El País

Crítica: Enciclopedia ilustrada del blockbuster

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Kong: La Isla Calavera

Lo mejor:
La primera hora de la película está cargada de energía, sentido del espectáculo, y exaltación plástica

Lo peor:
Su discurso antibelicista y sus apuntes dramáticos son de una afectación y una simpleza sonrojantes

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 10/03/2017
  • Director: Jordan Vogt-Roberts
  • Actores: Tom Hiddleston (Capitán James Conrad), Samuel L. Jackson (Teniente Coronel Packard), Brie Larson (Mason Weaver), John C. Reilly (Hank Marlow), John Goodman (Bill Randa), Corey Hawkins (Houston Brooks), Toby Kebbell (Mayor Chapman)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Vietnam, 2017
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Año 1973. La Guerra de Vietnam da sus últimos coletazos, con desenlace humillante en perspectiva para los estamentos políticos y castrenses norteamericanos. El descubrimiento de una isla con ciertos atractivos estratégicos por explotar, suscita el envío de una expedición organizada por una agencia secreta de aquel gobierno, en la que participan científicos, un explorador, una periodista, y un destacamento de fuerzas aerotransportadas que lidera un militar frustrado por el saldo del conflicto bélico. El encuentro en la isla con un ecosistema prehistórico, pondrá a prueba los sistemas de valores diversos de que presumían los integrantes de la expedición.

 Se ha insistido hasta la saciedad en que esta nueva vuelta de tuerca al mito de King Kong, parte de los esfuerzos de Warner Bros. por resucitar el cine de monstruos ciclópeos -véanse también Pacific Rim (2013) y Godzilla (2014)- y hasta enfrentarlos en un futuro, tiene como modelo preferente Apocalypse Now (1979). En efecto, la película que nos ocupa vuelve a narrar la consabida historia del grupo variopinto de seres humanos que se adentran en Isla Calavera y allí se topan con el mítico gran simio y otras criaturas olvidadas por el tiempo, tomando como referente el fresco de Francis Ford Coppola en torno a la Guerra de Vietnam, y, por extensión, la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas (1899), en que aquel se inspiró.

 Sin embargo, hay que desechar de inmediato el interés de Kong: La Isla Calavera como actualización de las cavilaciones filosóficas de Conrad y Coppola acerca de la guerra, lo que entendemos por progreso, y los instintos menos confesables del ser humano. Significativamente, el momento más desafortunado de la película es el diálogo que mantienen la fotógrafa y el guía encarnados por Brie Larson y Tom Hiddleston -no tanto criaturas de ficción como títeres de la corrección política imperante- en la bodega del buque que navega hacia Isla Calavera. El incómodo plano final de la escena, rúbrica a la memez de cuanto han dicho una y otro, pone de manifiesto que los requiebros dramáticos aspirantes a humanizar a los personajes, y las proclamas discursivas centradas en el respeto por el medio ambiente, lo multicultural, el empoderamiento de la mujer y la cocina étnica, son patéticos; meros peajes para cumplir con las ansiedades ideológicas de cierta crítica y los propios artífices de la película. Quienes, al fin y al cabo, se han gastado doscientos millones de dólares en una superproducción rebosante de muertos y efectos visuales, consagrada a adolescentes de extrarradio, pero, también, a hípsters de endeble pátina cultural labrada a golpe de carreras humanísticas devaluadas y másteres de baratillo.

 Más sugestivo resulta el que, con su homenaje a Apocalypse Now, Kong: La Isla Calavera reconozca el carácter de aquella como ceremonia cinematográfica configurada por estampas memorables y una pirotecnia operística; el declinante Nuevo Hollywood de autor volvía así a evidenciar sus vínculos con la figura del blockbuster en auge al mismo tiempo. Como explicitaba la escena de la película de Coppola en la que este daba vida a un realizador televisivo que dirigía maniobras de las tropas norteamericanas en territorio asiático de cara a la elaboración de un reportaje, Apocalypse Now no era una película sobre la Guerra de Vietnam, sino sobre la aprehensión codificada de aquel conflicto por el mass media en el marco de la sociedad del espectáculo. De la misma manera, lo que le interesa al director Jordan Vogt-Roberts en un presente de imágenes líquidas como el nuestro, es jugar -en un sentido curiosamente similar al que ponían en práctica los protagonistas de su ópera prima, la producción indie The Kings of Summer (2013)- con la iconografía, las texturas y el sentido malsano de lo representativo que caracterizaron el filme de Coppola y, en general, el cine de gran presupuesto gestado en Hollywood durante los siguientes cuarenta años.

 El enciclopédico talante audiovisual de Vogt-Roberts, que abarca de Steven Spielberg y John McTiernan a Zack Snyder y Michael Bay, pasando por Tony Scott y Peter Jackson, da lugar en la primera hora de Kong: La Isla Calavera a un espectáculo desbordante, colmado de estímulos hasta el punto de rozarse el exceso que malbarató la reciente Un monstruo viene a verme (2016). Pero, con la ayuda de un trabajo de fotografía excepcional a cargo de Larry Fong, y, en menor medida, gracias al montaje de Richard Pearson, el metraje surfea sobre la nada absoluta con un brío, una armonía, y un sentido de lo plástico, menos habituales en los últimos tiempos de lo que debería suceder en este tipo de artefactos; hasta que, en su segunda mitad, las imágenes sucumben a indefiniciones y costurones evidentes de producción, y al hecho innegable de que Vogt-Roberts, como el Gareth Edwards de Godzilla o el Colin Tremorrow de Mundo Jurásico (2015), atesora la dosis justa de talento. En cualquier caso, Kong: La Isla Calavera es mucho más eficaz cuando ejerce con orgullo como laboratorio que proyecta fórmulas audiovisuales del ayer hacia el mañana, como prototipo avanzado de Fórmula 1 cuyas prestaciones experimentales se deben a un legado automovilístico de élite y repercutirán en líneas de producción comunes, que cuando trata de adaptarse con prudencia al ecosistema social en que se ha gestado, tan hipócrita como acaba por ser ella misma.

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