El País
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Crítica: Entre amigos anda el juego

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Juego de armas

Lo mejor:
La química entre Jonah Hill y Miles Teller

Lo peor:
La constatación de que, pese a tratar temas graves, la película no tiene más trascendencia que cualquier entrega de Resacón en Las Vegas

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 09/09/2016
  • Director: Todd Phillips
  • Actores: Miles Teller (David Packouz), Jonah Hill (Efraim Diveroli), Ana de Armas (Iz), Kevin Pollak (Ralph Slutzky), Bradley Cooper (Henry Girard), Julian Sergi (Rosen), Daniel Berson (Rabbi)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Se ha señalado en ciertos medios a propósito del estreno en Norteamérica de Juego de armas que su coguionista y realizador, Todd Phillips, ha madurado por fin, tras los cerca de veinte años que ha dedicado a la práctica intensiva de la comedia. La expresión más popular de tal entrega ha sido la trilogía Resacón en Las Vegas (2009-2013), a la que secundan otros títulos como Viaje de pirados (2000), Escuela de pringaos (2006) y Salidos de cuentas (2010). Sin embargo, basta con prestar una mínima atención a los compases iniciales de Juego de armas para constatar de inmediato que Phillips continúa siendo Phillips; que, si la política de autores aún fuese una herramienta crítica operativa, cabría considerarle uno.

 Y no porque su nueva película vuelva a hacer gala de un humor crispado, en el límite de lo violento. Sino porque el mismo simboliza una manera de habitar lo real por parte de sus personajes caracterizada por una tensión extrema: el cine de Phillips lo pueblan hombres empeñados precisamente en no madurar, sabedores de que el ecosistema sociocultural y económico en que han crecido está lleno de imposturas y lacras insoportables; y su falta de valor para romper totalmente con ello -están demasiado amaestrados- les incita de continuo a emprender simulacros irreflexivos de fuga, a embarcarse en road movies que suelen devolverles al punto de partida, quizás con el consuelo mínimo de haberse conocido un poco mejor a sí mismos.

 Los protagonistas de Juego de armas, David ( Miles Teller) y Efraim ( Jonah Hill), entran de lleno en esa categoría, y, de hecho, sus peripecias constituyen, bien miradas, el enésimo viaje de pirados o pringaos en la filmografía de Phillips. Otra cosa es que el hecho de inspirarse la ficción en sucesos reales ligados a la compra-venta de armamento y la política exterior estadounidense, y de abarcar la acción más de un lustro, haya despistado a algunos: basada en un artículo de Guy Lawson que publicase hace algún tiempo la revista Rolling Stone, la película recrea cómo dos jóvenes emprendedores aprovecharon el negocio bélico descontrolado que suscitó la Guerra contra el Terror de George W. Bush posterior a los atentados del 11-S, así como la todavía poca familiaridad por entonces de muchos con Internet, para hacer una fortuna con el tráfico de armas, hasta que su codicia rompió el saco.

 No ha faltado quien, en virtud de tales planteamientos, ha equiparado Juego de armas a títulos recientes sobre la burbuja económica y la avaricia colectiva como El lobo de Wall Street (2014) y La gran apuesta (2015), y a otros acerca de la relación entre el capitalismo y la maquinaria de la muerte como El contrato del siglo (1983) o El señor de la guerra (2005). Es posible que las comparaciones ayuden a emplazar la película de Phillips en un determinado imaginario cinematográfico, a que en unos años sea rememorada como parte de ciertas tendencias argumentales; pero le hacen flaco favor, por cuanto eclipsan lo que para nosotros es lo más interesante y algo descuidado de la ficción -la evolución de la amistad entre dos caracteres tan opuestos como los de Efraim y David-, y, además, dichos temas están lejos de haberse plasmado de manera convincente.

 Y es que, a pesar de que Phillips demuestra nuevamente con ella ser uno de los artífices actuales de comedia norteamericana más dotados para la planificación y las atmósferas, y de albergar comentarios tan demoledores como el que puntúan sus últimos planos, Juego de armas no logra soslayar que casi todo lo que narra ha devenido a estas alturas lugar común fílmico, ni tampoco evitar que la mucha información que nos brinda sobre transacciones, reglamentos, comisiones y proyectiles suene solo a eso, a información, meramente ilustrada por las imágenes. La apelación hasta lo cansino a temas de rock y pop familiares con el fin de acelerar el ritmo de muchas escenas o de culminarlas a lo grande, puede que sea la demostración más palpable de que Phillips no se siente del todo cómodo con la ambiciosa historia que ha abordado en esta ocasión. Una historia que, en principio, podría haber otorgado mayores sentidos a su universo creativo, haberle y habernos brindado claves sobre la coyuntura histórica que ha contribuido a forjar su mirada sobre el mundo, pero que acaba por no servir a nada demasiado significativo.

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