Crítica: Casitas de papel

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
Joy

Lo mejor:
Su mirada contradictoria al sueño americano revela una comprensión muy lúcida del presente.

Lo peor:
No sería extraño que sus tensiones internas irritaran a más de uno

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 08/01/2016
  • Director: David O. Russell
  • Actores: Jennifer Lawrence (Joy), Bradley Cooper, Robert De Niro (Rudy), Elisabeth Röhm (Peggy), Edgar Ramírez (Tony Miranne), Virginia Madsen (Carrie), Dascha Polanco (Jackie), Isabella Rossellini (Jackie), Diane Ladd (Mimi)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Después de un tiempo desnortado, David O. Russell parece haber vuelto a encontrar el camino. Pero se trata de una senda distinta a la transitada en la vitriólica Spanking the Monkey (1994) o en Tres reyes (1999), notable remake de Tres padrinos (1948) de John Ford con un trasfondo sociopolítico de marcado acento crítico. La -digámoslo ya- magnífica Joy reivindica su valía a la hora de analizar las derivas del capitalismo norteamericano de las últimas décadas, concretando dicha búsqueda en un cine mutante, extrañado de sí mismo, que hermana la incomodidad perpetua frente a un estado de la realidad y la necesidad -con convicción titubeante- de encontrar un refugio acogedor. Una labor a la que ya se había abonado, disimulando su carácter de historiador contemporáneo bajo las formas de una comedia romántica noir, en la infravalorada La gran estafa americana (2013).

 El largo que nos ocupa, indudablemente uno de los más inspirados de su filmografía, hace gala de una sofisticación semejante al de su predecesor: si bien despojada de los atavíos engañosamente clásicos de este último, Joy juega a ser un gran biopic made in America sobre la persecución de un sueño, pero durante su transcurso se topa con ideas que rebaten o liman el discurso. Russell conjuga la citada vertiente analítica con ese talento como cronista del naufragio de la institución familiar que demostrara en Flirteando con el desastre (1996) o The Fighter (2010).

 Basándose en la gesta empresarial de Joy Mangano, inventora de productos para teletienda convertida en matriarca de un imperio empresarial, Joy desdeña las estrategias habituales del relato bigger than life para articular una ácida narración cimentada en la tensión irresoluble, esquizofrénica, entre el encanto envolvente del cuento navideño y la subversión irónica de la épica de la soap opera, trasladada para la ocasión al ámbito de la televisión -generadora de entretenimiento, en ese entonces, por antonomasia- y su aparato mercadotécnico.

 En ese sentido, resulta más que significativa la escena que abre Joy, en la cual se nos permite observar la trabazón escénica de una soap opera. Porque Joy habla menos de la transformación de un ama de casa en una matriarca intocable que de los engranajes que motivan la mutación. Inteligente y divertida, Joy es, a la vez, una fábula de emancipación de tintes feministas y un cuestionamiento sutil de los modos éticos del infernal mundo de los negocios. Si la protagonista (una Jennifer Lawrence en estado de gracia) ha conseguido, en el desenlace, cumplir sus sueños o está condenada por la decepción a añorar aquellas casitas de papel infantiles como su Rosebud particular, deberá decidirlo el espectador.

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