El País

Crítica: El Mississippi andaluz

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
La isla mínima

Lo mejor:
Puesta en escena, actores, guion...todo.

Lo peor:
Nada.

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 26/09/2014
  • Director: Alberto Rodríguez
  • Actores: Raúl Arévalo (Pedro), Javier Gutiérrez (Juan), Antonio de la Torre (Rodrigo), Nerea Barros, Jesús Castro, Manolo Solo, Jesús Carroza
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Pasa muy pocas veces: ver una película y en el primer visionado tener la sensación y el presentimiento de que asistes al nacimiento de un clásico. Con La isla mínima sucede exactamente eso. Necesitas tiempo para enterrar prejuicios, para pellizcarte y dar fe, aunque cuesta, de que el director de la película no es David Fincher, o de que no se trata de uno de esos antológicos thrillers coreanos a los que nos tienen acostumbrados Bong Jonn-ho y compañía. No, La isla mínima es española, y lo es hasta la médula ósea, y siéndolo, además, y he ahí una de sus características más notables, se yergue como ficción apátrida y atemporal. En pocas palabras, es intensamente provinciana, para entendernos, y a la vez es absoluta y felizmente exportable.

Ambientada en un rincón remoto (en todos los sentidos) de la Andalucía profunda, en un ortopédico asentamiento en las marismas, desafiando la humedad penetrante y angustiosa del río, Rodríguez encuentra en el Guadalquivir su particular Mississippi (un escenario fílmico que evocó siempre derrota, tragedia y desencanto), testigo silencioso de los devastadores secretos de una comunidad que sobrevive a los rigores de una vida fluvial que es una condena, desafiando a la desfachatez de la inhóspita geografía gracias al chanchullo y al contrabando.

Rodríguez borda esa superposición siempre tan delicada entre la inercia arrolladora de un thriller turbio hasta la indigestión (en el buen sentido, claro), un policiaco sombrío alrededor de un crimen primitivo, ejecutado con una saña propia de las bestias, y el plano, digámoslo así, costumbrista, la imponente descripción de gentes y atmósferas de un lugar maldito, que colorean el relato de género con mil matices, apuntalando la intriga con un desfile de malnacidos e infelices cómplices del silencio que te pone literalmente el vello de punta.

La isla mínima transcurre bajo el peso asfixiante de una atmósfera densa, la de un pueblo curtido en un irreversible desencanto, en el que un criminal actúa impunemente mientras todos callan porque el miedo es el vecino más ilustre de la comunidad. Rodríguez no nos da respiro, porque cada detalle cuenta en esta asombrosa película, que cava muy hondo en el fango para ponerte el nudo en la garganta, que escarba entre los instintos más innobles del ser humano para componer un retrato coral aldeano, que es uno de los atrezos más genuinos y escalofriantes del cine español en décadas.

Cine de ese que hace del contexto, del medio, un personaje en sí mismo, angustiosa y escalofriantemente vivo, y que fotografía las entrañas de un estupor colectivo, que resuena con eco intenso en el trasfondo de un contexto sociopolítico apenas susurrado, que matiza los vericuetos del modélico relato policial, aportando cuerpo, color y textura, lo nuevo del director de Grupo 7, que ya era cine muy notable, repta entre las miserias de una España bipolar, ahogada entre contrastes.

Por un lado la España de tinieblas, encarnada por el poli moribundo con oscura hoja de servicios en la sombra del régimen, adicto a la represión y la tortura; por otro el cachorro, la incipiente España democrática, tímida y con demasiados complejos aún como para tomarse la revancha con la vieja, moldean el complejo antagonismo de dos personajes brillantes, esculpidos por dos actores (mención especial para Javier Gutiérrez, legítimo e indiscutible propietario del Goya al mejor actor del año próximo) enchufadísimos, que son la guinda de una arrolladora puesta en escena, cómplices de uno de los relatos mejor contados del cine español de los últimos lustros. Lo dicho: un clásico instantáneo.

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