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Crítica: El ultimátum de Brosnan

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La conspiración de noviembre

Lo mejor:
Pierce Brosnan, que aún mantiene el tipo, y Olga Kurylenko, que sigue pidiendo a gritos mejores papeles

Lo peor:
Es una película incapaz de suscitar ningún entusiasmo

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 13/03/2015
  • Director: Roger Donaldson
  • Actores: Pierce Brosnan (Devereaux), Luke Bracey (Mason), Olga Kurylenko (Alice), Bill Smitrovich (Hanley), Amila Terzimehic (Alexa), Lazar Ristovski (Arkady Federov), Mediha Musliovic (Natalia Ulanova), Eliza Taylor (Sarah), Caterina Scorsone (Celia), Akie Kotabe (Meyers), Will Patton (Perry Weinstein), Patrick Kennedy (Edgar Simpson), Dragan Marinkovic (Denisov), Ben Willens (Agente Jones)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 18 años

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En un momento significativo de esta segunda colaboración entre el actor Pierce Brosnan y el director Roger Donaldson transcurridos casi veinte años de Un pueblo llamado Dante´s Peak (1997), se nos muestran en paralelo las actividades de dos agentes de la CIA: uno, Peter Devereaux (Brosnan), ha vuelto al campo de batalla por ruego personal de quien fuese antaño su jefe, a fin de que ayude a desarticular las maquinaciones de un antiguo militar ruso que ambiciona hacerse con la presidencia de aquel país. El otro agente, David Mason (Luke Bracey), aprendiz de Devereaux, también está implicado en la misión y ha llegado a considerar a Peter su rival.

 La secuencia a que nos referimos muestra cómo el joven Mason, después de ligarse a una pizpireta vecina usando su gato como excusa y llevándola a una discoteca, se trenza con ella en un revolcón frenético. El añoso Peter, en cambio, escucha en la penumbra de un apartamento cercano cómo la asistenta social Alice Fournier ( Olga Kurylenko) interpreta en el piano a Erik Satie, mientras él paladea alcohol de marca y reflexiona con gesto adusto sobre su pasado. La comparación que establecen los guionistas Michael Finch ( Predators) y Karl Gajdusek ( Oblivion) entre la nueva y la vieja guardia del espionaje cinematográfico, subraya lo que, por otra parte, La conspiración de noviembre expresa implícitamente a lo largo y ancho de su metraje a todo aquel familiarizado con el cine de acción, aventuras y espionaje.

 Esto es, la película es el intento por parte de un realizador atinado en títulos como No hay salida (1987) o El robo del siglo (2008), y del intérprete entre 1995 y 2002 del mismísimo James Bond, por validar a un agente secreto "como los de antes" en un género poseído a fecha de hoy por los espíritus de Ethan Hunt ( Tom Cruise) y Jason Bourne ( Matt Damon). ¿Público objetivo? Los espectadores viejunos a quienes, como galán tardío, lleva apelando Brosnan en los últimos años con Mamma mia! (2008), Amor es todo lo que necesitas (2012) o Un golpe brillante (2013), y a quienes también apeló en su momento en tanto lectores el modesto escritor popular Bill Granger, autor de hasta trece novelas publicadas entre 1970 y 1993 con Peter Devereaux como protagonista.

 La obra de Granger es susceptible de convertirse en franquicia cinematográfica y, de hecho, hay una secuela de este film ya en pre-producción. No es de extrañar: La conspiración de noviembre funciona, aunque nunca como ficción autónoma ni mucho menos relevante, sino como ejercicio paroxístico de fusión y combinatoria al servicio de un Brosnan de rostro perjudicado por la cirugía estética. No hay ni una sola imagen original en la película, ni un solo diálogo o añagaza visual que no remitan al acervo del género; y, además, el argumento urdido por los citados Finch y Gajdusek roza a veces la pura estupidez. Pero el oficio de Roger Donaldson -como ya sucedía en otra realización menor suya reciente, El pacto (2011)- se basta y se sobra para que las persecuciones, los disparos y las explosiones en locales nocturnos, mercados, salas de control plagadas de monitores, destinos turísticos, almacenes portuarios, suites de lujo, cuartos de maquinarias y estaciones de metro y autobús logren transmitir una impresión fugaz de orden y concierto. Por mucho que, apenas empiezan a desfilar en pantalla los créditos finales, uno se vea ya incapaz de encontrarle ningún sentido a lo que ha visto… y no le interese perder ni un minuto en ello.

 En última instancia, lo más destacable de La conspiración de noviembre puede ser una escena que violenta el carácter aséptico, insípido, correcto, que pretende brindar el conjunto, al obligar a Olga Kurylenko a vestirse de manera provocativa para disfrute del espectador, en un marco de venganza por violaciones en la infancia. La incómoda mezcla de sentimientos que nos embarga como mirones rijosos nos recuerda que estamos asistiendo a un ejercicio de cine pulp, basura, aunque Brosnan y Donaldson traten de otorgarle toques de distinción a base de cócteles, blazers, y vistas panorámicas de costas montenegrinas en el ocaso.

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