El País

Crítica: Alex de la Iglesia ironiza sobre la explotación mediática de la desgracia ajena en una sátira descafeinada y demasiado blanda

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
La chispa de la vida

Lo mejor:
El oficio de Galiardo, Tejero y demás actores de reparto

Lo peor:
Que sea tan blanda y se conforme siéndolo

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 13/01/2012
  • Director: Álex de la Iglesia
  • Actores: José Mota (Roberto Gómez), Salma Hayek (Luisa), Carolina Bang (Pilar Álvarez), Santiago Segura (David Solar), Nacho Vigalondo (Martín), Blanca Portillo (Mercedes), Fernando Tejero (Johnnie), Juan Luis Galiardo (El alcalde), Antonio Garrido (Dr. Velasco)
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2011
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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En El gran carnaval de Billy Wilder un minero atrapado era la coartada de un deleznable circo mediático montado a su alrededor; en aquel esperpéntico toque de atención sobre los riesgos de la ´espectacularización´ de la realidad se explayaba el genio irónico de Wilder, que preludiaba la deriva de la televisión y la prensa amarilla que hoy es parte de nuestro ADN. Alex de la Iglesia cinta a Wilder en La chispa de la vida con escasa discreción; el leit motiv es prácticamente idéntico; el factor diferencial es el contexto de crisis, el dramón del paro y, lo peor, un ungüento didáctico y sentimental que no casa con la entidad del director que maneja los hilos. Sí, La chispa de la vida es una revisión en clave contemporánea de El gran carnaval, pero los años no pasan en balde, y, ya de salida, lo nuevo del director de Balada triste de trompeta se propone como ficción anacrónica. A De la Iglesia se le espera, pero no está.

Da la sensación de que despacha el asunto con el desdén de una obra conscientemente muy menor; el director vasco no está cómodo en el registro y se le nota. La chispa de la vida es una sátira, un sainete, un cuento grotesco a colación de un circo mediático en el que, de soslayo, se filtra también un destello de la inhumanidad imperante, de la nauseabunda hipocresía social que rodea la tragedia laboral de los otros en una era televisiva en la que, lamentablemente, el paro se ha convertido en morboso espectáculo popular, matizado por la presunta seriedad periodística de ciertos formatos de docu-realidad.

Pero la moraleja está en andamios; De la Iglesia acude a una estereotípica denuncia de la indignidad política y mediática que rodea una tragedia pública sin rastro del mordiente o la mala uva que le caracteriza. Todas las caricaturas son blandas y, peor aún, el drama arrincona a la comedia, a la farsa, mientras se procede al despliegue de una potente campaña de promoción turística de la ciudad de Cartagena.

En muchos aspectos La chispa de la vida es una película de otro tiempo, y los patrones que la reubican en el presente están colocados con alfileres. Lo cierto es que al final ni nos reímos, ni nos emocionamos ni encontramos argumentos excesivamente útiles para la reflexión. Se busca un equilibrio de tonos que, sencillamente, no termina de cuajar. Mota y Hayek quieren pero no pueden y De la Iglesia se conforma con la media sonrisa de una sátira que nunca sabe o nunca quiere soltarse el pelo y dejarse ir

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