El País

Crítica: El malestar en el espectáculo

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La cura del bienestar

Lo mejor:
Es una película orgullosa de basar su alcance en el espectáculo

Lo peor:
Sus excesos no siempre convergen en su discurso

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  • Género: Terror
  • Fecha de estreno: 24/03/2017
  • Director: Gore Verbinski
  • Actores: Dane DeHaan (Lockhart), Jason Isaacs (Volmer), Mia Goth (Hannah), Ivo Nandi (Enrico), Adrian Schiller, Celia Imrie (Victoria Watkins), Harry Groener (Pembroke)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Alemania, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Pembroke (Harry Groener), directivo clave en una firma de inversiones neoyorquina, ingresa voluntariamente en un balneario suizo para combatir el estrés, y no vuelven a tenerse desde entonces noticias de él. Un joven y ambicioso ejecutivo, Lockhart (Dane DeHaan), es enviado por la cúpula de la compañía a la institución, para que devuelva a nuestro mundo a Pembroke. A Lockhart no le resultará nada fácil cumplir con la misión, y menos cuando él mismo acabe siendo paciente del balneario debido a un accidente, y descubra irregularidades en los métodos terapéuticos del doctor Volmer (Jason Isaac), regente del sanatorio.

En el cuarto largometraje del realizador estadounidense Gore Verbinski, El hombre del tiempo (2005), un anciano y reputado novelista se muestra indignado porque los pantalones que viste su nieta hace que sus compañeros de clase la llamen "patita de camello": a través de la tela, pueden leerse sin problemas sus labios vaginales. El padre de la chica, que también es célebre pero en el desempeño de una labor más vulgar, los pronósticos meteorológicos en televisión, trata de ser conciliador: "papá, así se visten ahora los chicos, pertenecen a otra generación". El momento describe con precisión el cine de Verbinski y, por extensión, esta su décima propuesta, La cura del bienestar, ejercicio de horror gótico de cuya ambición dan cuenta su metraje de casi dos horas y media, los modos ostentosos con que baraja sus innumerables referentes pictóricos, literarios y cinematográficos, y su exuberante aparato estilístico.

Críticos como Roberto Morato y Óscar Brox acertaron a señalar hace ya un tiempo que la filmografía de Verbinski -que componen también títulos como The Ring (2002), las primeras entregas de la serie Piratas del Caribe (2003-2007) y El llanero solitario (2013)- constituye un intento reiterado por forjar entornos cinematográficos envolventes a partir de la constatación de que la mayor parte de los imaginarios genéricos tradicionales están agotados, y de que la ficción no es hoy por hoy más que otro recurso en la paleta ilimitada de ellos a disposición de la imagen en tanto organismo transmedia. Por ello, La cura del bienestar no juega a alambicar los signos fílmicos en el seno del encuadre con perspectiva posmoderna. Hace del plano un trampolín para que ostenten todas sus posibilidades expresivas, con un exceso de mirada que no entiende de guiños, límites ni subcapas. Las imágenes de Verbinski son hiperlegibles, desbordan explicitud.

Desde hace un tiempo, nuestro pacto colectivo sobre lo real no es inteligible tanto en términos de sociedad abonada al lenguaje del espectáculo, como de espectáculo hiperreal que ha situado en el centro de su escenario lo social. Cabe decir lo mismo de un cine espectacular que ha devenido espectáculo en torno a lo que solíamos entender por cine. Por ello, el problema de las digresiones, obviedades y reiteraciones de que hace gala La cura del bienestar, no es que atenten contra un lenguaje fílmico familiar. Se trata más bien de que no siempre se imbrican con convicción en la gramática que alumbra en los últimos años la imagen heterogénea global. Ahora bien, ¿es recomendable la película de Verbinski como gran espectáculo festivo inspirado por el cine, en la estela de Mad Max: Furia en la carretera (2015)? Hay que insistir en que es un filme de terror, incómodo, y ello tiene que ver, como es lógico, con el desarrollo audiovisual de su argumento. Pero, también, con una pesadumbre que ya había caracterizado otras películas del realizador, protagonizadas habitualmente por personajes descontentos con lo que había establecido hasta el momento lo representativo para ellos, pero incapaces de hallar un consuelo escapista en la tesitura audiovisual en que les sitúa Verbinski, en paralelo a un público que no tiene claro cuál es su papel en el siglo XXI, o si ni siquiera se ha escrito uno para ellos.

En el cine melancólico de Verbinski, nadie es perfecto, y, al mismo tiempo, la posibilidad de la perfección es retratada como un espejismo, una trampa. La cura del bienestar, de subrayada sensibilidad paranoide que permite emparentarla con filmes como Shutter Island (2010) y La invitación (2015), ahonda en esa idea. "Solo cuando conocemos lo que nos aqueja podemos albergar la esperanza de hallar el remedio", pontifica el doctor Volmer. Pero, en última instancia, su beatífico remedio no es más que la máscara de un horror mucho más temible que el latente en nuestros defectos y pesares. En este aspecto, nos hallamos lejos de una concepción bonancible, lúdica, de la imagen opulenta. Verbinski orquesta una ceremonia del desasosiego que ilustra las cavilaciones expuestas por Sigmund Freud en El malestar en la cultura (1930) acerca de que "la búsqueda de la armonía y la felicidad por los seres humanos está condenada por la misma cultura que ha promovido ese anhelo de pertenecer al mundo, de participar de una belleza cuyo placer estético no reside en su plenitud, sino en su carácter perecedero". La aterradora simetría que preside muchos de sus planos y que desemboca en reluciente incendio, pone de manifiesto que, parafraseando a Freud, La cura del bienestar es un ejemplo magnífico de malestar en el espectáculo contemporáneo.

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