Crítica: El simio escéptico

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La leyenda de Tarzán

Lo mejor:
Es un espectáculo estival muy digno, en un verano huérfano en general de ellos

Lo peor:
No es memorable en ningún aspecto

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 22/07/2016
  • Director: David Yates
  • Actores: Alexander Skarsgård (Tarzan), Margot Robbie (Jane Porter), Samuel L. Jackson (George Washington Williams), Christoph Waltz (Capitán Rom), Ella Purnell (Joven Jane), Casper Crump (Capitán Kerchover), Djimon Hounsou (Chief Mbonga)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

+ info

1885. Las finanzas belgas están en bancarrota. El rey Leopoldo II ordena explotar sin escrúpulos las riquezas minerales de la colonia estrella del país, el Congo. Un enviado del monarca, Léon Rom (Christoph Waltz), llega a un acuerdo con un jefe de tribu local, Mbonga (Djimon Hounsou), para poder acceder a una veta excepcional de diamantes. Pero Mbonga pide a cambio un favor: la cabeza de un viejo enemigo, Tarzán (Alexander Skarsgård), criado en la selva tras la muerte de sus padres, aunque, tras diversos lances que le han hecho célebre, viva en Londres desde hace ocho años. El propósito, a partir de ese momento, de las autoridades belgas: atraer a Tarzán de vuelta a casa..

Aunque en los últimos años su popularidad parezca haber menguado, no debe olvidarse que Tarzán es la criatura de ficción llevada más veces al cine después de Drácula. El secreto de un éxito tan continuado ya no cabe ligarlo a las constantes de una literatura colonial que sublimó en su momento tensiones políticas y ensoñaciones populares, y que representó de manera inmejorable el ciclo de novelas originales sobre Tarzán escritas por Edgar Rice Burroughs entre 1912 y 1965. Cabría pensar más bien que el impacto perenne del personaje se cifra en su dualidad entre lo humano y lo animal, entre lo aceptado socialmente y nuestras pulsiones primarias.

La leyenda de Tarzán sabe actualizar ese argumento -entre sus guionistas se halla el siempre interesante Craig Brewer-, al hacer del noble británico cuidado desde bebé en la selva por gorilas, un simio escéptico para con las ambiciones de nuestra especie, y un ser humano cuyo comportamiento modula y ennoblece el ámbito salvaje en que transcurrió su infancia y juventud; atiéndase al respecto a su bella entrada en escena. Pero no es el único aspecto del que sale bien librada esta superproducción de 180 millones de dólares que nunca pretende ir de tal, que nunca adopta las señas de identidad histriónicas del espectáculo sobrehormonado digitalmente, sino que apuesta por humildad por erigirse en relato de aventuras a medio camino entre lo pulp y lo naturalista. Podrían citarse, en tanto referentes, títulos como Los demonios de la noche (1997) y La máscara del zorro (1998), a los que es pertinente sumar dos Tarzanes previos: el producido por Disney en 1999, y el realizado en 1984 por Hugh Hudson.

La reinvención del personaje no alcanza, con todo, el grado de revolucionaria, ni en lo que se refiere a sus atributos físicos y habilidades, ni en lo tocante a sus relaciones tortuosas con la jungla y la Inglaterra victoriana. Pero eso es en La leyenda de Tarzán casi una ventaja, pues no distrae ni rebaja otros aspectos de interés: el subtexto histórico, comprometido, de la anécdota narrativa, y, sobre todo, un halo de autoconciencia de Tarzán en lo que atañe a sus aventuras pasadas. En este sentido, la película, una muestra más de back to origins en el cine comercial contemporáneo, no se halla lejos en espíritu de Hércules (2014); aunque el descreimiento del protagonista de aquella, es sustituido aquí por una vaga melancolía: ¿Es el Tarzán al que da vida Skarsgård digno de las aventuras que corrió el personaje en las páginas escritas por Burroughs, en todas sus encarnaciones fílmicas previas? ¿Ha de serlo? ¿Vale la pena insistir en un registro del cine de aventuras tan familiar, tan codificado?

La película tiene el valor de hacerse tales preguntas en voz tan alta como para que el espectador se vea obligado a afrontarlas, pero, lo que es más importante: con la ayuda de una puesta en escena resuelta y puntualmente inspirada de David Yates -en lo que puede que sea su mejor trabajo tras realizar hasta cuatro entregas de la saga Harry Potter-, y de unos apartados técnicos ajustados en todo momento a lo que se ambiciona plasmar, las respuestas son abrumadoramente positivas. La leyenda de Tarzán no es ninguna obra maestra, no resulta memorable en ningún aspecto fundamental. Sin embargo, logra algo casi más importante. Demostrar que, en 2016, un siglo después de su creación, Tarzán puede ser algo más que un personaje ideológicamente trasnochado, o una marca desprovista de sentidos más allá de los icónicos.

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