El País

Crítica: La eternidad del presente

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
La juventud

Lo mejor:
La puesta en escena, las interpretaciones y casi todo lo demás

Lo peor:
Algún exceso manierista marca de la casa

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 22/01/2016
  • Director: Paolo Sorrentino
  • Actores: Michael Caine (Fred Ballinger), Harvey Keitel (Mick Boyle), Rachel Weisz (Lena Ballinger), Paul Dano (Jimmy Tree), Jane Fonda (Brenda Morel)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, Italia, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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El hotel-balneario de La juventud es la prefiguración misma del limbo. Es un paraíso imposible, un retiro engañoso, un lugar idílico pero inhóspito, el espejismo grotesco de un puente entre el más acá y el más allá. Un paraje cien por cien sorrentiniano, y por ello aparatosamente irreal, o quizá, y he ahí la grandeza del cine del director transalpino, tan real que duele mirarlo, tan humano que mueve a risa. En ese pintoresco paisaje hacen inventario de su vida dos ancianos a punto de doblar la esquina, buscando sosiego en el desasosiego, haciendo acopio de recuerdos, buceando entre las memorias de tiempos mejores, entre los rescoldos, cada vez más tenues, de una vida que se apaga. Sorrentino diserta en su último trabajo, con la lucidez y el ingenio que le caracterizan, sobre la fugacidad meteórica del tiempo, que nunca acertamos a administrar, que se nos escapa a traición y por la espalda.

La juventud teoriza sobre la frustrante evanescencia del presente, sobre ese espejismo balsámico, ese analgésico entre tanto sinsentido cual es la experiencia, sensorial e intelectual, de lo bello, de lo hermoso, de aquello que da sentido a lo que no lo tiene. En muchos aspectos se trata de la prolongaciçón natural en el tiempo, y en el cosmos de las emociones, de La gran belleza. Sorrentino, desde una perspectiva, otra vez, genuinamente felliniana, logra capturar en imágenes, y en silencios, el alma de dos individuos enfrentados a la ridícula paradoja de la eterna juventud interior secuestrada por un cuerpo que se arruga y contrae a la vez que la sed de vida se expande. Pocas películas han disertado con tanto fundamento sobre la senectud y la dimensión lírica del último brindis, a través de un relato que borda el equilibrio entre tragedia y comedia, que se alimentan mutuamente en armonía perfecta, como la vida misma.

Sorrentino ahonda en ese barroquismo escenográfico tan suyo, en ese manierismo formal que define la exuberante sensualidad visual de sus películas, en una película de abultadísimas pretensiones que consagra, si es que hacía falta, a su director como uno de los realizadores más dotados del cine europeo contemporáneo. Esta vez, además, sin su inseparable Toni Servillo, encuentra dos inmejorables socios de fatigas en Harvey Keitel y Michael Caine, antagónicos y complementarios a un tiempo, conformando una de las parejas fílmicas, sin duda, de los últimos años. La juventud tiene hechuras de clásico; Sorrentino ya es, como marca, una garantía incontestable de gran cine.

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