El País

Crítica: La secta de la sonrisa

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La invitación

Lo mejor:
No es una gran película, pero sí apasionante en los momentos clave

Lo peor:
Algunas vulgaridades de escritura

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 08/04/2016
  • Director: Karyn Kusama
  • Actores: Michiel Huisman (David), John Carroll Lynch (Pruitt), Logan Marshall-Green (Will)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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La crítica y los aficionados con inquietudes están de enhorabuena. La cartelera lleva unas semanas brindando cine de género apasionante como tal, y capaz de propiciar lecturas nada arbitrarias ni complacientes sobre los tiempos que nos han tocado vivir. A títulos como Bone Tomahawk, El regalo y El infierno verde, hay que añadir esta semana La invitación, thriller de matices psicológicos -y, en última instancia, sociológicos- perturbadores, que ganó con merecimiento el premio a la mejor película en la última edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges.

 Dicho reconocimiento es peculiar por cuanto, en la edición previa de Sitges, la triunfadora había sido Orígenes (2014); otra producción independiente norteamericana, aunque ubicada a nivel discursivo en el extremo opuesto a La invitación. Como buena parte del cine similar gestado hoy por hoy en Estados Unidos de acuerdo a una plantilla creativa en la que diluyen sus perfiles la compostura ideológica y los clichés dramáticos y visuales, Orígenes se acogía a un pensamiento líquido, débil, que hacía de ella una hoja parroquial para nativos del siglo XXI. Nativos deseosos, al precio que sea, de eludir un mundo en cuya condición apocalíptica tiene mucho que ver, precisamente, su afasia e irresponsabilidad; camufladas de actitud en principio buenista, aunque no titubee en mutar en sectaria si lo real no queda subyugado por sus carantoñas.

 La invitación comienza simulando plegarse a las expectativas del público adepto a este tipo de cine y, más en concreto, a los dramas pequeñoburgueses sobre la superación de los golpes de la existencia, representados como fases de un duelo que culmina invariablemente en catarsis edificante: Will ( Logan Marshall-Green) acude con su nueva pareja a una cena para varios amigos comunes que ha organizado su exmujer, Eden ( Tammy Blanchard), en el antiguo domicilio de ambos. Hace un par de años que Eden y Will no se ven, a causa de una separación que se intuye dolorosa y que estuvo ligada a una tragedia familiar. Él todavía se encuentra atormentado por ello, es presa de sentimientos de furia y culpa con los que ha de bregar día a día. Sin embargo, cuando llega a la casa en la que Eden vive ahora con una nueva pareja, David (Michiel Huisman), se topa con que su ex agasaja a los invitados a la cena con una actitud positiva, emancipada, resuelta a que nada enturbie su felicidad. Ello sume a David en un estado de paranoia que le lleva a pensar, para incomodidad del resto de los presentes, que hay un motivo oculto para la celebración, más allá del reencuentro de viejos conocidos.

 A partir de esta premisa, la película va socavando de puntillas durante su metraje, no solo las constantes de un modelo determinado de ficción, sino toda una filosofía paliativa de la vida implícita en su producción y consumo. Hasta erigirse, como ha señalado el crítico Roberto Morato, en una requisitoria alegórica implacable sobre las imposturas del cine indie contemporáneo y sus valedores. Algo que se consigue menos a través de los meandros y los golpes de efecto narrativos -en varias ocasiones inverosímiles o forzados-, que gracias a la puesta en escena más inspirada en la carrera de la directora Karyn Kusama. En su segunda colaboración con los guionistas Phil Hay y Matt Manfredi tras Aeon Flux (2005), Kusama hace un uso meritorio del único escenario en que transcurre la acción, así como de los puntos de vista, la disposición de los actores en el encuadre, la profundidad de campo, y lo enfocado y desenfocado. Estrategias formales que permiten que transijamos con los defectos apuntados, nos asalte una sensación progresiva de incertidumbre y angustia y, lo más interesante, que los brutales últimos planos de la cinta nos pillen desprevenidos, al ampliarse el marco de lo narrado hasta que abarca una perspectiva traumática.

 Así, la intriga que conforma La invitación no se cifra en saber a quién otorga la razón el relato y con qué intenciones: si a un David agrio y desconfiado, o una Eden risueña y constructiva. Sino en su naturaleza sorpresiva de cine social, de comentario perverso sobre un orden colectivo que, ante las cualidades cada vez más inclementes adquiridas por el presente, ha optado por adoptar un talante narcisista y sacrificial. Al que, con la más amable de las sonrisas, se está intentando que sucumban también quienes igual prefieren tratar la realidad de tú a tú, aunque eso les suponga hacerlo a cara de perro.

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