El País

Crítica: Vender el alma al diablo

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
La deuda (2015)

Lo mejor:
Un planteamiento narrativo con bastante recorrido

Lo peor:
El insatisfactorio encaje entre los tres retablos del tríptico.

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 15/05/2015
  • Director: Barney Elliott
  • Actores: Brooke Langton (Kate), David Strathairn (Nathan), Stephen Dorff (Oliver), Carlos Bardem (Caravedo), Alberto Ammann (Ricardo), Lucho Cáceres (Dr. Cerrón), Luis Gonzales (Doctor), Jesús Aranda (Mario), Nidia Bermejo (Rocío), Magdyel Ugaz (Rosa), Emilram Cossío (Mauricio), Delfina Paredes (Gloria), Patricia de la Fuente (Sra. Cerrón), Melvin Quijada (Jorge), María Angélica Vega (Gabriela Pena)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: Pendiente por calificar

+ info

La voracidad caníbal del gran capital no entiende de prisioneros ni reglas de compromiso; arrambla con todo: con las tierras exhaustas y expoliadas de un campesino peruano, con los cuidados paliativos a una anciana terminal que se retuerce de dolor porque su país antepone el pago de una deuda bastarda e ilegítima al bienestar esencial de sus gentes y con la conciencia de un tiburón de las finanzas que en algún lugar del camino se dejó la integridad y la compasión por el prójimo. La deuda tiene un punto de relato oportuno y necesario, que escarba con más o menos acierto en los daños colaterales de esa hipoteca vitalicia con los crupiers del gran capitalismo que adquirieron entonces los países latinoamericanos y que andamos firmando ahora los países del sur de Europa a expensas de hijos y nietos.

Barney Elliott ha encontrado una fórmula muy resultona para poner todas estas infumables cuestiones encima de la mesa: la desregulación financiera, la economía virtual que consiste en amasar fortunas jugando con el dolor ajeno con una venda de hipocresía mediante, es la raíz de la que derivan muchos de los males de la sociedad contemporánea. En La deuda (2015) se escarba entre los ecos que la maniobra, mecánica y rutinaria, de una empresa de mercaderes de esa jaez, provoca indirectamente en las vidas de un montón de gente sin armas ni recursos para protegerse del agresor y sus secuaces. Pero Elliott delega en las convenciones del tríptico trágico de efecto mariposa, tras las huellas, evidentes, de Iñárritu y Arriaga empujando a sus personajes al límite en busca de una intersección jonda, trascendente y un punto afectada de las tres historias, que al final son solo una, pero que se encuentran y fusionan a regañadientes en un desenlace excesivamente intenso que empaña los logros de un libreto irregular y a veces deslabazado (la historia de la anciana moribunda y la hija enfermera encaja con dificultad) con un sustrato sociopolítico muy potente.

Es precisamente ese esqueleto narrativo, esa raíz, ese planteamiento, el argumento más sólido de una película que bascula en torno a dos periplos existenciales antagónicos, en torno al mismo leit motiv trágico: el del miserable sin conciencia que acaba redimiéndose desde un arrepentimiento sincero, y el de la persona honesta a la que el sistema no deja más alternativa que volverse miserable para lograr por las malas lo que por las buenas se le niega. Todo ello aderezado por un puñado de interpretaciones muy competentes, empezando por un Stephen Dorff que dábamos por descarriado, pero que se reivindica aquí con una composición de altura, arropado por peones secundarios de solidez más que contrastada.

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