desigualdades ni recortes, sino en la irresponsabilidad y la indiferencia de individuos adultos incapaces de afrontar las consecuencias de sus elecciones vitales.

 Berger no carga las tintas en ese aspecto. Le basta con seguir muy de cerca por diversos escenarios significativos a Jack, cuyo ánimo hiperactivo y resuelto no esconde sino una profunda desesperación ante la falta de una mínima guía que les ayude a él y Manuel a habitar el día a día. En sus evoluciones en torno a ambos niños, la cámara es deudora de ese cine de cogotes que la filmografía de los hermanos Dardenne contribuyó de manera decisiva a institucionalizar hace algunos años como forma única de lo hiperrealista, y que tiene su origen precisamente en el neorrealismo del que la citada Bellísima constituye un ejemplo tardío.

 Si, para el crítico Willy Acher, la película de Luchino Visconti "insinuaba el camino hacia una toma de conciencia de la realidad social por parte de aquellos mismos que la viven", otro tanto cabe decir de Jack en lo que se refiere a la decisión última que toma su pequeño protagonista. Sería un error, sin embargo, adscribir sin debates la película que nos ocupa a unas ciertas tendencias del cine social contemporáneo. Tras realizar entre 1992 y 2001 seis largometrajes, Edward Berger ha pasado quince años trabajando en el ámbito de la ficción televisiva alemana, y eso se aprecia en la fluidez narrativa, la ligereza y la ausencia de tintes turbios, con que se suceden los episodios que jalonan la odisea de Jack y Manuel. Algo acorde con su intención, ya señalada, de no subrayar determinados males de una sociedad reacia por otra parte al conflicto explícito, y que alcanza su expresión más afortunada en escenas como la del hurto de unos prismáticos en un gran almacén.

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