El País
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Crítica: A vueltas con lo gótico.

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La cumbre escarlata

Lo mejor:
Es una película espectacular, de visionado obligado en un cine

Lo peor:
Guillermo Del Toro se cree un artista, pero sale mejor librado cuando ejerce de artesano aplicado

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 16/10/2015
  • Director: Guillermo del Toro
  • Actores: Charlie Hunnam (Dr. Alan McMichael), Mia Wasikowska (Edith Cushing), Tom Hiddleston (Sir Thomas Sharpe), Jessica Chastain (Lady Lucille Sharpe), Doug Jones, Burn Gorman (Holly), Jim Beaver (Carter Cushing), Leslie Hope (Mrs. McMichael), Bruce Gray (William Ferguson)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 18 años

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Cuando uno lee en cierta entrevista promocional concedida con motivo de esta su flamante nueva propuesta, La cumbre escarlata, que su co-guionista y realizador ha terminado por considerar de sí mismo que "hago arte en un género donde Hollywood busca únicamente dinero", tan solo cabe lamentar hasta qué punto se le han subido a Guillermo del Toro a la cabeza los muy exagerados halagos que ha recibido a lo largo de casi tres décadas de una carrera dedicada tanto a hacer cine como a crearse un personaje, y temerse lo peor ante un proyecto con el que, en sus propias palabras, ha logrado "concretar exactamente lo que quería, nadie ha tocado nada".

 Lo más llamativo es la constatación, una vez vista La cumbre escarlata -que, digámoslo ya, se cuenta entre lo mejor filmado nunca por Del Toro-, de que lo más interesante de la película es lo que nos remite a una concepción bien entendida de la artesanía. Mientras que lo peor, o lo insuficiente a todas luces, es la gran cantidad de premisas discursivas y apuntes formales que se quedan en eso porque requerirían de una faceta autoral, auténticamente creativa, que, por debajo de ciertos tics ornamentales que su responsable ha convertido en marca de fábrica, peca a la hora de la verdad de rudimentaria, como ya sucediese en El espinazo del diablo (2001) o El laberinto del fauno (2006), sus títulos hasta la fecha más ambiciosos.

 La primera hora de ficción es extraordinaria. Del Toro ha escrito con Matthew Robbins, que ya colaborase con él en Mimic (1997), una historia de rasgos estereotípicos hasta bordear la parodia que se mueve con la elegancia de un vals entre lo gótico, lo victoriano y el terror gestado hace cuatro y cinco décadas, sobre Edith ( Mia Wasikowska), una joven escritora norteamericana que pierde a finales del siglo XIX la cabeza por Thomas Sharpe ( Tom Hiddleston), un taciturno aristócrata británico dependiente hasta lo patológico de su hermana Lucille ( Jessica Chastain); historia que deviene novedosa gracias a unas imágenes no solo de belleza deslumbrante en todos sus aspectos técnicos -tampoco deben pasarse por alto ni la turbia expresividad cómplice de los intérpretes ni la banda sonora de Fernando Velázquez-; también, reflexivas, por cuanto Del Toro se piensa en ellas como heredero y renovador de todo un universo cultural que se ha constituido en cierta manera de sentir el mundo.

 El debate que establece Del Toro con sus innumerables antecesores literarios, pictóricos y cinematográficos, así como con las posibilidades argumentales y estéticas del género, propio de un director en crisis plena de madurez, riega el metraje de anotaciones, apostillas, réplicas y notas al pie. Pero ello no enturbia para nada la organicidad y el dinamismo de una narración tanto más embriagadora cuanto más familiar para un aficionado que acepta, por tanto, con buen ánimo, el verse sorprendido a cada tanto por detalles revulsivos y hasta escabrosos que afectan a concepciones tradicionales en este tipo de películas sobre el amor romántico, la naturaleza de lo espectral, el destino y la voluntad, los roles de hombre y mujer, y el propio sesgo artístico e ideológico de lo gótico.

 Sin embargo, cuando uno piensa que Del Toro se va a jugar el todo por el todo, a apostar hasta sus últimas consecuencias con las cartas que él mismo ha dispuesto subrepticiamente sobre la mesa, se repliega en paralelo al encierro de los personajes en la mansión de los Sharpe, haciendo de La cumbre escarlata una atracción de feria (auto)complaciente, rica en niveles, artilugios, apariciones y escondrijos. La atención y la modestia desaparecen en favor de la ostentación, lo manierista y lo subrayado: difícil no reírse ante la manera en que Lucille hace chirriar una cuchara contra una taza frente a Edith… la película resiste aun así hasta el final, en gran medida por lo extraordinario de lo conseguido previamente y todas las insinuaciones planteadas. Pero no deja de ser una lástima que, rozando la excelencia, La cumbre escarlata acabe erigiéndose simplemente en un producto comercial a veces más inspirado, a veces también más presuntuoso, de lo habitual. Es decir, en otra película de Guillermo del Toro.

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