El País

Crítica: Emociones de guante blanco

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La casa del tejado rojo

Lo mejor:
Las tres actrices protagonistas (Haru Kuroki ganó el Oso de Plata en la última edición de la Berlinale).

Lo peor:
Esos laudos críticos tan irreflexivos como la propia película: "joya fílmica", "cine milagroso"...

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 10/04/2015
  • Director: Yoji Yamada
  • Actores: Chieko Baishô (Taki), Haru Kuroki (Taki (joven)), Satoshi Tsumabuki (Takeshi), Takako Matsu (Tokiko Hirai), Yui Natsukawa, Kazuko Yoshiyuki, Takataro Kataoka (Mr. Hirai), Hidetaka Yoshioka (Itakura)
  • Nacionalidad y año de producción: Japón, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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En junio de 2014, el crítico neozelandés Don Brown iniciaba en The Asahi Shimbun -página web consagrada a la información sobre Asia, Japón en especial- una serie de artículos acerca del cine nipón. Su ambición pasaba por ir más allá de lo que brindaban "películas cool pero continuistas" como las realizadas por Naomi Kawase, Hayao Miyazaki o Yôji Yamada, pastoreadas desde hace años por los grandes festivales occidentales; respectivamente, Cannes, Venecia y Berlín. Lo preocupante de esta tendencia, concluía Brown, "es que estos nombres célebres aparecen una y otra vez en el extranjero, mientras que otros cineastas japoneses talentosos que no gozan del mismo grado de favoritismo son pasados por alto".

 Puede que el lector de esta reseña se sorprenda al descubrir que lo considerado por él exquisito y diferente -títulos como Aguas tranquilas (2014), de Kawase; El viento se levanta (2013), de Miyazaki; o el que nos ocupa, La casa del tejado rojo, de Yamada- es tachado de retrógrado por Brown. Pero, al fin y al cabo, ¿no han logrado las tres películas citadas, como otras recientes de sus autores, hacerse hueco en una cartelera tildada una y otra vez de infame por su sumisión a los designios de las distribuidoras norteamericanas y el mal gusto del público mayoritario? ¿Representan Kawase, Miyazaki y Yamada auténticas anomalías en un panorama proclamado tan calamitoso como el de la distribución española? ¿O constituyen un ejemplo cultural de la erótica de la excepción, del individuo o fenómeno que brinda una apariencia de variedad a determinado medio ambiente, pero que en el fondo solo es depositario refinado e ilusorio de las frustraciones, impotencias, limitaciones y miserias en la vivencia de lo cotidiano, en el ejercicio de la cinefilia y la crítica?

 El cine de Yôji Yamada exhibido en nuestro país desde el cambio de siglo -que, sintomáticamente, no es ni mucho menos el único realizado por este prolífico cineasta, sino el más asimilable- trae consigo debate añadido, en tanto conservador argumental y formalmente. Para un analista tan cualificado de lo japonés como el crítico Álvaro Peña, ese conservadurismo es "molesto" para la "Nada ética y estética de la sociedad de consumo", lo que hace de Yamada más bien un "revolucionario tranquilo", un humanista que "ya no resuelve dilemas morales, sino sociales" a través de una geografía fílmica perfilada por "la emoción". Estas apreciaciones, sin embargo, soslayan que las emociones -o, mejor dicho, sus expresiones, lo que nos permite identificarlas como tales- no tienen nada de natural: están configuradas, mediadas, condicionadas, precisamente, por el cuerpo social, que gusta de controlar en qué momentos y de acuerdo a qué maneras puede y debe permitirse el lujo de jugar con ellas. Es decir, el abandono autocomplaciente, casi ansioso, a los sentimientos y las emociones de guante blanco que nos proponemos al escoger en una multisala La casa del tejado rojo en vez de Transformers: La era de la extinción (2014), no tiene nada de exploración cultural ni psicológica, sino de actividad pavloviana, precisa para reconocernos como seres humanos en un ecosistema de producción y consumo absolutamente estandarizado en todos y cada uno de sus aspectos y manifestaciones.

 La anterior película de Yamada, Una familia de Tokio (2013), remake de un clásico incuestionable como Cuentos de Tokio (1953), ya delataba la dificultad actual para deslindar, tanto a la hora de crear como de interpretar signos expresivos, entre lo que son herencias actualizadas, revisadas, puestas en cuestión, y lo que son herencias asumidas sin plantearse en qué momento pasaron, de ser críticas, a ser placebos, o útiles impersonales de la industria cultural. Lo mismo cabe decir de La casa del tejado rojo, que, partiendo de una exitosa novela de Kyôko Nakajima inédita en castellano, arranca en el presente pero se remite vía flashbacks hasta una época familiar a Yamada, los albores del llamado "periodo de paz ilustrada" en Japón, para relatarnos las vivencias de una chica, Taki (Haru Kuroki), que se emplea en 1936 en una acomodada vivienda de Tokio para ejercer tareas domésticas. La familia a la que sirve Taki es tan considerada como para que la joven sacrifique su propio bienestar personal por servirles; hasta que la madre de familia, Tokiko ( Takako Matsu), empieza a sentirse atraída por un compañero de trabajo de su esposo.

 Los fans de films como Lo que queda del día (1993) y Expiación. Más allá de la pasión (2007) quedarán extasiados ante La casa del tejado rojo; sin duda, un melodrama elegante, irreprochable, bello en sus mejores momentos, sobre relaciones tempestuosas e inconvenientes, dilemas morales y decisiones irrevocables, y secretos que salen a la luz tras años de silencios y lágrimas ahogadas en la almohada. La película presenta el atractivo añadido de brindarnos dos miradas sobre el relato que enriquecen sobremanera el sentido íntimo, colectivo, incluso político-económico, de lo que vemos y lo que solo se insinúa: la que deposita Taki sobre la familia que la acoge, y la que depositan sus descendientes sobre las experiencias de Taki. Sin embargo, las imágenes pulcras y sedantes de Yamada, la remilgada banda sonora de Joe Hisaishi, una fotografía de Masashi Chikamori que trata de emular texturas clásicas con una aplicación carente de espíritu, se conjuran para hacer de La casa del tejado rojo un mecanismo de precisión carente de verdadera inspiración creativa; banal, bajo su gravedad menos intrínseca que manierista, derivativa. El espectador jamás se verá interpelado por las imágenes; jamás se sentirá forzado a cuestionarse el trasfondo de que Yamada le esté procurando con precisión quirúrgica las emociones nobles que esperaba y deseaba sentir, por las que había pagado su entrada.

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