El País
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Crítica: Agenda oculta.

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La buena mentira

Lo mejor:
Los personajes de los chicos sudaneses son encarnados por auténticos acogidos en Norteamérica, y su labor interpretativa es encomiable.

Lo peor:
Reese Witherspoon empieza con artes discutibles a postularse de nuevo como actriz digna de respeto y estatuillas doradas.

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 03/10/2014
  • Director: Philippe Falardeau
  • Actores: Reese Witherspoon (Carrie Davis), Corey Stoll (Jack), Thad Luckinbill (Matt), Sarah Baker (Pamela Lowi), Kaitlyn Ervin (novia del soldado), Cara Mantella (Becky), Mike Pniewski (Nick Costas), Joshua Mikel (Dave)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Agotada la eficacia de los mimbres melodramáticos con que Hollywood solía urdir sus películas de prestigio, las dirigidas al espectador norteamericano adulto y los votantes de Oscar y otros galardones, estamos asistiendo a una reinvención de la fórmula que garantice su pervivencia en nuestros tiempos mutantes. Títulos como The Fighter (2010), Moneyball (2011), El vuelo (2012), Dallas Buyers Club (2013) o el que ahora se estrena, La buena mentira, no dejan de narrar historias ejemplarizantes de superación personal con trasfondos sociales más o menos subrayados. Pero todas ellas abogan por soluciones creativas que dan de lado los recursos pavlovianos al lagrimeo del espectador, el provocar indignación y sentimientos de corto recorrido. En estos films, las emociones adoptan un cariz más reflexivo, más atento a las claves político-económicas que han condicionado las tesituras planteadas e incluso las formas de su relato.

 Al menos, sobre el papel. Porque la meticulosa circunspección, el laconismo expresivo de este tipo de propuestas, acaban, en algunos casos, revelando insospechadamente la adaptación camaleónica de la fábula a renovados usos y costumbres colectivos tan deterministas bajo las apariencias como los que imponían las viejas morales (véase Dallas Buyers Club). Y, en otros, no pueden impedir que salga a la luz toda una agenda oculta, de manera que la ficción ejerce menos como análisis que como promoción de los intereses políticos o económicos de los que hablábamos. Es lo que sucede en La buena mentira, en principio un drama basado en desgarradores hechos reales a partir de los cuales se pretende deduzcamos la moraleja que otorga su sentido al título de la película: lo bondadoso de mentir en ciertas situaciones extremas a los seres queridos, a la propia existencia, para que esta pueda adquirir un mínimo valor ético más allá de la violencia, el odio, lo irracional.

 Los protagonistas son varios de los llamados "niños perdidos de Sudán", supervivientes a la segunda guerra civil, étnica, que tuvo lugar en aquel país africano entre 1983 y 2005. Desplazados a campos de refugiados ubicados en países limítrofes, algunos pudieron llegarse incluso hasta naciones del Primer Mundo para iniciar una nueva vida. La buena mentira recrea ese proceso, a la vez tortuoso y esperanzador: el asesinato o la separación de sus familiares, la huida a pie durante miles de kilómetros, la estancia en los campos, la adaptación a otro universo, la lidia con los flecos de la vida pasada.

 Durante el primer tercio de metraje, el director canadiense Philippe Falardeau -fichado por la industria norteamericana tras la repercusión de su anterior película, Profesor Lazhar (2011), que guarda similitudes con La buena mentira-, plasma con un naturalismo preciosista las crueles vicisitudes de los jóvenes en su tierra natal y su periplo hasta un campo de refugiados. Los minutos restantes se consagran a su integración en tierras norteamericanas y, más concretamente, en Kansas, donde serán ayudados por Carrie (Reese Witherspoon), una agente de colocación, y Pamela (Sarah Baker), miembro de la asociación cristiana que ha procurado su acogida. Este último personaje es relevante porque, a medida que avanza la película, vamos comprendiendo que, bajo lo que se nos cuenta con maneras supuestamente objetivas y mesuradas, late un artefacto proselitista, que no cuestiona en ningún momento la geopolítica internacional en el curso de tragedias como la de Sudán, emplea un humor discutible que justifica su paternalismo para con unos desharrapados que lo primero que aprenden es a reconocer un McDonald´s, y apela de continuo a la Biblia, las citas religiosas y la moral de la América profunda.

Cuando el cartelito final típico nos informa de que los "niños perdidos de Sudán" se han integrado tan fenomenalmente en Estados Unidos que algunos han llegado a formar parte de sus fuerzas armadas (sic), no nos queda ninguna duda de que lo de buena mentira también es aplicable a una película que, bajo sus hechuras de "drama conmovedor" y demás zarandajas, está haciendo apología no de valores humanistas universales, sino de su interpretación por parte de un país que a estas alturas pocas lecciones puede impartir sobre nada. Salvo, quizás, en lo relativo a la manipulación cinematográfica, que Hollywood sigue practicando con maestría.

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